PROCESO DE CREACION Y FORMACION ARTISTICA "TEJIDOS QUE CUIDAN ,MANOS QUE SOSTIENEN! -CÍRCULOS EN ESPIRAL.

 


TejidoS que cuidan, manos que sostienen: ha sido un proceso de formacion en tecnicas de tejido y arte textil con 2 grupos de mujeres de la upz 68 el tesoRO-la cumbre en ciudad Bolívar.

CÍRCULOS EN ESPIRAL - INVESTIGACION DE LAS PRACTICAS DE TEJIDO EN ZONA RURAL DE CIUDAD BOLÍVAR Y USME

 SOBRE EL TEJIDO, LA RURALIDA, LAS MUJERES Y LO COMUNITARIO

Mucho se ha hablado de la deuda histórica del país para con la población rural, de las dificultades para vivir la identidad campesina en un territorio en constante conflicto con su raíz campesina, del casi nulo acceso a la tierra, de la escasez de garantías, del peso del conflicto armado, de la pobreza, la falta de infraestructura y servicios básicos, de la marginación cultural y social entre otros interminables situaciones, especialmente agravadas bajo la condición de ser campesinos de borde o ciudad. Los campesinos del borde urbano-rural de Bogotá además enfrentan una situación ambigua marcada por la pérdida de su territorio ancestral ante una agresiva expansión urbana, la exclusión de las políticas tanto rurales como urbanas que les tomen en cuenta, la presión inmobiliaria, la degradación ambiental, la inseguridad económica, la invisibilización, el poco reconocimiento de sus existencias y saberes, el desconocimiento de su papel fundamental en la soberanía alimentaria y la identidad cultural distrital, la estigmatización histórica, asociada al atraso que decanta en la tragedia de tener que combinar la agricultura con trabajos informales y, poco, pero muy, muy poco de la especificidad de una población que resulta incluso aún más vulnerable entre los vulnerables: la mujer del borde urbano-rural. Ellas, que son y han sido artífices del desarrollo social y cultural del campo estando presentes hombro a hombro en la realización de las labores propias del jornal, y las faenas del campo sumadas a las peripecias de la cocina y los cuidados de familiares y animales, que han encarado históricamente las inmensas perdidas del conflicto y las violencias subsecuentes de la ruralidad, han sido una de las poblaciones históricamente más relegadas del país siendo al final depositarias de todas sus violencias.

En este contexto, las mujeres campesinas del borde no sólo deben soportar los abusos que genera la condición de ser mujer y pobre sino, además, cargar con la invisibilización de su vida, de su fuerza de trabajo y la estigmatización de su condición cultural por parte del mundo urbano.

En medio de este panorama surge el tejido, como un símbolo de resistencia, como motivo de reunión, como reafirmador de la identidad campesina y femenina, como salvaguarda de sus luchas, sus memorias y sus formas de vida. A través del acto de tejer, las mujeres del borde urbano-rural construyen comunidad, fortalecen redes de apoyo y transforman el aislamiento, la soledad y la desesperanza en encuentro y sanación colectiva y ahí, en medio de los hilos y los ovillos de lana, emerge siempre la palabra.

Ese fue el centro de gravedad de la investigación, de eso se trató: de dar palabra rostro, nombre y reconocimiento a las tejedoras rurales de Usme y Ciudad Bolívar, de dar voz a las sin voz, a las que existen sin existir en las entrelineas de la vida, de escuchar sus historias, sus heroicidades, sus recorridos y gestas, de registrar las peripecias de su vida simple, de desentrañar la vida simple del borde urbano-rural desde una arqueología de lo cotidiano que propende por encontrar verdaderos tesoros en la vida menuda, de escuchar sus relatos mientras tejen y bordan, de escrutar sus palabras como objetos de estudio importantes y dignos de ser conocidos, destacados, de hablar de  sus  formas de ser y de ver el mundo como testimonio histórico hacia futuras generaciones, de invitar a la palabra desde algunas actividades de motivantes, de tejer la propia historia y sumarla a la historia mayúscula porque, como decía el escritor Jorge Luis Borges: toda historia, por mínima que sea hace parte de la gran historia universal y sobre todo: de tejer testimonio, de tejer dignidad, de tejer como terapia comunitaria, como reparación simbólica y emocional, como reconstrucción, de  tejer futuro en memoria de lo que fue, de las que antes fueron, de tejer para rescatar el hilo pedido de la memoria, de tejer con intención femenina y convocante, de tejer  para remendar el tejido social roto, tejer como una forma de acción social capaz de modificar objetos, espacios y vidas.

Lo que se presenta aquí son pues los hallazgos, las reflexiones, testimonios, ideas, palabras, sueños y expectativas de las mujeres de la ruralidad de Usme y Ciudad Bolívar participantes de los laboratorios del proceso “Círculos En Espiral” como reconstrucción de su memoria histórica.

La metodología de recolección estuvo dividida en tres fases principales: Captura de experiencias, Análisis de experiencias y Narración de la memoria.

Fase 1: Captura de las experiencias: Con el objetivo de recolectar las vivencias, procesos, descubrimientos de las participantes en el proceso a partir de:

1, sesiones de memoria grupal: Como metodología se pide a las participantes que expresen sus pensamientos antes, durante y después de cada sesión de tejido a partir de preguntas motivadoras y disparadores de memoria tipo: "¿Qué memorias, sentimientos y pensamientos te evoca el ejercicio a realizar de acuerdo a cada tema?", "¿Qué recuerdos aparecen mientras tejes?" o "¿Qué historia cuenta el tejido que estás creando?", "Si tu tejido hablara ¿qué diría?"

Como cierre de cada sesión se dedica un espacio para compartir sensaciones y aprendizajes para enriquecer el archivo de memoria.

Entrevistas Semi-estructuradas: se realizan entrevistas individuales a profundidad con cada tejedora desde preguntas abiertas para explorar el proceso de forma más personal: "¿Qué te aporta el taller?", "¿Cómo ha cambiado el tejido tu relación con el tiempo y la cotidianidad?", "¿Hay algún momento en el taller que consideres un punto de inflexión en tu historia personal o creativa?"

Fase 2: Análisis de experiencias.

Una vez que el material se ha recolectado, se organiza para encontrar los hilos conductores de las historias a partir de Identificación de Ejes Narrativos: Logrados después de leer y releer el material (diarios, textos, audios y transcripciones). La búsqueda de temas recurrentes: la sanación a través del arte, la memoria familiar, la conexión con la naturaleza, el empoderamiento, lo comunitario como ejes narrativos sobre los que se construirán los textos finales.

Fase 3: Narración de la memoria:

En esta fase, se transforma el material analizado en un producto final o creación de una Antología Narrativa, con base en los ejes narrativos, se escriben una serie de tres textos (crónicas) que combinan las voces e historias de las tejedoras.

Diseño y publicación virtual de textos-crónicas de memoria tendientes a reunir los discursos, testimonios, procesos e ideas de las participantes del proceso, permitiendo que las memorias individuales y colectivas se transmitan y perduren en el tiempo como salvaguarda de la memoria histórica del proceso.




AGRADECIMIENTOS:

Agradecemos a las personas que se sumaron a soñar con nosotras Mujeres Paz y Memoría en cabeza de Lizeth Fonseca y Angélica Cuéllar a hacer realidad esta investigación; a las lideresas que, con su amor, se unieron a conovocar a otras y a gestionar los espaciós para la realización de los laboratorios (Luz Marina Zárate, Olga Chacon, Nury Salazar Eslava, Ricarcinda Tautiva Melo, Lucila Gonzalez Morales, Ana Ofelia Suarez, Gestoras de Manzana del Cuidado de Mochuelo Bajo Leydi Jimenez y Biblioteca Publica de Pasquilla Vielsa Milena Marroquín); a nuestras maestras sabedoras, quienes compartieron generosamente su conocimiento (Liliana Bejarano, Nury Salazar Eslava, Ricarcinda Tautiva Melo, Lucila Gonzalez Morales, Ana Ofelia Suarez, Carlos Urbano); a quien capturó cada uno de los momentos, compartires, tejidos y aprendizajes en video y foto (Carlos Mauricio Calvo Martinez); y a quien, a traves de las relatorías, las palabras y las narrativas, dejó plasmadas las vivencias en esta sistematización (Carlos El Gato Martinez).

Gracias por tejer juntas y juntos esta investigación que busca preservar las narrativas, simbolismos, sentires, saberes de algunas de las persnas que practican el tejido en la zona rural de Ciudad Bolívar y Usme.

CÍRCULOS EN ESPIRAL - INVESTIGACION DE LAS PRACTICAS DE TEJIDO EN ZONA RURAL DE CIUDAD BOLÍVAR Y USME : LABORATORIO 5

 LABORATORIO 5: MEMORIA EN ESPIRAL

Biblioteca Pública Pasquilla, vereda Pasquilla, Ruralidad Ciudad Bolívar. 

A medida que nos adentramos en la ruralidad alta de Ciudad Bolívar, el panorama de la periferia se transforma por completo. El horizonte se abre, y las laderas empinadas de los cerros dan paso al paisaje verde de Pasquilla. Aquí, en la zona rural, el aire huele a campo, a cultivos, a tierra fresca y a la neblina que baja desde el Sumapaz.

La ruralidad de Pasquilla resiste, no solo a la amenaza que podría cernirse sobre sus sembrados y sus vidas campesinas, (la expansión urbana) sino al abandono de una ciudad que le da la espalda. Bordeamos el subpáramo, una frontera donde las pocas y tradicionales viviendas de un asentamiento colonial se entremezclan con los pequeños cultivos y el pastoreo. El ambiente es de un lugar frío con presencia de vida de campo, frente a nosotros está el lugar de encuentro: la Biblioteca pública. La lucha aquí es por la defensa del territorio y la vida, que es algo más que tierra, es dignidad, salud, oportunidad para el campo y la posibilidad de un lugar en el mundo.

Actividad uno: Circulo de la palabra: En el marco del proceso de la investigación "Círculos en Espiral: Investigación de las prácticas de tejido en la zona rural de Ciudad Bolívar y Usme", que busca, en este caso, comprender las prácticas de tejido en la zona rural de Ciudad Bolívar, se realizó la actividad con el propósito de capturar, analizar y generar narrativas del proceso creativo, las vivencias y los descubrimientos de las participantes en el taller de croché y tejido libre en la vereda Pasquilla. 

La metodología empleada consistió en un círculo de palabra que se desarrolló siguiendo tres fases que permitieron una inmersión profunda en las experiencias de las mujeres, a partir del tejido libre como puente hacia la memoria y la reflexión a partir de los siguientes momentos:

1. La reflexión-exposición del profesor Carlos Urbano, indígena del pueblo Nasa, vinculando el tejido con la cultura, el pensamiento ancestral, la identidad y la construcción de comunidad, mientras las participantes se disponen en círculo a tejer libremente.

2.Como captura de palabra en la que se invitó a las participantes a responder preguntas disparadoras que conectaban el acto del tejido con su historia personal y ancestral a partir de las preguntas: "¿Qué recuerdos aparecen mientras tejes?", "¿Qué historia cuenta el tejido que estás creando?" "Si tu tejido hablara, ¿qué diría de ti o de tu territorio?".

3. Análisis final del encuentro (Reflexión en Espiral). Esta tercera parte del espacio se centró en la transformación personal y comunitaria generada por el taller, llevando a las mujeres a analizar el impacto del tejido en su cotidianidad y a manera de conclusiones generales.

Así pues, nos dispusimos en círculo, para escuchar, se trató de tejer desde y con la palabra y desde la reflexión dirigida por el facilitador invitado Carlos Urbano (Indígena Nasa), en torno a lo que significa el tejido en las comunidades indígenas y por extensión campesinas y rurales. El acompañante hablo orientando el taller desde su experiencia como tejedor y docente. Mientras, se realizó una práctica de tejido libre en croché en el que la palabra fluyó libremente, así como los tejidos. Así mientras las mujeres escucharon atentamente, compartieron algunas anécdotas de la vereda, sobre el cultivo y vivencias desde su roll de lideresas, tejedoras y mujeres del sector rural.

Del paso uno (reflexión-exposición), se decantan las siguientes reflexiones:

El Tejido como Pilar Fundamental y como forma de escritura Cultural: Para el pueblo Nasa, el acto de tejer y sus figuras asociadas no son solo ornamentos, sino una forma de escritura que expresa su pensamiento y recoge su trajinar milenario. Cada figura tiene un significado y una razón de ser, comparable al abecedario del español.

Pensamiento y cosmovisión: El invitado prefiere hablar de "pensamiento propio" en lugar de "cosmovisión" o "cosmogonía", considerándolas palabras externas. Este pensamiento se refleja en los tejidos, donde hay dos figuras clave: el espiral (más propio) y el triángulo/rombo.

Espiritualidad y dualidad representada en el Chumbe: El pensamiento del tejido en lo ancestral se liga profundamente a la espiritualidad, (distinta a las religiones) y expresa conexión con la Naturaleza como conocimiento.

Dualidad y complementariedad: El invitado menciona el concepto fundamental de dualidad y complementariedad en el pensamiento indígena (ej: blanco/negro, día/noche, hombre/mujer), un principio que se aplica incluso en el recibimiento del bebé (partera mujer si es varón, médico tradicional hombre si es niña).

El Chumbe como ejemplo de transmisión cultural desde el tejido: El chumbe es una faja o cinta tradicional que se teje en telar (aunque se plantean métodos alternativos) y es un elemento de la vestimenta tradicional. La cargadera de la mochila es un ejemplo de chumbe. Según la creencia Nasa, por cada hijo se debe tejer un chumbe. Este tejido lleva colores e hilos preparados con elementos naturales (tierra, plantas, flores, semillas), consultando previamente a los Tewaga (médicos tradicionales) sobre el sexo y la espiritualidad del bebé. Al envolver al recién nacido en el chumbe, la cultura y toda la historia del pueblo se transmiten al niño a través del sueño, cumpliendo una función educativa y cultural más allá del propósito físico (como el enderezamiento de huesos, creencia popular).

El Tejido como práctica cotidiana y transmisión de conocimiento: tejer es un tipo de construcción social ancestral, ya que la actividad tejedora es vista como la construcción de procesos y relaciones, de comunidad y hermandad. En el contexto de la reunión, se relaciona con temas de cuidado y autocuidado.

Transmisión Visual del Conocimiento: El aprendizaje del tejido ancestral es eminentemente visual y práctico. Los hijos aprenden observando a la madre tejer sin instrucción verbal directa, y luego ensayan solos.

Tejer en la vida diaria: El tejido es una actividad constante en la vida cotidiana de las comunidades, incluso en reuniones y asambleas multitudinarias, sirviendo para "hilar" el pensamiento, reforzar la cultura y ayudar a la interiorización de los temas tratados. La práctica simultánea de tejer y escuchar resulta en un mejor aprendizaje y concentración.

Del paso dos, captura de palabra a partir de las preguntas: "¿Qué recuerdos aparecen mientras tejes?", "¿Qué historia cuenta el tejido que estás creando?" "Si tu tejido hablara, ¿qué diría de ti o de tu territorio?" se decantan las siguientes reflexiones:

1. ¿Qué dicen los tejidos de las participantes y su territorio?

Los tejidos hablan de la forma en que cada tejedora enfrenta sus problemas y como ve la vida desde su particularidad.

El tejido se consolida como una práctica profundamente ligada a la vida de las mujeres del sector rural de Pasquilla. La práctica del tejido se inserta en la vida cotidiana de la mujer rural, realizándose en conjunto con su ser campesino.

Habla de una profunda conexión entre tejido y territorio a través de su consolidación como una práctica comunitaria y como reconocimiento de su ser mujer.

Núcleo Social: Los tejidos hablan de la socialización y de cómo las mujeres rurales crean redes de apoyo.

Transmisión de tradición Local: los tejidos hablan de ancestralidad, de madres y abuelas. El tejido se convierte en un vehículo para replicar el conocimiento y el legado cultural dentro de la comunidad.

2. ¿Qué recuerdos aparecen mientras tejes?  (y ¿Cómo fue el primer acercamiento al tejido?)

Aparece recurrentemente un vínculo materno y familiar: El recuerdo principal es la enseñanza de la madre y/o la abuela o las tías. Las técnicas aprendidas incluyen bordado, dos agujas, y crochet.

Aprendizaje y retorno al tejido por necesidad: Algunas tejedoras aprendieron en el colegio, aunque lo olvidaron, y retomaron por necesidad de encuentro.

Influencia de los talleres comunitarios: La adquisición de habilidades más recientes se dio en talleres comunitarios (biblioteca de Pasquilla, cursos navideños, etc.), a través de la enseñanza-aprendizaje comunitario o bien viendo videos a través de YouTube como innovación de lo aprendido.

3. ¿Qué historias cuenta el tejido?  (y ¿Cuál es su conexión con lo rural?)

Historias de encuentro, distracción y uso del tiempo: El tejido cuenta la historia de un pasatiempo que complementa y enriquece la vida, se realiza después de completar las "labores de la casa" y “Las labores del campo”.

Historias del legado: El tejido cuenta el deseo de enseñar lo aprendido a otras. Estas iniciativas buscan evitar que se pierdan los conocimientos adquiridos por generaciones.

CONCLUSIONES Y HALLAZGOS GENERALES:

El Círculo de la Palabra no solo sirvió como cierre metodológico, sino que constituyó en un acto simbólico de reafirmación identitaria, donde el arte del tejido se consolidó como una poderosa herramienta para narrar la memoria del campo y, para resistir y celebrar la fuerza de la mujer rural en Ciudad Bolívar.

Las respuestas finales frente al taller revelaron que este se había convertido en un espacio de sanación y empoderamiento. Muchas mencionaron que el tiempo de tejer era el único momento del día donde podían concentrarse en sí mismas, encontrando paz en medio del ruido y las preocupaciones. El punto de inflexión más repetido fue el descubrimiento de sus propias manos como generadoras de valor económico y artístico, reivindicando el saber ancestral frente a la desvalorización del trabajo rural.

A partir del análisis del encuentro y la disertación del invitado Carlos Urbano, se establecen las siguientes conclusiones, enfocadas en la resignificación del tejido en el contexto del borde urbano-rural de Ciudad Bolívar:

1. El Tejido como un Sistema de Escritura y Pilar de la Cultura: El acto de tejer, más allá de la creación de figuras bonitas, es concebido por los pueblos nativos (Soporte de la cultura rural y campesina) como una escritura. Las figuras tejidas no son meros diseños, sino que poseen un significado y una razón de ser, sirviendo como un pilar fundamental de la cultura.

El tejido se consolida como un medio para expresar el pensamiento propio o indígena, funcionando como un abecedario cultural donde las figuras se convierten en una forma de escribir y plasmar ideas.

Esta visión ancestral inspira a las tejedoras de Pasquilla a ver sus creaciones no solo como artesanías, sino como narrativas de su vida y resistencia.

2. La Dualidad de la Resistencia y la Transmisión de la Memoria: El tejido es una herramienta clave para la transmisión del pensamiento, la identidad y la cultura a las nuevas generaciones, tomando como metáfora y ejemplo el chumbe (cinta tradicional) funciona como un vehículo simbólico que transmite la cultura y la historia del pueblo a través del sueño, al envolver al recién nacido.

La historia de nuestros pueblos y sus pensamientos están tejidos en las figuras del chumbe. Este concepto reafirma que las creaciones de las mujeres de Pasquilla pueden ser interpretadas como resguardos de la identidad campesina y rural.

Existe una transmisión del conocimiento visual y práctico. El aprendizaje de tejer se da principalmente a través de la observación y la práctica personal, más que de la instrucción verbal directa. Este método facilita la práctica continua del tejido, incluso mientras se escucha o se participa en reuniones (tejer y escuchar).

3. El Tejido como Constructor de Comunidad y Cuidado: El acto de tejer colectivamente sirve para construir procesos, relaciones y un nicho de sororidad dentro de la comunidad como una metáfora de seguir tejiendo comunidad.

La práctica del tejido ha sido resignificada como un tema de cuidado y autocuidado entre las mujeres, ofreciendo un espacio de autonomía y bienestar frente a las dificultades de la vida rural en el borde (violencia de género, carga laboral, estigmatización).

El tejido en reuniones y asambleas no es un mero pasatiempo; es una práctica que ayuda a mantener la concentración, a hilar el pensamiento, y a amarrarlo para que perdure lo discutido. Esta función lo convierte en una herramienta para la reflexión activa y la planificación comunitaria.

El espacio del taller en Pasquilla promueve la innovación y el ingenio. El desafío de intentar crear un chumbe con el material y técnicas disponibles (croché) sin un telar tradicional es un ejemplo de cómo el grupo piensa y practica soluciones ante las limitaciones, creando nuevas formas de hacer.

La inclusión de nuevos materiales como la mostacilla permite a las tejedoras plasmar todo lo que imaginan y explorar nuevas técnicas de diseño para el autoempleo y el empoderamiento, trascendiendo las técnicas de la lana tradicional.

Conclusiones a partir de las encuestas hechas a mujeres del territorio al final de la sesión:

El tejido como arraigo: El oficio de tejer y el diálogo colectivo se erigen como manifestaciones audaces de soberanía cultural, una firme declaración de la identidad campesina de borde frente a los desafíos de la frontera urbana.

Pasquilla, como territorio de tejido: El encuentro de mujeres valida la Identidad campesina-ancestral, forjando un punto de encuentro vital para la dignificación de su historia y la reconfiguración de un sentido de pertenencia.

Tejer es identidad: Las habitantes de Pasquilla reflejan su profunda conexión con el territorio en cada puntada. Sus creaciones narran la urgencia de proteger su estilo de vida campesino.

Memoria Ancestral en Tensión: El acto de tejer es memoria en íntima conversación con la tradición oral, es un motor poderoso para la reparación histórica, la reivindicación femenina ancestral. Las piezas tejidas son, en sí mismas, archivos vivos de palabra, sabiduría y resistencia.

Reivindicación Femenina y el saber de las tejedoras: El tejido funge como un conducto para el rescate de la memoria campesina y femenina. La transferencia de los conocimientos esenciales custodiados por mujeres se convierte en un rescate activo de la herencia que se resiste al olvido.

El tejido es un refugio: de sororidad, sanación colectiva y resiliencia. El compartir el espacio y el oficio crea un entramado de apoyo emocional y social que es esencial para mitigar el aislamiento y la exclusión, facilitando procesos de bienestar y cohesión en comunidad.

El tejido como terapia: El encuentro entre tejedoras opera como un centro de reparación emocional y acompañamiento mutuo. Los hilos se transforman en una terapia comunitaria que provee estructura y contención para afrontar las vicisitudes personales y colectivas.

La trama colectiva: Al converger en un propósito, las mujeres de Pasquilla descubren que sus luchas y relatos se cruzan, dando lugar a una red para la validación de la experiencia mutua.

CÍRCULOS EN ESPIRAL - INVESTIGACION DE LAS PRACTICAS DE TEJIDO EN ZONA RURAL DE CIUDAD BOLÍVAR Y USME : LABORATORIO 4

 LABORATORIO 4: TEJIENDO ABRIGO

Manzana del cuidado, Mochuelo Bajo, Ciudad Bolívar.


A medida que ascendemos por la localidad de Ciudad Bolívar, el paisaje se transforma: la densa cuadrícula urbana se estira y adelgaza, revelando la geografía escarpada de los cerros del sur de Bogotá. El aire no se hace más puro, sino que toma un aroma distinto; el del polvo de canteras y escombros, mezclado con el frío de las montañas. Dejamos atrás la traza formal de la ciudad para adentrarnos en un borde con una historia de resistencia y una evidente metamorfosis.

Llegamos a Mochuelo Bajo, un territorio donde la única constante es el cambio, la muestra más palpable de cómo la ciudad devora sus periferias. Un sector que alguna vez fue una vereda de vocación rural y que hoy es un barrio popular incrustado en la montaña. Observamos la franja de construcciones informales y viviendas de autogestión que crecen vorazmente sobre lo que alguna vez fueron sembrados, potreros y quebradas.

En medio de las calles empinadas, las casas de ladrillo y los miradores con vistas dramáticas de la ciudad que se extiende, se sitúa la manzana del cuidado. Asomarse al paisaje de El Mochuelo Bajo es entender el drama de la expansión urbana vista desde la periferia, es situarse en un espacio de largas luchas por la tenencia de la tierra y la provisión de los servicios básicos. Es ser testigo de la desaparición de la memoria campesina que alguna vez habitó estos cerros, al ser reemplazada por una nueva identidad de barrio popular que surge entre el avance desenfrenado de la mancha urbana y la proximidad histórica al imponente Relleno Sanitario Doña Juana, una presencia que marca el destino y el olor de este sector.

ACTIVIDAD DEL TALLER:  EL MAPA DE NUESTROS SENTIRES: CARTOGRAFÍA AFECTIVA EN CIUDAD BOLIVAR RURAL.

Objetivo: Generar vínculos afectivos y emocionales con el territorio de la vereda. Identificar colectivamente los lugares de valor, de conflicto, de alegría, y de memoria dentro del plano de la vereda. Promover el diálogo y la escucha activa sobre las experiencias y percepciones del espacio.

Después de una sesión de tejido en dos agujas, en el que la dinámica resultó ser en sí un reflejo de la vida en el barrio: ayuda mutua, hacer y deshacer puntadas con paciencia, y una sesión basada en la solidaridad, no en la competencia, conversaciones giraron en torno a los problemas concretos del barrio: las dificultades de los servicios básicos, la lejanía de todo, las presiones de la vida cotidiana en el sur…

Se inició un ejercicio de cartografía poniendo en común los siguientes materiales:

Un plano a gran escala del barrio dibujado en una lámina grande de papel lo suficientemente grande para que las personas interactuasen con él simultáneamente y, varias figuras o iconos Afectivos: que representaban los siguientes conceptos:

Corazones: Para asignar el afecto, el amor, los lugares que te hacen sentir feliz o seguros y para hablar de nuestras propias casas.

Velas: para hablar de vuestros sueños y esperanzas.

Estrellas: para designar lo mejor del territorio, lo más bonito o destacable.

Espirales: para hacerle un regalo simbólico al territorio.

Así, se inició con una reflexión breve sobre la importancia del barrio-vereda como hogar y espacio de vida, no solo como un lugar físico, sino como un conjunto de recuerdos, personas, y emociones. Se realizó la presentación del plano del Mochuelo explicándolo brevemente, asegurando que todas las participantes pudieran identificar los principales referentes (vías, escuela, quebradas, etc.)

Se presentaron los iconos afectivos y su significado y se explicó “Vamos a usar estos símbolos para dibujar nuestras emociones en el territorio".

Se realizó una interacción con el plano persona a persona invitando a las participantes a pasar individualmente al mapa para colocar los símbolos según las siguientes indicaciones: pon este corazón en el lugar que te genera más afecto, alegría o seguridad, en el lugar de Afectos y pertenencia: Casa, el hogar de un familiar, un árbol especial, la cancha comunal, el punto de encuentro.

Pon esta vela en el lugar que representa tu esperanza o el futuro que sueñas para el barrio-vereda, como lugar de Potencial y Sueños: Un terreno para cultivar, el salón comunal que quieren mejorar, un sitio natural que desean proteger.

Pon esta espiral de tejido en un lugar al que tu debas hacerle un regalo (algo que le falte al barrio o que carezca de ello y pon esta estrella en un lugar que valores mucho, que te resulte especial o destacable...

Así mientras las participantes colocaban los símbolos, el moderador fue acompañando con preguntas abiertas como: “¿Qué hace que este lugar merezca este corazón?” o “¿Qué historia hay detrás de esta vela?”

REFLEXIÓN Y PUESTA EN COMÚN:

Una vez que todos los símbolos estuvieron en el mapa, el moderador guio una conversación a partir de lo que se vio: Identificación de Patrones: “Miren el mapa. ¿Dónde se concentran la mayoría de los corazones? ¿Y las espirales?” (Esto ayudó a identificar zonas de fortaleza y zonas de vulnerabilidad).

Narrativas Colectivas: se pidió a las personas que compartiesen las historias de los símbolos colocados, y que compartiesen algo que les haya llamado la atención sobre la colocación de un símbolo de otra persona.

Cierre Reflexivo: se finalizó preguntando: "Ahora que vemos nuestros sentires plasmados en el mapa, ¿qué necesitamos hacer como comunidad para cuidar los lugares y transformar o solucionar los lugares problemáticos?"

El resultado final fue un mapa comunitario afectivo que no solo muestra la geografía física de la vereda, sino también su geografía emocional.

CONCLUSIONES:  

A partir de la aplicación del taller de Cartografía Afectiva en Mochuelo Bajo, el mapa resultante no es solo un plano geográfico, sino un registro detallado de las transiciones socioemocionales del territorio. Las ubicaciones de los iconos revelan un panorama complejo que equilibra el arraigo familiar con la nostalgia por la vocación campesina y la cruda realidad de los problemas urbanos que trajo la expansión de Ciudad Bolívar.

La disposición de los iconos afectivos en el plano del Mochuelo Bajo permite extraer conclusiones categóricas sobre las prioridades y las tensiones del grupo de mujeres mayores que participaron en el taller:

Corazones

1. El Hogar como lugar afectivo y logro generacional: El arraigo se concentra en lo privado: El hecho de que la mayoría de las participantes ubicaran un Corazón en su propia casa subraya que el afecto y la seguridad ya no residen en el espacio público o comunal (como pudo haber sido en la vereda), sino que se han replegado al ámbito doméstico y la valoración del esfuerzo propio, este patrón significa que la vivienda es el máximo logro tangible en un contexto de precariedad. Representa el esfuerzo generacional y la autogestión para establecer una base estable en un barrio de poblamiento informal. Es un santuario de seguridad frente a las problemáticas que trae la ciudad (inseguridad, falta de servicios, etc.)

Conexión con la Memoria Campesina: Al colocar Corazones en sitios turísticos de la vereda (como La Piedra del Mohan, el campo cultivable y el mirador), se evidencia una doble pertenencia. El afecto se distribuye entre el esfuerzo presente (la casa) y la memoria idealizada del pasado rural (los referentes naturales y paisajísticos)

Velas

2. Anhelo de Estabilidad y Retorno a la Tierra. El sueño de la casa propia y la legalidad: La colocación de la Vela en la consecución de casas propias por parte de quienes no la tienen, indica que la propiedad legal y la estabilidad habitacional siguen siendo la máxima aspiración urbana.

La incertidumbre sobre la tierra es una constante en el borde urbano-rural.

Nostalgia productiva: El sueño de "fincas asociadas al retorno a la vocación de campo" no es solo una regresión romántica, sino un indicio de una búsqueda de alternativas económicas y de subsistencia más allá de la dependencia de la ciudad. Representa la esperanza de recuperar el control sobre el entorno y la producción, algo que se perdió con la urbanización.

Estrellas

3. Reconocimiento de la Manzana del Cuidado como eje Social y la infraestructura de la sororidad: La mayoría de las estrellas (Lo mejor/Destacable) se concentraron en la Manzana del Cuidado del Mochuelo. Esto destaca la importancia crucial de estos espacios como puntos de encuentro y provisión de servicios diseñados específicamente para las mujeres.

Valoración del encuentro colectivo: En un territorio donde la soledad y el aislamiento pueden ser comunes, este resultado subraya que la Manzana del Cuidado es percibida como un "oasis urbano". Es el único lugar formal y accesible que la ciudad ha dispuesto para ellas, y por ello es altamente valorado como un pilar de bienestar y apoyo mutuo.

Espirales

4. La Inseguridad como Cicatriz de la Urbanización Fallas en la Inclusión Urbana: La colocación masiva de Espirales (Regalo Simbólico/Carencia) en lugares donde faltan servicios urbanos básicos (pavimentación, parques, alcantarillado) revela que la expansión de la ciudad fue voraz, pero incompleta. La urbanización de la vereda se hizo sin la infraestructura mínima de dignidad. La Inseguridad: El peor legado de la Ciudad: El hecho más revelador es la concentración de espirales sobre la palabra o zonas sin seguridad, esto señala que el problema más sentido y de mayor impacto emocional que trajo la conversión de vereda a barrio es la inseguridad y la violencia urbana. Es una clara indicación de que el espacio rural, aunque precario, ofrecía un mayor sentido de comunidad y protección, mientras que el barrio adscrito a la ciudad heredó sus dinámicas de riesgo y vulnerabilidad social.

CONCLUSIONES ADICIONALES:

Dispersión vs. Concentración Afectiva: existe una dispersión afectiva hacia los elementos naturales (Corazones en miradores) versus una concentración de la necesidad en los nodos de conflicto (Espirales en servicios y seguridad). El mapa muestra un territorio querido por lo que fue, pero fuertemente criticado por lo que es.

El Tejido como modelo de Solución: La sesión de croché previa estableció la solidaridad y el "hacer y deshacer con paciencia" como la metodología comunitaria implícita. Esto se traduce en la demanda final: para "cuidar los lugares con y transformar o solucionar los lugares problemáticos", la comunidad debe aplicar el mismo modelo de ayuda mutua y persistencia colectiva que usan para tejer.

Transición de la Identidad: El mapa captura el momento bisagra en la identidad de las participantes: ya no son campesinas (su vocación está en la nostalgia), pero tampoco se sienten plenamente ciudadanas (pues carecen de los servicios y la seguridad urbana). Son habitantes de un borde resiliente, luchando por recuperar la paz del campo en la estructura hostil del barrio.

De igual manera el tejido en croché en El Mochuelo Bajo se transforma de una simple manualidad a una estrategia de resistencia psicosocial y una infraestructura social para afrontar las tensiones derivadas de la rápida y precaria urbanización. Ayuda a superar las situaciones negativas reveladas en la cartografía afectiva (inseguridad, falta de servicios, nostalgia) a través de dos ejes principales: el terapéutico individual y el de la sororidad colectiva.

El Tejido es terapia y regulación emocional ofreciendo beneficios concretos que funcionan como una catarsis ante el estrés de la vida en la periferia como mecanismo de reducción de la ansiedad, desde un enfoque de terapia ocupacional que contrarresta la sensación de impotencia que generan las problemáticas estructurales.

El tejido permite la afirmación de la productividad y la autoestima como un logro tangible al completar una labor manual proporcionando una satisfacción inmediata y visible como logro vital, ya que muchas mujeres mayores en estos contextos pueden sentir que su rol social ha disminuido. El tejido les otorga un nuevo rol de productoras reforzando su sentido de utilidad y autoestima.

El tejido permite una conexión con la memoria ya que, al tejer, mantienen viva una memoria motriz y cultural que las conecta con la identidad de la vereda que está desapareciendo, contrarrestando la sensación de desarraigo que trajo el cemento.

El Tejido es sororidad por lo que el taller va más allá del beneficio individual, funcionando como un dispositivo de cohesión que fortalece la estructura social de apoyo en una zona marcada por la vulnerabilidad.

El tejido es modelo de ayuda mutua y resiliencia, de intercambio de saberes y validación: El encuentro es un espacio donde se valida el conocimiento y la experiencia de cada mujer.

El tejido es catarsis colectiva y espacio seguro que actúa como un espacio seguro, estable y como incubadora de encuentro y resiliencia. 

CÍRCULOS EN ESPIRAL - INVESTIGACION DE LAS PRACTICAS DE TEJIDO EN ZONA RURAL DE CIUDAD BOLÍVAR Y USME : LABORATORIO 3

LABORATORIO 3: LA LANA EN EL HILO, EL HILO EN LA VIDA

Finca La esmeralda, vereda La Requilina, ruralidad de Usme. 


Para el caso de los y las habitantes del borde rural de la localidad de Usme: un espacio híbrido con una identidad y un espacio rural que tiende a desaparecer mientras la mancha urbana crece condenando el estilo de vida campesino a la extinción entre el abandono, la falta de trabajo y de oportunidades, las mujeres son y han sido la cara de la resistencia cultural y social aun cuando no han tenido la posibilidad de incorporarse al ámbito laboral o sociocultural y menos así y de ser parte activa de la economía. Este fenómeno ha afectado especialmente a las mujeres mayores, cuidadoras, mujeres sin formación académica, campesinas, cabezas de hogar, y otras que están limitadas al trabajo no remunerado en casa y en el campo sin ninguna posibilidad de pertenecer a redes culturales, sociales, de ocio o productivas. En medio de ese panorama aparece la lana como motivo de encuentro, de sororidad y apoyo, de integración comunitaria y promesa de superación de la exclusión, el aislamiento y la pobreza.

En este contexto desafiante, el taller de tejido “Círculos en Espiral” se alzó como un espacio de resistencia cultural y reafirmación de la identidad campesina. El tercer encuentro de tejedoras se centró en el proceso ancestral de la lana, comenzando con el rito del esquilado. Una oveja fue trasquilada cuidadosamente con unas tijeras tradicionales, una reliquia que parecía haber escapado de un museo, un recordatorio tangible de las labores de sus ancestras. Este acto, que requiere precisión para no lastimar al animal y obtener la lana en una sola pieza, sirvió como el primer acto de conexión con un saber antiguo.

Posteriormente, las mujeres procedieron al hilado, utilizando un huso —un trompo de madera y piedra—, tal como se hacía hace más de doscientos años. Con movimientos rítmicos, la fibra de lana fue torcida y trenzada, transformando el vellón limpio en hilo resistente, un proceso donde se separa y tuerce la lana en pequeñas tiritas, logrando firmeza a medida que se estira y gira el huso. Como curiosidad se utilizó una papa grande en lugar de la pieza de piedra como demostración del ingenio campesino cuando no habían o se rompían los husos. 

El taller continuó con el lavado y trenzado de la lana, eliminando la grasa (lanolina) y los residuos orgánicos, preparando la fibra para el teñido. Las participantes compartieron muestras de lana teñida y hablaron de las técnicas tradicionales, muchas veces a partir de productos vegetales, que confieren colores únicos y naturales a las hebras.

Durante estas labores, surgieron las conversaciones sobre la dura realidad de ser mujer campesina. Ellas, que han sido artífices del desarrollo familiar, social y cultural del campo junto a los hombres, cargan con la invisible suma extra de las faenas de la cocina, los cuidados familiares y de animales, y soportan la invisibilización de su fuerza de trabajo. Se reflexionó sobre cómo la ardua labor del hilado y tejido, crucial para la economía y la vida diaria del campo colombiano, se realizaba y se realiza a menudo en los "descansos": momentos entre la siembra, la cosecha, el cuidado de los niños y las atenciones a la familia.

La líder Nury Salazar destacó cómo el tejido es una forma de reclamar su identidad y resistencia frente a la tragedia de la expansión urbana, manteniendo viva la memoria de sus ancestras.

El diálogo se profundizó al abordar la larga tradición de la que son herederas. Se habló de cómo esta región, Usme rural, estuvo habitada por los Muiscas, reconocidos como grandes tejedores, sobre como sus abuelas tejían ropa, maletas e implementos para la vida diaria. Las madres continuaron esta tradición, siendo tejedoras de cotizas, alpargatas y maletas escolares.

El encuentro reafirmó que la práctica del tejido en la ruralidad no está limitada por el género, sino que es una habilidad inherente al campesinado. Se recordó que los hombres campesinos también fueron tejedores históricamente, participando en la elaboración de cotizas, alpargatas, mallas y mochilas de fique. Esta conciencia histórica facilita la inclusión de jóvenes y hombres en el espacio de aprendizaje, como lo demostraron participantes como Juan Diego, Camilo y Juan Manuel Garzón Salazar.

Al final de la jornada, los telares y bastidores se llenaron de entramados coloridos, reflejando el paisaje, el campo y la necesidad de defender sus montañas y conocimientos ancestrales. Tejer se consolidó como un constructor de memoria e historia, un vehículo para la reivindicación ancestral y femenina-campesina.

Tras el rito del tejido, que había anclado las manos al pasado ancestral y al presente artístico y comunitario, el taller se transformó en un ejercicio de introspección geográfica: llevando a cabo un ejercicio de cartografía social: Mapeando la Vereda. El objetivo no era trazar límites administrativos, sino dibujar la geografía íntima de la mujer campesina, recoger sus recorridos e interacciones con el espacio habitado desde las diferentes percepciones reales e imaginarias, y entender la profunda relación con su territorio ancestral, cotidiano y vital.

Se desplegó un pliego como un lienzo a la espera de la voz de la experiencia. El ejercicio propuesto fue la elaboración de "mapas y cartografías recordadas, imaginadas, soñadas y halladas", una metodología que invitaba a las participantes a identificar sus entornos cercanos y microterritorios privados, a plasmar las construcciones reales e imaginarias del espacio como la construcción de lo propio.

Las manos que minutos antes habían torcido la lana con el huso, ahora empuñaban marcadores de colores, cada tono cargado con una sensación específica. Se les pidió señalar sobre el mapa perceptual sus diferentes recorridos y desvíos, categorizando el espacio según la emoción que despertaba:

Como ejemplo Rojo: zonas de miedo marcando los lugares de la vereda que les generaban más miedo. Eran a menudo las zonas más solitarias, los límites donde la invasión de la urbana se sentía más agresiva, o aquellos atajos que debían tomar de noche y donde la amenaza del forastero se sentía más latente. La línea roja marcaba la frontera de la inseguridad.

Verde Esperanza y Amarillo (Bienestar y Belleza): Con colores alegres, señalaron el lugar que más agrado y sensación de bienestar les proveía: la huerta familiar, el rincón donde la quebrada suena más clara, el solar donde se reunían las ovejas, o el punto de encuentro comunal. Estos mismos tonos se usaron para demarcar el lugar que percibían como más bonito, una reivindicación del paisaje campesino que la ciudad opaca.

Naranja, azul y Dorado (Memoria Grata): El color de los viejos tejidos y de la tierra fértil se usó para señalar los puntos de recuerdos más gratos. Aquí aparecieron las casas de las abuelas tejedoras, los caminos de la infancia hacia la escuela, los árboles bajo los cuales se contaron historias. La línea se hizo más gruesa, denotando el peso de la memoria.

Gris (Recuerdos Ingratos y Fealdad): Con una reticencia visible, usaron el gris para señalar el lugar de menos gratos recuerdos o el sitio que percibían menos bonito. Era a menudo el rastro de una construcción fallida, un basurero informal, o la esquina donde habían sentido el abandono institucional o la amenaza de desplazamiento.

Azul claro (Recorridos Cotidianos): Un trazo constante señaló los caminos por donde pasan más seguido. Esta ruta, la ruta vital de la mujer rural, conectaba el hogar, el cultivo, la casa del vecino y el punto de transporte. Era la arteria del trabajo no remunerado y la base de su vida diaria.

Violeta (Lo Extraño y Exótico): Finalmente, con un color que evocaba lo inmaterial, marcaron los lugares construidos a partir del mito o del decir de la gente: el barranco donde "se esconde un tesoro Muisca", el recodo de la montaña donde "se aparecen luces", o la estación de tren o la laguna que ya no existe. Estas zonas eran vistas como míticas revelando cómo el territorio campesino, además de tierra y labor, está poblado por un universo simbólico.

El mapa resultante fue un complejo tapiz de emociones y significados. Al final del ejercicio, se dieron cuenta de que el territorio que defienden no es solo una extensión de cultivos en desaparición, sino una compleja construcción de lo propio, un telar donde la labor de sus manos (el tejido) y la historia ancestral se cruzan con la sensación de bienestar, el recuerdo de sus ancestras y el miedo al avance de la ciudad que las margina. La cartografía se convirtió en una herramienta de reivindicación, un espejo que reflejaba su identidad como mujeres y guardianas de un espacio con voz y rostro de mujer que resiste y se niega a desaparecer.

CONCLUSIONES

El ejercicio de cartografía social en Usme Rural reveló una profunda y compleja relación de las mujeres campesinas con su territorio, trascendiendo la visión meramente geográfica para convertirse en un mapa de la identidad, la emoción y la resistencia.

El uso de colores para mapear percepciones demostró que el territorio campesino es una colcha de retazos y emociones Los trazos diferenciados entre el rojo del miedo (asociado a zonas solitarias o límites urbanos) y el amarillo del bienestar (centrado en la huerta o puntos comunales) evidencian cómo el espacio es vivido y clasificado según la seguridad, el afecto y la conexión. Esta cartografía subjetiva es fundamental para cualquier planeación territorial, ya que revela las prioridades de seguridad y bienestar que a menudo son ignoradas por los mapas oficiales.

El trazado de los recorridos cotidianos (la "ruta vital") puso de manifiesto la invisible geografía del cuidado y el trabajo no remunerado. Los caminos más transitados son aquellos que conectan el hogar, las labores de cultivo, el aprovisionamiento y el cuidado de la familia. Este ejercicio visibilizó la densa red de interacciones que sostienen la vida rural y que recaen predominantemente sobre las mujeres, ligando directamente sus trayectorias diarias con la reflexión previa sobre cómo el hilado se realiza en los "descansos".

La identificación de lugares ligados a la memoria grata y al mito subraya que el territorio es, ante todo, un reservorio de la identidad ancestral. Al señalar los caminos de las abuelas tejedoras o los lugares exóticos ligados a la herencia Muisca, las participantes reafirmaron su rol como guardianas de un paisaje simbólico. La tierra no es solo un medio de producción, sino la base de una narrativa histórica que resiste a la homogeneización cultural impuesta por el crecimiento urbano.

El taller concluyó que la identidad campesina y la defensa del territorio son inseparables. Al identificar y colorear sus microterritorios desde la percepción, las mujeres ejercieron un acto de apropiación y soberanía sobre su espacio. La cartografía se transformó en una herramienta de empoderamiento, un testimonio visual que reivindica su derecho a definir y defender su estilo de vida y su espacio habitado frente a la "desaparición agónica" que impone la mancha urbana.

Aun cuando históricamente, las mujeres rurales son y han sido artífices del desarrollo social, cultural y especialmente económico de la ciudad y el país estando presentes hombro a hombro en la realización de labores en fincas y cultivos, las tareas de la administración y el manejo de las finanzas, los oficios y las faenas tradicionales de campo, la cocina para los trabajadores y familiares, además y en conjunto, han llevado a cuestas el cuidado de los otros: los cónyuges, los hijos y los animales y han encarado los oficios diarios del hogar, todo a una misma vez.

El trabajo que las mujeres campesinas realizan diariamente es poco reconocido, principalmente al no mostrar de forma directa una relación de estos oficios con las ganancias monetarias, ya que no existe un salario para amas de casa. Dentro de la vida rural, entonces las enormes contribuciones de las mujeres a la economía están invisibilizadas.

Una transformación social real del borde rural-urbano requiere, necesariamente de un cambio cultural con equidad de género y debe pasar por la visibilidad histórica de mujeres que logren ser visibles e independientes, ya que, la exigibilidad de la dignidad de la mujer rural pasa, necesariamente por su empoderamiento social y productivo, permitiéndole ser parte activa en la generación de ingresos, ya sea para cortar la dependencia económica, la exclusión histórica o para la normal generación de recursos propios que ayuden a modificar su calidad de vida.

El proceso artesanal de la lana, desde el esquilado hasta el teñido y tejido, visibiliza y dignifica la fuerza de trabajo de la mujer campesina, históricamente invisibilizada en el ámbito productivo y económico, pero no genera hoy día un ingreso. La habilidad productiva del tejido es reconocida como un pilar cultural en la unidad campesina.

El Tejido como Herramienta de Sanación y Sororidad: El encuentro de tejedoras funciona como un espacio de terapia comunitaria, creando una red de apoyo emocional que combate la soledad y facilita la sanación, como en el caso de Victoria o Lucila González, quienes hallaron en el tejido un medio para superar crisis personales.

Empoderamiento Productivo y Autonomía: Más allá de la resistencia cultural, el tejido debe ser visto como una herramienta para la generación de oportunidades económicas. Fomenta la formación para el autoempleo y el desarrollo de la autonomía personal, ofreciendo una fuente de ingresos que contribuye al empoderamiento social y productivo de la mujer rural.

Transmisión Intergeneracional y de Género: La práctica del tejido se revela como un saber que se hereda y se transmite, incluso a través de la observación, trascendiendo el estigma de ser una labor exclusiva de mujeres o abuelas. La inclusión de jóvenes y hombres en el proceso garantiza la supervivencia del saber ancestral y contrarresta los estereotipos de género urbanos.

La importancia del hilado tradicional, como se practica en el taller, permite a las mujeres rurales conservar una técnica ancestral, convirtiéndolas en guardianas de la memoria.

CÍRCULOS EN ESPIRAL - INVESTIGACION DE LAS PRACTICAS DE TEJIDO EN ZONA RURAL DE CIUDAD BOLÍVAR Y USME : LABORATORIO 2

LABORATORIO 2 : MAPA DE MEMORIA Y SIGNIFICADOS

Finca La esmeralda, vereda La Requilina, ruralidad de Usme.

A medida que nos internamos en la localidad de Usme el paisaje cambia haciéndose más verde y el aire toma un aroma distinto. Quedan atrás el ruido y el cemento, el smog es remplazado por una mezcla de tierra mojada y frío. Usme rural resiste al avance imparable de la ciudad. Bordeamos el borde urbano-rural de Usme, un lugar donde la única constante es el cambio internándonos por senderos que pronto serán avenidas, viendo la franja de barrios que crecen vorazmente sobre lo que alguna vez fueron sembrados, quebradas y montañas.

En medio de sembrados, ovejas, vacas, papa, alverja en flor, de sombreros, ruanas y edificios y barrios que se asoman en el horizonte está el lugar del encuentro. Asomarse al paisaje del borde urbano-rural de Usme es entender el drama de la expansión urbana, es situarse en un espacio de largas luchas por la defensa de un territorio físico y simbólico, de una identidad campesina que se extingue dramáticamente mientras la desenfrenada mancha urbana crece condenando el estilo de vida de los campesinos y las campesinas a una desaparición de la que apenas pueden ser testigos.

Nos sentamos en círculo, y el silencio inicial se rompe con los saludos y las conversaciones vecinales, la lideresa Nury Salazar, con las manos curtidas por el trabajo de campo alista y dispone las lanas según tonos y colores, mientas nos cuenta cómo, a pesar de las inmensas pérdidas, el dolor en el alma y la tragedia que significa la expansión urbana, se ha mantenido firme en su estilo de vida. Para ella, nos dice: tejer es una forma de reclamar su identidad, mientras acaba de alistar el material, habla de cómo mantener el saber ancestral de la lana le ha dado una voz y como cada tejido es una forma de resistir, un esfuerzo por mantener viva la memoria de sus ancestras y su propia historia.

Mucho se ha hablado y se ha escrito de la deuda histórica del país para con la población rural y campesina, mucho se ha dicho y escrito de las dificultades para vivir la identidad del campo en un territorio en medio de la expansión (invasión) urbana, del trabajo mal remunerado de los campesinos, pero poco, muy poco de la especificidad de una población que resulta incluso aún más vulnerable: la mujer en la ruralidad. Ellas, que han sido artífices del desarrollo familiar, social y cultural del campo hombro a hombro con los hombres en la realizasiendo, peseabores propias del jornal, y las faenas del campo, pero, sumadas a las peripecias de la cocina y los cuidados de familiares y animales, siguen siendo,  pese a todo esto, víctimas de todo tipo de violencias por discriminación doméstica y de género, como una suma extra a las bregas del campo, al nulo acceso a la tierra, a la escasez de recursos económicos y la falta de oportunidades. En este contexto, las mujeres campesinas no sólo deben soportar los abusos que genera la condición de ser mujer, sino además, cargar con la invisibilización de su fuerza de trabajo y a la estigmatización de su condición cultural y social por parte de un país desmedidamente urbano.

Mientras el taller se desarrolla y los bastidores de los telares se llenan con lanas de colores, el ambiente se transforma. Las mujeres se ríen, se cuentan y se escuchan anécdotas y noticias de esta y otras veredas. 

Acabado el espacio del taller los marcos de madera revelan entramados coloridos, telares que cuentan de la vida y la tierra, de la necesidad de salvaguardar estas montañas que fueron moldeando sus vidas, de conocimientos ancestrales, de paisajes, caminos y sembrados… Verdaderas obras de arte que ninguna máquina podría hacer porque no sabe de este lugar y de sus formas de ser y entender el mundo que contra todo pronóstico resisten.

Allí, se inicia la captura de las experiencias. La actividad comienza con un juego a manera de ¿Cuál es el color de mi vida?

Este rompehielos busca crear un espacio cálido y de confianza, permitiendo que cada participante comparta una parte de sí misma a través de sus experiencias con el tejido.

Paso uno: se pasa “El micrófono de la palabra” e Inicia la actividad con todas las participantes sentadas en círculo. Se presenta un micrófono de juguete como si fuera el objeto principal del juego. Se explica la dinámica, mencionando que van a hablar de los colores que las constituyen y se pide que el micrófono pase de una mano a otra de forma aleatoria. La persona que tiene el micrófono lo sostiene y será la primera en presentarse con su nombre y, de forma espontánea y divertida, responde a la pregunta ¿Cuál es el color de mi vida?. Luego, comparte una de las siguientes opciones para añadir un toque personal: Su actividad predilecta (aparte del tejido). Una vez que la persona se ha presentado, y con el micrófono aún en sus manos, se invita a que cuente un recuerdo personal asociado al tejido. pidiendo que elija la que más le resuene: ¿Cuándo y dónde comenzaste a tejer?, ¿Quién te enseñó a tejer y qué recuerdas de ese momento?, ¿Qué recuerdo o emoción te trae el tejido?, ¿Qué fue lo primero que tejiste?, ¿Cuál ha sido tu tejido más reciente o el que más satisfacción te ha dado?  Una vez que la persona participante ha compartido su historia, ella le pasa el micrófono a otra persona al azar, repitiendo el proceso hasta que todas hayan participado.

Paula  nos dice: “Tejer me recuerda mucho a las palabras, a los dichos, los cuentos que dicen los abuelos, a mí me encanta estar con las personas mayores, porque uno escucha todo lo que han pasado durante su vida. Yo empecé a tejer por gusto, después como que no quería, y me tocó porque tuve que presentar un proyecto al colegio y busqué ayuda de la señora Ricarcinda (Lideresa comunitaria) y ella me ayudó con los puntos, yo no sabía”.

Magnolia Salazar nos dice: “El tejido me transporta a tiempos pasados. Recuerdo cuando mi madre tejía. Uno tejiendo se acuerda de cosas. Mi madre me empezó a enseñar, decía que coge los monos, que los doble monos y así aprendí a tejer carpetitas, yo tejí una para centro de mesa”

Alicia Victoria nos cuenta: “El tejido me da un aroma a mi madre, a mi familia, al hogar, al recogimiento. Cuando ella me enseñaba sonreía y me tenía paciencia, es un recuerdo muy bonito. Lo primero que armé sola fue una carpeta para adornar una mesa, estuvo en la casa bastante tiempo, yo me sentía muy orgullosa de eso porque era como una herencia de mi madre, una enseñanza de ella, una tradición.

Juan Diego, un niño de unos diez años que asiste como acompañante de sus hermanas nos cuenta: “Estoy aprendiendo, hasta ahora se tejer más o menos”

Ricarcinda Tautiva nos dice: “Mis recuerdos son mi mamá tejiendo, mi mamá tejía mucho cuando yo estaba pequeña, lo que más me acuerdo es que para cuando yo estudiaba, en una escuela pequeñita, mi maleta, era un bolso de colores bien bonito. Tenía su botón bordado para apuntar, no era como esas mochilas que uno usa ahora, era cuadrada y ahí me cabían los cuadernos, era morada, roja y verde. Ella la hizo con pedacitos de lana, ¡cómo me gustaba ese bolsito! y lo tuve hasta cuando se le salió una hebra y se desbarató. Me acuerdo que mi primer tejido, fue de esas mismas lanas, ella (mamá) cogía unas tiras y nos ponía en las piernas, para hacernos unos cordones que se llamaban patapatas. Con eso nos cogían el pelo y También he tejido y regalado ovejitas”.

Isabela una niña acompañante de unos seis años que viene al cuidado de su abuela nos cuenta: “Se puede tejer cualquier cosa: Un delfín, un perro, un vestido para la muñeca. ¿A mi abuelita? Le haría una rosa.

Nury Salazar Nos dice: “Cuando tejo, siempre recuerdo, y me gusta representar ahí, esto: este paisaje. (la vereda). Recuerdo que mi madre fue la que me enseñó. Mis primeras puntadas fueron en un mantel con punto de cruz. Yo estaba en la escuela y ella me enseñó a tejer, lo primero que hice sola fue un chal, uno de color beige, ese fue para mi madre, yo se lo hice y ella lo usaba. Hasta que mejor dicho, ya no quedó nada, hasta que ya no calentaba. Recuerdo mucho eso, mi madre fue la que me enseñó y me heredó esa pasión por el tejido. Yo tejo seguido, lo más reciente que tejí fue un cuello”.

Luz Margarita Ramos nos dice “No tengo mucho que decir porque yo nunca había tejido, estuve trabajando para una señora, en confección, allá fue donde aprendí a hacer botones y las florecitas para ponerle a las blusas. Ella enseñó así, a regaños el resto no lo sé, sí he hecho cosas tejidas, pero mirando o desbaratando y volviendo a hacer.

Victoria dice: “yo aprendí a tejer en el colegio, de monjas, ahí me enseñaron y el primer tejido que hice fue un cubrelecho, de colores. Luego hice como tres cubrelechos de estos. En el colegio se tejía como de dos de la tarde a cuatro de la tarde todos los días, en manualidades. Yo aprendí a tejer, a bordar, y desde ahí he tejido ruanas. Hace diez años entré en una crisis de depresión, entonces a mí la psicóloga me exigía tareas, que tenía que llevar. Cada cita que yo tenía con ella me tocaba llevar las tareas y ahí aprendí a hacer esas ruanas.

Luz Marina Tautiva nos dice: “Mi mamá nunca tejió, mis hermanas, yo tengo dos hermanas, una mayor y una después de mí, una menor, ellas, estudiaron allá, donde las monjitas, entonces yo, miraba cómo lo hacían y me encantó, ellas nunca practicaron y nunca hacen nada de tejidos, en cambio sí lo hago yo y eso que aprendí mirándolas a ellas. Mi pasión son los bolsos, pero hago sombreros, bufandas, carpetas, flores, lo que pueda. Qué lástima que mi mamá no teje, pero en esa época, yo creo que no existía mucho la lana, sino era la lana pura de ovejas, porque ella esquilaba las ovejas y ella misma lavaba la lana y le hacían todo ese trabajo.

Isabel Forero González la tejedora más joven con Trece años, nos dice: “Yo aprendí a tejer por mi madrina, ella me enseñó desde el inicio y ya después, me convencía de ir a talleres para aprender más. Así fue como aprendí. Hago el capibara, la rosa, una bufanda… Estaba haciendo una cobija, pero me quedé ahí, aun no la terminé. No conozco a nadie más de mi edad que teja tal vez porque no todos tienen enseñanzas de ese tipo”.

Lucila González nos cuenta: “Lo primero que tejí fue un cubrelecho, lo hice como 50 veces, lo hacía y lo desbarataba, eso fue hace 11 años, cuando mi hija murió. Ese es mi recuerdo, que hice y deshice muchas veces ese cubrelecho. Se lo regalé a mi otra hija, no se si aun existirá. Yo aprendí mirando por internet. También recuerdo de mi mamá esquilaba ovejas, ella escarmenaba la lana y nos enseñaba a esquilar las ovejas, Ella tuvo muchas, muchas ovejas, También recuerdo a mi papá, él me enseñó a hacer una malla en pita o piola. Lo último que hice fue un regalo para mi nieto; un Majin buu el de Dragon ball” .

Beatriz Peralta nos cuenta: “Mi mamá me enseñó a tejer, todavía tengo una carpeta que ella me hizo una de color verde y amarillo. A mí me gusta mucho tejer y la artesanía. Quisiera aprender mucho. En la vereda Olarte, había un colegio, en la antigua estación del tren, ahí nosotros estudiábamos. Nosotros no usábamos zapatos ni nada de eso, si no, alpargatas, no teníamos, así como ahorita que es todo moderno, las maletas, nosotros usábamos, era una maleta tejida de costal o de esas lonas donde venden la sal para el ganado.  Ahorita mismo estoy haciendo un tapete de trapillo”.

María Mercedes Alvarado nos dice “La primera vez que tejí fue aquí, en el taller, hice un telar y un sombrero. Yo tejo también en mostacilla, hago aretes y anillos. Cuando supe que podía hacer eso, me sentí muy bien, porque recordé la primera muda, el primer vestido de mi primera hija, que fue un conjunto amarillo tejido en lana. Mi mamá lo único que sabía era coser, ella era la que me hacía a mí los vestidos cuando yo estaba pequeña.

Laura Castro nos cuenta: “Yo aprendí con la ayuda de mi hermana, que ella aprende y después me explica a mí. Cuando tejo, me acuerdo de quien me enseñó: mi hermana y me acuerdo cuando esquilamos arriba las chivas con mi abuelita y mis tíos. Ahora se han perdido esos conocimientos, esas tradiciones. Me gustaría montar un proyecto de lo que yo estoy aprendiendo, enseñar a las demás personas y seguir aprendiendo.

Camilo, de unos 14 años nos cuenta: “Yo aprendí a tejer bolsos o algo así gracias a mi hermana, creo que todo se puede hacer con lana. Me gustaría tejer también amigurumis, bolsos, maletas, cosas para vender.

Juan Manuel Garzón Salazar de unos 18 años nos dice: “Yo aprendía tejer y he realizado cosas como portacelulares, bolsos, también hice telar y un tapete, me gustaría seguir en esto, hacer por ejemplo paisajes, lugares únicos paisajes en telar.

CONCLUSIONES

A partir de la experiencia del encuentro de tejedoras en el borde urbano-rural de Usme, se establecen las siguientes conclusiones:

El arte del tejido y el encuentro colectivo se consolidan como actos de resistencia cultural y una reafirmación de la identidad campesina frente a la presión de la expansión urbana.

El encuentro de mujeres tejedoras reafirma la Identidad Campesina, convirtiéndose en un espacio fundamental para la valoración y reconstrucción de la identidad, ofreciendo un testimonio vivo de dignidad y resistencia ante la amenaza de desaparición cultural y social. Tejer se convierte en una forma de reclamar la identidad y mantener vivo el estilo de vida rural.

Los y las habitantes de Usme rural están profundamente ligadas a su territorio. Sus obras de arte tejidas reflejan el paisaje, el campo y la necesidad de defender el agua y sus montañas, sirviendo como medio para la valoración y defensa del espacio físico y simbólico.

El Tejido es un constructor de memoria e Historia: el acto de tejer, entrelazado con la oralidad, es un vehículo poderoso para la reconstrucción de la memoria, la reivindicación ancestral y la valoración de las historias de vida, así mismo las obras tejidas operan como condensadores de memoria, palabra y reflexión.

El tejido es un medio para la reivindicación de la memoria ancestral y femenina-campesina. La transmisión del saber ancestral de la lana (desde la cría de las ovejas), a menudo enseñado por las madres y abuelas, es un acto de rescate de las memorias perdidas.

El Tejido es un espacio de sanación, sororidad y apoyo Mutuo, en donde el encuentro con otras tejedoras genera una red de apoyo emocional y social que combate la exclusión y la soledad, facilitando la reparación y la sanación comunitaria.

Tejer es terapia comunitaria: El encuentro se convierte en un espacio de encuentro, sororidad, reparación emocional y sanación en el que los tejidos operan como una terapia comunitaria que ayuda a superar crisis personales.

Al hacer parte de un espacio común, las mujeres descubren que no están solas que sus historias y luchas se entrelazan para formar una red de apoyo tan fuerte como el tejido que crean, validándose mutuamente.

El Tejido es una herramienta para la Inclusión y el Empoderamiento Femenino que más allá de lo artístico, funciona como una herramienta para el desarrollo personal y la generación de oportunidades económicas promoviendo la formación para el autoempleo y el desarrollo de la autonomía personal al ofrecer una fuente de ingresos o un medio para emprender.

El proceso de mujeres tejedoras contribuye a visibilizar y abordar la situación de vulnerabilidad de la mujer en la ruralidad, quien históricamente ha sido artífice del desarrollo del campo pero ha cargado con la invisibilización de su trabajo y una suma extra de violencias.

Si bien el encuentro se centra en el empoderamiento femenino, el estudio evidencia que, en la ruralidad de Usme, el tejido trasciende el estigma de ser exclusivamente una "labor de mujeres o abuelas". Tradicionalmente, en tanto, la práctica de tejer no ha estado limitada por el género, sino que ha sido una habilidad productiva y una necesidad económica dentro de la unidad campesina en la que los hombres han participado históricamente en la elaboración de cotizas, alpargatas, mallas y mochilas de fique, entre otros, demostrando que el tejido es una destreza esencial ligada al trabajo en el campo. Este contexto facilita la inclusión de jóvenes y hombres en los espacios de aprendizaje del tejido, como lo demuestran los participantes masculinos del encuentro, al verlo como una herramienta de emprendimiento, conexión con sus ancestros y expresión artística, libre de las barreras impuestas por los roles de género urbanos y una herramienta para contrarrestar los estereotipos de género.

Al final de la jornada, la ciudad se ve lejana desde esta perspectiva. Nos vamos con la certeza de que, a pesar de la implacable marea urbana que amenaza con taparlo todo, las formas ancestrales de ser y entender el mundo no se extinguen. Resisten, con hilos de dignidad, de sororidad y de esperanza en el borde de Usme, dejando claro que, el borde rural de Usme es eso: resistencia, pura resistencia.


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