TejidoS que cuidan, manos que sostienen: ha sido un proceso de formacion en tecnicas de tejido y arte textil con 2 grupos de mujeres de la upz 68 el tesoRO-la cumbre en ciudad Bolívar.
TejidoS que cuidan, manos que sostienen: ha sido un proceso de formacion en tecnicas de tejido y arte textil con 2 grupos de mujeres de la upz 68 el tesoRO-la cumbre en ciudad Bolívar.
SOBRE EL TEJIDO, LA RURALIDA, LAS MUJERES Y LO COMUNITARIO
Mucho se ha hablado de la deuda histórica del país para con la
población rural, de las dificultades para vivir la identidad campesina en un
territorio en constante conflicto con su raíz campesina, del casi nulo acceso a
la tierra, de la escasez de garantías, del peso del conflicto armado, de la
pobreza, la falta de infraestructura y servicios básicos, de la marginación
cultural y social entre otros interminables situaciones, especialmente
agravadas bajo la condición de ser campesinos de borde o ciudad. Los campesinos
del borde urbano-rural de Bogotá además enfrentan una situación ambigua marcada
por la pérdida de su territorio ancestral ante una agresiva expansión urbana,
la exclusión de las políticas tanto rurales como urbanas que les tomen en
cuenta, la presión inmobiliaria, la degradación ambiental, la inseguridad
económica, la invisibilización, el poco reconocimiento de sus existencias y
saberes, el desconocimiento de su papel fundamental en la soberanía alimentaria
y la identidad cultural distrital, la estigmatización histórica, asociada al
atraso que decanta en la tragedia de tener que combinar la agricultura con
trabajos informales y, poco, pero muy, muy poco de la especificidad de una
población que resulta incluso aún más vulnerable entre los vulnerables: la
mujer del borde urbano-rural. Ellas, que son y han sido artífices del
desarrollo social y cultural del campo estando presentes hombro a hombro en la
realización de las labores propias del jornal, y las faenas del campo sumadas a
las peripecias de la cocina y los cuidados de familiares y animales, que han
encarado históricamente las inmensas perdidas del conflicto y las violencias
subsecuentes de la ruralidad, han sido una de las poblaciones históricamente más
relegadas del país siendo al final depositarias de todas sus violencias.
En este contexto, las mujeres campesinas del borde no sólo deben
soportar los abusos que genera la condición de ser mujer y pobre sino, además,
cargar con la invisibilización de su vida, de su fuerza de trabajo y la
estigmatización de su condición cultural por parte del mundo urbano.
En medio de este panorama surge el tejido, como un símbolo de
resistencia, como motivo
de reunión, como reafirmador de la identidad campesina y femenina, como salvaguarda
de sus luchas, sus memorias y sus formas de vida. A través del acto de tejer,
las mujeres del borde urbano-rural construyen comunidad, fortalecen redes de
apoyo y transforman el aislamiento, la soledad y la desesperanza en encuentro y
sanación colectiva y ahí, en medio de los hilos y los ovillos de lana, emerge
siempre la palabra.
Ese fue el centro de
gravedad de la investigación, de eso se trató: de dar palabra rostro, nombre y
reconocimiento a las tejedoras rurales de Usme y Ciudad Bolívar, de dar voz a
las sin voz, a las que existen sin existir en las entrelineas de la vida, de
escuchar sus historias, sus heroicidades, sus recorridos y gestas, de registrar
las peripecias de su vida simple, de desentrañar la vida simple del borde
urbano-rural desde una arqueología de lo cotidiano que propende por encontrar
verdaderos tesoros en la vida menuda, de escuchar sus relatos mientras tejen y bordan,
de escrutar sus palabras como objetos de estudio importantes y dignos de ser
conocidos, destacados, de hablar de
sus formas de ser y de ver el
mundo como testimonio histórico hacia futuras generaciones, de invitar a la
palabra desde algunas actividades de motivantes, de tejer la propia historia y
sumarla a la historia mayúscula porque, como decía el escritor Jorge Luis
Borges: toda historia, por mínima que sea hace parte de la gran historia
universal y sobre todo: de tejer testimonio, de tejer dignidad, de tejer como
terapia comunitaria, como reparación simbólica y emocional, como
reconstrucción, de tejer futuro en
memoria de lo que fue, de las que antes fueron, de tejer para rescatar el hilo
pedido de la memoria, de tejer con intención femenina y convocante, de tejer para
remendar el tejido social roto, tejer como una forma de acción social capaz de modificar objetos, espacios y vidas.
Lo que se presenta aquí
son pues los hallazgos, las reflexiones, testimonios, ideas, palabras, sueños y
expectativas de las mujeres de la ruralidad de Usme y Ciudad Bolívar participantes
de los laboratorios del proceso “Círculos En Espiral” como reconstrucción de su
memoria histórica.
La metodología
de recolección estuvo dividida en tres fases principales: Captura de
experiencias, Análisis de experiencias y Narración de la memoria.
Fase 1: Captura de las experiencias: Con el objetivo de recolectar las
vivencias, procesos, descubrimientos de las participantes en el proceso a
partir de:
1, sesiones
de memoria grupal: Como metodología se pide a las participantes que expresen
sus pensamientos antes, durante y después de cada sesión de tejido a partir de
preguntas motivadoras y disparadores de memoria tipo: "¿Qué memorias,
sentimientos y pensamientos te evoca el ejercicio a realizar de acuerdo a cada
tema?", "¿Qué recuerdos aparecen mientras tejes?" o "¿Qué
historia cuenta el tejido que estás creando?", "Si tu tejido hablara
¿qué diría?"…
Como cierre
de cada sesión se dedica un espacio para compartir sensaciones y aprendizajes
para enriquecer el archivo de memoria.
Entrevistas
Semi-estructuradas: se realizan entrevistas individuales a profundidad con cada
tejedora desde preguntas abiertas para explorar el proceso de forma más
personal: "¿Qué te aporta el taller?", "¿Cómo ha
cambiado el tejido tu relación con el tiempo y la cotidianidad?",
"¿Hay algún momento en el taller que consideres un punto de inflexión en
tu historia personal o creativa?"…
Fase 2: Análisis de experiencias.
Una vez que
el material se ha recolectado, se organiza para encontrar los hilos conductores
de las historias a partir de Identificación de Ejes Narrativos: Logrados
después de leer y releer el material (diarios, textos, audios y
transcripciones). La búsqueda de temas recurrentes: la sanación a través del
arte, la memoria familiar, la conexión con la naturaleza, el empoderamiento, lo
comunitario como ejes narrativos sobre los que se construirán los textos
finales.
Fase 3: Narración de la memoria:
En esta
fase, se transforma el material analizado en un producto final o creación de
una Antología Narrativa, con base en los ejes narrativos, se escriben una serie
de tres textos (crónicas) que combinan las voces e historias de las tejedoras.
Diseño y publicación virtual de textos-crónicas de memoria tendientes a reunir los discursos, testimonios, procesos e ideas de las participantes del proceso, permitiendo que las memorias individuales y colectivas se transmitan y perduren en el tiempo como salvaguarda de la memoria histórica del proceso.
AGRADECIMIENTOS:
Agradecemos a las personas que se sumaron a soñar con nosotras Mujeres Paz y Memoría en cabeza de Lizeth Fonseca y Angélica Cuéllar a hacer realidad esta investigación; a las lideresas que, con su amor, se unieron a conovocar a otras y a gestionar los espaciós para la realización de los laboratorios (Luz Marina Zárate, Olga Chacon, Nury Salazar Eslava, Ricarcinda Tautiva Melo, Lucila Gonzalez Morales, Ana Ofelia Suarez, Gestoras de Manzana del Cuidado de Mochuelo Bajo Leydi Jimenez y Biblioteca Publica de Pasquilla Vielsa Milena Marroquín); a nuestras maestras sabedoras, quienes compartieron generosamente su conocimiento (Liliana Bejarano, Nury Salazar Eslava, Ricarcinda Tautiva Melo, Lucila Gonzalez Morales, Ana Ofelia Suarez, Carlos Urbano); a quien capturó cada uno de los momentos, compartires, tejidos y aprendizajes en video y foto (Carlos Mauricio Calvo Martinez); y a quien, a traves de las relatorías, las palabras y las narrativas, dejó plasmadas las vivencias en esta sistematización (Carlos El Gato Martinez).
Gracias por tejer juntas y juntos esta investigación que busca preservar las narrativas, simbolismos, sentires, saberes de algunas de las persnas que practican el tejido en la zona rural de Ciudad Bolívar y Usme.
LABORATORIO 5: MEMORIA EN ESPIRAL
Biblioteca Pública Pasquilla, vereda Pasquilla, Ruralidad Ciudad Bolívar.
A
medida que nos adentramos en la ruralidad alta de Ciudad Bolívar, el panorama
de la periferia se transforma por completo. El horizonte se abre, y las laderas
empinadas de los cerros dan paso al paisaje verde de Pasquilla. Aquí, en la
zona rural, el aire huele a campo, a cultivos, a tierra fresca y a la neblina
que baja desde el Sumapaz.
La
ruralidad de Pasquilla resiste, no solo a la amenaza que podría cernirse sobre
sus sembrados y sus vidas campesinas, (la expansión urbana) sino al abandono de
una ciudad que le da la espalda. Bordeamos el subpáramo, una frontera donde las
pocas y tradicionales viviendas de un asentamiento colonial se entremezclan con
los pequeños cultivos y el pastoreo. El ambiente es de un lugar frío con
presencia de vida de campo, frente a nosotros está el lugar de encuentro: la
Biblioteca pública. La lucha aquí es por la defensa del territorio y la vida,
que es algo más que tierra, es dignidad, salud, oportunidad para el campo y la
posibilidad de un lugar en el mundo.
Así
pues, nos dispusimos en círculo, para escuchar, se trató de tejer desde y con
la palabra y desde la reflexión dirigida por el facilitador invitado Carlos
Urbano (Indígena Nasa),
en torno a lo que significa el tejido en las comunidades
indígenas y por extensión campesinas y rurales. El acompañante hablo orientando
el taller desde su experiencia como tejedor y docente. Mientras, se realizó una
práctica de tejido libre en croché en el que la palabra fluyó libremente, así
como los tejidos. Así mientras las mujeres escucharon atentamente, compartieron
algunas anécdotas de la vereda, sobre el cultivo y vivencias desde su roll de
lideresas, tejedoras y mujeres del sector rural.
Del
paso uno (reflexión-exposición), se decantan las siguientes reflexiones:
El
Tejido como Pilar Fundamental y como forma de escritura Cultural: Para el
pueblo Nasa, el acto de tejer y sus figuras asociadas no son solo ornamentos,
sino una forma de escritura que expresa su pensamiento y recoge su trajinar
milenario. Cada figura tiene un significado y una razón de ser, comparable al
abecedario del español.
Pensamiento
y cosmovisión: El invitado prefiere hablar de "pensamiento propio" en
lugar de "cosmovisión" o "cosmogonía", considerándolas
palabras externas. Este pensamiento se refleja en los tejidos, donde hay dos
figuras clave: el espiral (más propio) y el triángulo/rombo.
Espiritualidad
y dualidad representada en el Chumbe: El pensamiento del tejido en lo ancestral
se liga profundamente a la espiritualidad, (distinta a las religiones) y
expresa conexión con la Naturaleza como conocimiento.
Dualidad
y complementariedad: El invitado menciona el concepto fundamental de dualidad y
complementariedad en el pensamiento indígena (ej: blanco/negro, día/noche,
hombre/mujer), un principio que se aplica incluso en el recibimiento del bebé
(partera mujer si es varón, médico tradicional hombre si es niña).
El
Chumbe como ejemplo de transmisión cultural desde el tejido: El chumbe es una
faja o cinta tradicional que se teje en telar (aunque se plantean métodos
alternativos) y es un elemento de la vestimenta tradicional. La cargadera de la
mochila es un ejemplo de chumbe. Según la creencia Nasa, por cada hijo se debe
tejer un chumbe. Este tejido lleva colores e hilos preparados con elementos
naturales (tierra, plantas, flores, semillas), consultando previamente a los
Tewaga (médicos tradicionales) sobre el sexo y la espiritualidad del bebé. Al
envolver al recién nacido en el chumbe, la cultura y toda la historia del
pueblo se transmiten al niño a través del sueño, cumpliendo una función
educativa y cultural más allá del propósito físico (como el enderezamiento de
huesos, creencia popular).
El
Tejido como práctica cotidiana y transmisión de conocimiento: tejer es un tipo
de construcción social ancestral, ya que la actividad tejedora es vista como la
construcción de procesos y relaciones, de comunidad y hermandad. En el contexto
de la reunión, se relaciona con temas de cuidado y autocuidado.
Transmisión
Visual del Conocimiento: El aprendizaje del tejido ancestral es eminentemente
visual y práctico. Los hijos aprenden observando a la madre tejer sin
instrucción verbal directa, y luego ensayan solos.
Tejer
en la vida diaria: El tejido es una actividad constante en la vida cotidiana de
las comunidades, incluso en reuniones y asambleas multitudinarias, sirviendo
para "hilar" el pensamiento, reforzar la cultura y ayudar a la
interiorización de los temas tratados. La práctica simultánea de tejer y
escuchar resulta en un mejor aprendizaje y concentración.
Del paso dos, captura de palabra a partir de las preguntas: "¿Qué recuerdos aparecen mientras tejes?", "¿Qué historia cuenta el tejido que estás creando?" "Si tu tejido hablara, ¿qué diría de ti o de tu territorio?" se decantan las siguientes reflexiones:
1. ¿Qué
dicen los tejidos de las participantes y su territorio?
Los
tejidos hablan de la forma en que cada tejedora enfrenta sus problemas y como
ve la vida desde su particularidad.
El
tejido se consolida como una práctica profundamente ligada a la vida de las
mujeres del sector rural de Pasquilla. La práctica del tejido se inserta en la
vida cotidiana de la mujer rural, realizándose en conjunto con su ser
campesino.
Habla
de una profunda conexión entre tejido y territorio a través de su consolidación
como una práctica comunitaria y como reconocimiento de su ser mujer.
Núcleo
Social: Los tejidos hablan de la socialización y de cómo las mujeres rurales crean
redes de apoyo.
Transmisión
de tradición Local: los tejidos hablan de ancestralidad, de madres y abuelas.
El tejido se convierte en un vehículo para replicar el conocimiento y el legado
cultural dentro de la comunidad.
2.
¿Qué recuerdos aparecen mientras tejes?
(y ¿Cómo fue el primer acercamiento al tejido?)
Aparece
recurrentemente un vínculo materno y familiar: El recuerdo principal es la
enseñanza de la madre y/o la abuela o las tías. Las técnicas aprendidas
incluyen bordado, dos agujas, y crochet.
Aprendizaje
y retorno al tejido por necesidad: Algunas tejedoras aprendieron en el colegio,
aunque lo olvidaron, y retomaron por necesidad de encuentro.
Influencia
de los talleres comunitarios: La adquisición de habilidades más recientes se
dio en talleres comunitarios (biblioteca de Pasquilla, cursos navideños, etc.),
a través de la enseñanza-aprendizaje comunitario o bien viendo videos a través
de YouTube como innovación de lo aprendido.
3.
¿Qué historias cuenta el tejido? (y
¿Cuál es su conexión con lo rural?)
Historias
de encuentro, distracción y uso del tiempo: El tejido cuenta la historia de un
pasatiempo que complementa y enriquece la vida, se realiza después de completar
las "labores de la casa" y “Las labores del campo”.
Historias
del legado: El tejido cuenta el deseo de enseñar lo aprendido a otras. Estas
iniciativas buscan evitar que se pierdan los conocimientos adquiridos por
generaciones.
CONCLUSIONES Y HALLAZGOS GENERALES:
El
Círculo de la Palabra no solo sirvió como cierre metodológico, sino que
constituyó en un acto simbólico de reafirmación identitaria, donde el arte del
tejido se consolidó como una poderosa herramienta para narrar la memoria del
campo y, para resistir y celebrar la fuerza de la mujer rural en Ciudad
Bolívar.
Las
respuestas finales frente al taller revelaron que este se había convertido en
un espacio de sanación y empoderamiento. Muchas mencionaron que el tiempo de
tejer era el único momento del día donde podían concentrarse en sí mismas,
encontrando paz en medio del ruido y las preocupaciones. El punto de inflexión más
repetido fue el descubrimiento de sus propias manos como generadoras de
valor económico y artístico, reivindicando el saber ancestral frente a la
desvalorización del trabajo rural.
A
partir del análisis del encuentro y la disertación del invitado Carlos Urbano,
se establecen las siguientes conclusiones, enfocadas en la resignificación del
tejido en el contexto del borde urbano-rural de Ciudad Bolívar:
El tejido se consolida como un medio
para expresar el pensamiento propio o indígena,
funcionando como un abecedario cultural donde las figuras se convierten en una
forma de escribir y plasmar ideas.
Esta visión ancestral inspira a las
tejedoras de Pasquilla a ver sus creaciones no solo como artesanías, sino como
narrativas de su vida y resistencia.
La historia de nuestros pueblos y sus
pensamientos están tejidos en las figuras del chumbe. Este concepto reafirma que
las creaciones de las mujeres de Pasquilla pueden ser interpretadas como
resguardos de la identidad campesina y rural.
Existe una transmisión del conocimiento
visual y práctico.
El aprendizaje de tejer se da principalmente a través
de la observación y la práctica personal, más que de la instrucción verbal
directa. Este método facilita la práctica
continua del tejido, incluso mientras se escucha o se participa en reuniones
(tejer y escuchar).
La práctica del tejido ha sido resignificada
como un tema de cuidado y autocuidado entre las mujeres,
ofreciendo un espacio de autonomía y bienestar frente a las dificultades de la
vida rural en el borde (violencia de género, carga laboral, estigmatización).
El tejido en reuniones y asambleas no es
un mero pasatiempo; es una práctica que ayuda a mantener la concentración, a
hilar el pensamiento, y a amarrarlo para que perdure lo discutido. Esta función lo convierte
en una herramienta para la reflexión activa y la planificación comunitaria.
El espacio del taller en Pasquilla promueve
la innovación y el ingenio. El desafío de intentar crear un chumbe
con el material y técnicas disponibles (croché) sin un telar tradicional es un
ejemplo de cómo el grupo piensa y practica soluciones ante las limitaciones,
creando nuevas formas de hacer.
La inclusión de nuevos materiales como
la mostacilla permite a las tejedoras plasmar todo lo
que imaginan y
explorar nuevas técnicas de diseño para el autoempleo y el empoderamiento,
trascendiendo las técnicas de la lana tradicional.
Conclusiones
a partir de las encuestas hechas a mujeres del territorio al final de la
sesión:
El
tejido como arraigo: El oficio de tejer y el diálogo colectivo se erigen como
manifestaciones audaces de soberanía cultural, una firme declaración de la
identidad campesina de borde frente a los desafíos de la frontera urbana.
Pasquilla,
como territorio de tejido: El encuentro de mujeres valida la Identidad
campesina-ancestral, forjando un punto de encuentro vital para la dignificación
de su historia y la reconfiguración de un sentido de pertenencia.
Tejer es
identidad: Las habitantes de Pasquilla reflejan su profunda conexión con el
territorio en cada puntada. Sus creaciones narran la urgencia de proteger su
estilo de vida campesino.
Memoria
Ancestral en Tensión: El acto de tejer es memoria en íntima conversación con la
tradición oral, es un motor poderoso para la reparación histórica, la
reivindicación femenina ancestral. Las piezas tejidas son, en sí mismas,
archivos vivos de palabra, sabiduría y resistencia.
Reivindicación
Femenina y el saber de las tejedoras: El tejido funge como un conducto para el
rescate de la memoria campesina y femenina. La transferencia de los
conocimientos esenciales custodiados por mujeres se convierte en un rescate
activo de la herencia que se resiste al olvido.
El tejido
es un refugio: de sororidad, sanación colectiva y resiliencia. El compartir el
espacio y el oficio crea un entramado de apoyo emocional y social que es
esencial para mitigar el aislamiento y la exclusión, facilitando procesos de
bienestar y cohesión en comunidad.
El tejido
como terapia: El encuentro entre tejedoras opera como un centro de reparación
emocional y acompañamiento mutuo. Los hilos se transforman en una terapia
comunitaria que provee estructura y contención para afrontar las
vicisitudes personales y colectivas.
La trama colectiva: Al converger en un propósito, las mujeres de Pasquilla descubren que sus luchas y relatos se cruzan, dando lugar a una red para la validación de la experiencia mutua.
LABORATORIO 4: TEJIENDO ABRIGO
Manzana
del cuidado, Mochuelo Bajo, Ciudad Bolívar.
A
medida que ascendemos por la localidad de Ciudad Bolívar, el paisaje se
transforma: la densa cuadrícula urbana se estira y adelgaza, revelando la
geografía escarpada de los cerros del sur de Bogotá. El aire no se hace más
puro, sino que toma un aroma distinto; el del polvo de canteras y escombros,
mezclado con el frío de las montañas. Dejamos atrás la traza formal de la
ciudad para adentrarnos en un borde con una historia de resistencia y una
evidente metamorfosis.
Llegamos
a Mochuelo Bajo, un territorio donde la única constante es el cambio, la
muestra más palpable de cómo la ciudad devora sus periferias. Un sector que
alguna vez fue una vereda de vocación rural y que hoy es un barrio popular
incrustado en la montaña. Observamos la franja de construcciones informales y
viviendas de autogestión que crecen vorazmente sobre lo que alguna vez fueron
sembrados, potreros y quebradas.
En
medio de las calles empinadas, las casas de ladrillo y los miradores con vistas
dramáticas de la ciudad que se extiende, se sitúa la manzana del cuidado.
Asomarse al paisaje de El Mochuelo Bajo es entender el drama de la expansión
urbana vista desde la periferia, es situarse en un espacio de largas luchas por
la tenencia de la tierra y la provisión de los servicios básicos. Es ser
testigo de la desaparición de la memoria campesina que alguna vez habitó estos
cerros, al ser reemplazada por una nueva identidad de barrio popular que surge
entre el avance desenfrenado de la mancha urbana y la proximidad histórica al
imponente Relleno Sanitario Doña Juana, una presencia que marca el destino y el
olor de este sector.
ACTIVIDAD DEL TALLER: EL MAPA DE NUESTROS SENTIRES: CARTOGRAFÍA AFECTIVA EN CIUDAD BOLIVAR RURAL.
Objetivo:
Generar vínculos afectivos y emocionales con el territorio de la vereda. Identificar
colectivamente los lugares de valor, de conflicto, de alegría, y de memoria
dentro del plano de la vereda. Promover el diálogo y la escucha activa sobre
las experiencias y percepciones del espacio.
Después
de una sesión de tejido en dos agujas, en el que la dinámica resultó ser en sí un
reflejo de la vida en el barrio: ayuda mutua, hacer y deshacer puntadas con
paciencia, y una sesión basada en la solidaridad, no en la competencia, conversaciones
giraron en torno a los problemas concretos del barrio: las dificultades de los
servicios básicos, la lejanía de todo, las presiones de la vida cotidiana en el
sur…
Se
inició un ejercicio de cartografía poniendo en común los siguientes materiales:
Un plano
a gran escala del barrio dibujado en una lámina grande de papel lo
suficientemente grande para que las personas interactuasen con él
simultáneamente y, varias figuras o iconos Afectivos: que representaban los
siguientes conceptos:
Corazones:
Para asignar el afecto, el amor, los lugares que te hacen sentir feliz o seguros
y para hablar de nuestras propias casas.
Velas:
para hablar de vuestros sueños y esperanzas.
Estrellas:
para designar lo mejor del territorio, lo más bonito o destacable.
Espirales:
para hacerle un regalo simbólico al territorio.
Así, se
inició con una reflexión breve sobre la importancia del barrio-vereda como
hogar y espacio de vida, no solo como un lugar físico, sino como un conjunto de
recuerdos, personas, y emociones. Se realizó la presentación del plano del
Mochuelo explicándolo brevemente, asegurando que todas las participantes pudieran
identificar los principales referentes (vías, escuela, quebradas, etc.)
Se presentaron
los iconos afectivos y su significado y se explicó “Vamos a usar estos símbolos
para dibujar nuestras emociones en el territorio".
Se
realizó una interacción con el plano persona a persona invitando a las
participantes a pasar individualmente al mapa para colocar los símbolos según
las siguientes indicaciones: pon este corazón en el lugar que te genera más
afecto, alegría o seguridad, en el lugar de Afectos y pertenencia: Casa, el
hogar de un familiar, un árbol especial, la cancha comunal, el punto de
encuentro.
Pon
esta vela en el lugar que representa tu esperanza o el futuro que sueñas para el
barrio-vereda, como lugar de Potencial y Sueños: Un terreno para cultivar, el
salón comunal que quieren mejorar, un sitio natural que desean proteger.
Pon
esta espiral de tejido en un lugar al que tu debas hacerle un regalo (algo que
le falte al barrio o que carezca de ello y pon esta estrella en un lugar que
valores mucho, que te resulte especial o destacable...
Así mientras
las participantes colocaban los símbolos, el moderador fue acompañando con preguntas
abiertas como: “¿Qué hace que este lugar merezca este corazón?” o “¿Qué
historia hay detrás de esta vela?”
REFLEXIÓN
Y PUESTA EN COMÚN:
Una
vez que todos los símbolos estuvieron en el mapa, el moderador guio una
conversación a partir de lo que se vio: Identificación de Patrones: “Miren el
mapa. ¿Dónde se concentran la mayoría de los corazones? ¿Y las espirales?”
(Esto ayudó a identificar zonas de fortaleza y zonas de vulnerabilidad).
Narrativas
Colectivas: se pidió a las personas que compartiesen las historias de los símbolos
colocados, y que compartiesen algo que les haya llamado la atención sobre la
colocación de un símbolo de otra persona.
Cierre
Reflexivo: se finalizó preguntando: "Ahora que vemos nuestros sentires
plasmados en el mapa, ¿qué necesitamos hacer como comunidad para cuidar los
lugares y transformar o solucionar los lugares problemáticos?"
El
resultado final fue un mapa comunitario afectivo que no solo muestra la
geografía física de la vereda, sino también su geografía emocional.
CONCLUSIONES:
A
partir de la aplicación del taller de Cartografía Afectiva en Mochuelo Bajo, el
mapa resultante no es solo un plano geográfico, sino un registro detallado de
las transiciones socioemocionales del territorio. Las ubicaciones de los iconos
revelan un panorama complejo que equilibra el arraigo familiar con la nostalgia
por la vocación campesina y la cruda realidad de los problemas urbanos que
trajo la expansión de Ciudad Bolívar.
La
disposición de los iconos afectivos en el plano del Mochuelo Bajo permite
extraer conclusiones categóricas sobre las prioridades y las tensiones del
grupo de mujeres mayores que participaron en el taller:
Corazones
1. El
Hogar como lugar afectivo y logro generacional: El arraigo se concentra en lo
privado: El hecho de que la mayoría de las participantes ubicaran un Corazón en
su propia casa subraya que el afecto y la seguridad ya no residen en el espacio
público o comunal (como pudo haber sido en la vereda), sino que se han
replegado al ámbito doméstico y la valoración del esfuerzo propio, este patrón
significa que la vivienda es el máximo logro tangible en un contexto de
precariedad. Representa el esfuerzo generacional y la autogestión para
establecer una base estable en un barrio de poblamiento informal. Es un
santuario de seguridad frente a las problemáticas que trae la ciudad
(inseguridad, falta de servicios, etc.)
Conexión
con la Memoria Campesina: Al colocar Corazones en sitios turísticos de la
vereda (como La Piedra del Mohan, el campo cultivable y el mirador), se
evidencia una doble pertenencia. El afecto se distribuye entre el esfuerzo
presente (la casa) y la memoria idealizada del pasado rural (los referentes
naturales y paisajísticos)
Velas
2.
Anhelo de Estabilidad y Retorno a la Tierra. El sueño de la casa propia y la
legalidad: La colocación de la Vela en la consecución de casas propias por
parte de quienes no la tienen, indica que la propiedad legal y la estabilidad
habitacional siguen siendo la máxima aspiración urbana.
La
incertidumbre sobre la tierra es una constante en el borde urbano-rural.
Nostalgia
productiva: El sueño de "fincas asociadas al retorno a la vocación de
campo" no es solo una regresión romántica, sino un indicio de una búsqueda
de alternativas económicas y de subsistencia más allá de la dependencia de la
ciudad. Representa la esperanza de recuperar el control sobre el entorno y la
producción, algo que se perdió con la urbanización.
Estrellas
3. Reconocimiento
de la Manzana del Cuidado como eje Social y la infraestructura de la sororidad:
La mayoría de las estrellas (Lo mejor/Destacable) se concentraron en la Manzana
del Cuidado del Mochuelo. Esto destaca la importancia crucial de estos espacios
como puntos de encuentro y provisión de servicios diseñados específicamente
para las mujeres.
Valoración
del encuentro colectivo: En un territorio donde la soledad y el aislamiento
pueden ser comunes, este resultado subraya que la Manzana del Cuidado es
percibida como un "oasis urbano". Es el único lugar formal y
accesible que la ciudad ha dispuesto para ellas, y por ello es altamente
valorado como un pilar de bienestar y apoyo mutuo.
Espirales
4. La
Inseguridad como Cicatriz de la Urbanización Fallas en la Inclusión Urbana: La
colocación masiva de Espirales (Regalo Simbólico/Carencia) en lugares donde
faltan servicios urbanos básicos (pavimentación, parques, alcantarillado)
revela que la expansión de la ciudad fue voraz, pero incompleta. La
urbanización de la vereda se hizo sin la infraestructura mínima de dignidad. La
Inseguridad: El peor legado de la Ciudad: El hecho más revelador es la
concentración de espirales sobre la palabra o zonas sin seguridad, esto señala
que el problema más sentido y de mayor impacto emocional que trajo la
conversión de vereda a barrio es la inseguridad y la violencia urbana. Es una
clara indicación de que el espacio rural, aunque precario, ofrecía un mayor
sentido de comunidad y protección, mientras que el barrio adscrito a la ciudad
heredó sus dinámicas de riesgo y vulnerabilidad social.
CONCLUSIONES ADICIONALES:
Dispersión
vs. Concentración Afectiva: existe una dispersión afectiva hacia los elementos
naturales (Corazones en miradores) versus una concentración de la necesidad en
los nodos de conflicto (Espirales en servicios y seguridad). El mapa muestra un
territorio querido por lo que fue, pero fuertemente criticado por lo que es.
El
Tejido como modelo de Solución: La sesión de croché previa estableció la
solidaridad y el "hacer y deshacer con paciencia" como la metodología
comunitaria implícita. Esto se traduce en la demanda final: para "cuidar
los lugares con y transformar o solucionar los lugares problemáticos", la
comunidad debe aplicar el mismo modelo de ayuda mutua y persistencia colectiva
que usan para tejer.
Transición
de la Identidad: El mapa captura el momento bisagra en la identidad de las
participantes: ya no son campesinas (su vocación está en la nostalgia), pero
tampoco se sienten plenamente ciudadanas (pues carecen de los servicios y la
seguridad urbana). Son habitantes de un borde resiliente, luchando por
recuperar la paz del campo en la estructura hostil del barrio.
De
igual manera el tejido en croché en El Mochuelo Bajo se transforma de una
simple manualidad a una estrategia de resistencia psicosocial y una
infraestructura social para afrontar las tensiones derivadas de la rápida y
precaria urbanización. Ayuda a superar las situaciones negativas reveladas en
la cartografía afectiva (inseguridad, falta de servicios, nostalgia) a través
de dos ejes principales: el terapéutico individual y el de la sororidad
colectiva.
El
Tejido es terapia y regulación emocional ofreciendo beneficios concretos que
funcionan como una catarsis ante el estrés de la vida en la periferia como mecanismo
de reducción de la ansiedad, desde un enfoque de terapia ocupacional que contrarresta
la sensación de impotencia que generan las problemáticas estructurales.
El
tejido permite la afirmación de la productividad y la autoestima como un logro tangible
al completar una labor manual proporcionando una satisfacción inmediata y
visible como logro vital, ya que muchas mujeres mayores en estos contextos
pueden sentir que su rol social ha disminuido. El tejido les otorga un nuevo
rol de productoras reforzando su sentido de utilidad y autoestima.
El
tejido permite una conexión con la memoria ya que, al tejer, mantienen viva una
memoria motriz y cultural que las conecta con la identidad de la vereda que
está desapareciendo, contrarrestando la sensación de desarraigo que trajo el
cemento.
El
Tejido es sororidad por lo que el taller va más allá del beneficio individual,
funcionando como un dispositivo de cohesión que fortalece la estructura social
de apoyo en una zona marcada por la vulnerabilidad.
El
tejido es modelo de ayuda mutua y resiliencia, de intercambio de saberes y validación:
El encuentro es un espacio donde se valida el conocimiento y la experiencia de
cada mujer.
El tejido es catarsis colectiva y espacio seguro que actúa como un espacio seguro, estable y como incubadora de encuentro y resiliencia.
En
este contexto desafiante, el taller de tejido “Círculos en Espiral” se alzó
como un espacio de resistencia cultural y reafirmación de la identidad
campesina. El tercer encuentro de tejedoras se centró en el proceso ancestral
de la lana, comenzando con el rito del esquilado. Una oveja fue trasquilada
cuidadosamente con unas tijeras tradicionales, una reliquia que parecía haber
escapado de un museo, un recordatorio tangible de las labores de sus ancestras.
Este acto, que requiere precisión para no lastimar al animal y obtener la lana
en una sola pieza, sirvió como el primer acto de conexión con un saber antiguo.
Posteriormente,
las mujeres procedieron al hilado, utilizando un huso —un trompo de madera y
piedra—, tal como se hacía hace más de doscientos años. Con movimientos
rítmicos, la fibra de lana fue torcida y trenzada, transformando el vellón
limpio en hilo resistente, un proceso donde se separa y tuerce la lana en
pequeñas tiritas, logrando firmeza a medida que se estira y gira el huso. Como
curiosidad se utilizó una papa grande en lugar de la pieza de piedra como
demostración del ingenio campesino cuando no habían o se rompían los husos.
El
taller continuó con el lavado y trenzado de la lana, eliminando la grasa
(lanolina) y los residuos orgánicos, preparando la fibra para el teñido. Las
participantes compartieron muestras de lana teñida y hablaron de las técnicas
tradicionales, muchas veces a partir de productos vegetales, que confieren
colores únicos y naturales a las hebras.
Durante
estas labores, surgieron las conversaciones sobre la dura realidad de ser mujer
campesina. Ellas, que han sido artífices del desarrollo familiar, social y
cultural del campo junto a los hombres, cargan con la invisible suma extra de
las faenas de la cocina, los cuidados familiares y de animales, y soportan la
invisibilización de su fuerza de trabajo. Se reflexionó sobre cómo la ardua
labor del hilado y tejido, crucial para la economía y la vida diaria del campo
colombiano, se realizaba y se realiza a menudo en los "descansos":
momentos entre la siembra, la cosecha, el cuidado de los niños y las atenciones
a la familia.
La
líder Nury Salazar destacó cómo el tejido es una forma de reclamar su identidad
y resistencia frente a la tragedia de la expansión urbana, manteniendo viva la
memoria de sus ancestras.
El
diálogo se profundizó al abordar la larga tradición de la que son herederas. Se
habló de cómo esta región, Usme rural, estuvo habitada por los Muiscas,
reconocidos como grandes tejedores, sobre como sus abuelas tejían ropa, maletas
e implementos para la vida diaria. Las madres continuaron esta tradición,
siendo tejedoras de cotizas, alpargatas y maletas escolares.
El
encuentro reafirmó que la práctica del tejido en la ruralidad no está limitada
por el género, sino que es una habilidad inherente al campesinado. Se recordó
que los hombres campesinos también fueron tejedores históricamente,
participando en la elaboración de cotizas, alpargatas, mallas y mochilas de
fique. Esta conciencia histórica facilita la inclusión de jóvenes y hombres en
el espacio de aprendizaje, como lo demostraron participantes como Juan Diego,
Camilo y Juan Manuel Garzón Salazar.
Al
final de la jornada, los telares y bastidores se llenaron de entramados
coloridos, reflejando el paisaje, el campo y la necesidad de defender sus
montañas y conocimientos ancestrales. Tejer se consolidó como un constructor de
memoria e historia, un vehículo para la reivindicación ancestral y
femenina-campesina.
Tras
el rito del tejido, que había anclado las manos al pasado ancestral y al
presente artístico y comunitario, el taller se transformó en un ejercicio de
introspección geográfica: llevando a cabo un ejercicio de cartografía social: Mapeando
la Vereda. El objetivo no era trazar límites administrativos, sino dibujar
la geografía íntima de la mujer campesina, recoger sus recorridos e
interacciones con el espacio habitado desde las diferentes percepciones reales
e imaginarias, y entender la profunda relación con su territorio ancestral,
cotidiano y vital.
Se
desplegó un pliego como un lienzo a la espera de la voz de la experiencia. El
ejercicio propuesto fue la elaboración de "mapas y cartografías
recordadas, imaginadas, soñadas y halladas", una metodología que invitaba
a las participantes a identificar sus entornos cercanos y microterritorios
privados, a plasmar las construcciones reales e imaginarias del espacio como la
construcción de lo propio.
Las
manos que minutos antes habían torcido la lana con el huso, ahora empuñaban
marcadores de colores, cada tono cargado con una sensación específica. Se les
pidió señalar sobre el mapa perceptual sus diferentes recorridos y desvíos,
categorizando el espacio según la emoción que despertaba:
Como
ejemplo Rojo: zonas de miedo marcando los lugares de la vereda que les
generaban más miedo. Eran a menudo las zonas más solitarias, los límites donde
la invasión de la urbana se sentía más agresiva, o aquellos atajos que debían
tomar de noche y donde la amenaza del forastero se sentía más latente. La línea
roja marcaba la frontera de la inseguridad.
Verde
Esperanza y Amarillo (Bienestar y Belleza): Con colores alegres, señalaron el
lugar que más agrado y sensación de bienestar les proveía: la huerta familiar,
el rincón donde la quebrada suena más clara, el solar donde se reunían las
ovejas, o el punto de encuentro comunal. Estos mismos tonos se usaron para
demarcar el lugar que percibían como más bonito, una reivindicación del paisaje
campesino que la ciudad opaca.
Naranja,
azul y Dorado (Memoria Grata): El color de los viejos tejidos y de la tierra
fértil se usó para señalar los puntos de recuerdos más gratos. Aquí aparecieron
las casas de las abuelas tejedoras, los caminos de la infancia hacia la
escuela, los árboles bajo los cuales se contaron historias. La línea se hizo
más gruesa, denotando el peso de la memoria.
Gris
(Recuerdos Ingratos y Fealdad): Con una reticencia visible, usaron el gris para
señalar el lugar de menos gratos recuerdos o el sitio que percibían menos
bonito. Era a menudo el rastro de una construcción fallida, un basurero
informal, o la esquina donde habían sentido el abandono institucional o la
amenaza de desplazamiento.
Azul claro
(Recorridos Cotidianos): Un trazo constante señaló los caminos por donde pasan
más seguido. Esta ruta, la ruta vital de la mujer rural, conectaba el hogar, el
cultivo, la casa del vecino y el punto de transporte. Era la arteria del
trabajo no remunerado y la base de su vida diaria.
Violeta
(Lo Extraño y Exótico): Finalmente, con un color que evocaba lo inmaterial,
marcaron los lugares construidos a partir del mito o del decir de la gente: el
barranco donde "se esconde un tesoro Muisca", el recodo de la montaña
donde "se aparecen luces", o la estación de tren o la laguna que ya
no existe. Estas zonas eran vistas como míticas revelando cómo el territorio
campesino, además de tierra y labor, está poblado por un universo simbólico.
El mapa resultante fue un complejo tapiz de emociones y significados. Al final del ejercicio, se dieron cuenta de que el territorio que defienden no es solo una extensión de cultivos en desaparición, sino una compleja construcción de lo propio, un telar donde la labor de sus manos (el tejido) y la historia ancestral se cruzan con la sensación de bienestar, el recuerdo de sus ancestras y el miedo al avance de la ciudad que las margina. La cartografía se convirtió en una herramienta de reivindicación, un espejo que reflejaba su identidad como mujeres y guardianas de un espacio con voz y rostro de mujer que resiste y se niega a desaparecer.
CONCLUSIONES
El
ejercicio de cartografía social en Usme Rural reveló una profunda y compleja
relación de las mujeres campesinas con su territorio, trascendiendo la visión
meramente geográfica para convertirse en un mapa de la identidad, la emoción y
la resistencia.
El uso
de colores para mapear percepciones demostró que el territorio campesino es una
colcha de retazos y emociones Los trazos diferenciados entre el rojo del miedo
(asociado a zonas solitarias o límites urbanos) y el amarillo del bienestar
(centrado en la huerta o puntos comunales) evidencian cómo el espacio es vivido
y clasificado según la seguridad, el afecto y la conexión. Esta cartografía
subjetiva es fundamental para cualquier planeación territorial, ya que revela
las prioridades de seguridad y bienestar que a menudo son ignoradas por los
mapas oficiales.
El
trazado de los recorridos cotidianos (la "ruta vital") puso de
manifiesto la invisible geografía del cuidado y el trabajo no remunerado. Los
caminos más transitados son aquellos que conectan el hogar, las labores de
cultivo, el aprovisionamiento y el cuidado de la familia. Este ejercicio
visibilizó la densa red de interacciones que sostienen la vida rural y que
recaen predominantemente sobre las mujeres, ligando directamente sus
trayectorias diarias con la reflexión previa sobre cómo el hilado se realiza en
los "descansos".
La
identificación de lugares ligados a la memoria grata y al mito subraya que el
territorio es, ante todo, un reservorio de la identidad ancestral. Al señalar
los caminos de las abuelas tejedoras o los lugares exóticos ligados a la
herencia Muisca, las participantes reafirmaron su rol como guardianas de un
paisaje simbólico. La tierra no es solo un medio de producción, sino la base de
una narrativa histórica que resiste a la homogeneización cultural impuesta por
el crecimiento urbano.
El
taller concluyó que la identidad campesina y la defensa del territorio son
inseparables. Al identificar y colorear sus microterritorios desde la
percepción, las mujeres ejercieron un acto de apropiación y soberanía sobre su
espacio. La cartografía se transformó en una herramienta de empoderamiento, un
testimonio visual que reivindica su derecho a definir y defender su estilo de
vida y su espacio habitado frente a la "desaparición agónica" que
impone la mancha urbana.
Aun
cuando históricamente, las mujeres rurales son y han sido artífices del
desarrollo social, cultural y especialmente económico de la ciudad y el país
estando presentes hombro a hombro en la realización de labores en fincas y
cultivos, las tareas de la administración y el manejo de las finanzas, los
oficios y las faenas tradicionales de campo, la cocina para los trabajadores y
familiares, además y en conjunto, han llevado a cuestas el cuidado de los
otros: los cónyuges, los hijos y los animales y han encarado los oficios
diarios del hogar, todo a una misma vez.
El
trabajo que las mujeres campesinas realizan diariamente es poco reconocido,
principalmente al no mostrar de forma directa una relación de estos oficios con
las ganancias monetarias, ya que no existe un salario para amas de casa. Dentro
de la vida rural, entonces las enormes contribuciones de las mujeres a la
economía están invisibilizadas.
Una
transformación social real del borde rural-urbano requiere, necesariamente de
un cambio cultural con equidad de género y debe pasar por la visibilidad
histórica de mujeres que logren ser visibles e independientes, ya que, la
exigibilidad de la dignidad de la mujer rural pasa, necesariamente por su empoderamiento
social y productivo, permitiéndole ser parte activa en la generación de
ingresos, ya sea para cortar la dependencia económica, la exclusión histórica o
para la normal generación de recursos propios que ayuden a modificar su calidad
de vida.
El
proceso artesanal de la lana, desde el esquilado hasta el teñido y tejido,
visibiliza y dignifica la fuerza de trabajo de la mujer campesina,
históricamente invisibilizada en el ámbito productivo y económico, pero no
genera hoy día un ingreso. La habilidad productiva del tejido es reconocida
como un pilar cultural en la unidad campesina.
El
Tejido como Herramienta de Sanación y Sororidad: El encuentro de tejedoras
funciona como un espacio de terapia comunitaria, creando una red de apoyo
emocional que combate la soledad y facilita la sanación, como en el caso de
Victoria o Lucila González, quienes hallaron en el tejido un medio para superar
crisis personales.
Empoderamiento
Productivo y Autonomía: Más allá de la resistencia cultural, el tejido debe ser
visto como una herramienta para la generación de oportunidades económicas.
Fomenta la formación para el autoempleo y el desarrollo de la autonomía
personal, ofreciendo una fuente de ingresos que contribuye al empoderamiento
social y productivo de la mujer rural.
Transmisión
Intergeneracional y de Género: La práctica del tejido se revela como un saber
que se hereda y se transmite, incluso a través de la observación, trascendiendo
el estigma de ser una labor exclusiva de mujeres o abuelas. La inclusión de
jóvenes y hombres en el proceso garantiza la supervivencia del saber ancestral
y contrarresta los estereotipos de género urbanos.
La importancia del hilado tradicional, como se practica en
el taller, permite a las mujeres rurales conservar una técnica ancestral,
convirtiéndolas en guardianas de la memoria.
LABORATORIO 2 : MAPA DE MEMORIA Y SIGNIFICADOS
Finca La esmeralda, vereda La Requilina, ruralidad de Usme.
A
medida que nos internamos en la localidad de Usme el paisaje cambia haciéndose
más verde y el aire toma un aroma distinto. Quedan atrás el ruido y el cemento,
el smog es remplazado por una mezcla de tierra mojada y frío. Usme rural resiste
al avance imparable de la ciudad. Bordeamos el borde urbano-rural de Usme, un
lugar donde la única constante es el cambio internándonos por senderos que
pronto serán avenidas, viendo la franja de barrios que crecen vorazmente sobre
lo que alguna vez fueron sembrados, quebradas y montañas.
En
medio de sembrados, ovejas, vacas, papa, alverja en flor, de sombreros, ruanas
y edificios y barrios que se asoman en el horizonte está el lugar del
encuentro. Asomarse al paisaje del borde urbano-rural de Usme es entender
el drama de la expansión urbana, es situarse en un espacio de largas luchas por
la defensa de un territorio físico y simbólico, de una identidad campesina que
se extingue dramáticamente mientras la desenfrenada mancha urbana crece
condenando el estilo de vida de los campesinos y las campesinas a una
desaparición de la que apenas pueden ser testigos.
Nos
sentamos en círculo, y el silencio inicial se rompe con los saludos y las
conversaciones vecinales, la lideresa Nury Salazar, con las manos curtidas por
el trabajo de campo alista y dispone las lanas según tonos y colores, mientas
nos cuenta cómo, a pesar de las inmensas pérdidas, el dolor en el alma y la tragedia
que significa la expansión urbana, se ha mantenido firme en su estilo de vida.
Para ella, nos dice: tejer es una forma de reclamar su identidad, mientras
acaba de alistar el material, habla de cómo mantener el saber ancestral de la
lana le ha dado una voz y como cada tejido es una forma de resistir, un
esfuerzo por mantener viva la memoria de sus ancestras y su propia historia.
Mucho
se ha hablado y se ha escrito de la deuda histórica del país para con la
población rural y campesina, mucho se ha dicho y escrito de las dificultades
para vivir la identidad del campo en un territorio en medio de la expansión
(invasión) urbana, del trabajo mal remunerado de los campesinos, pero poco, muy
poco de la especificidad de una población que resulta incluso aún más
vulnerable: la mujer en la ruralidad. Ellas, que han sido artífices del
desarrollo familiar, social y cultural del campo hombro a hombro con los
hombres en la realizasiendo, peseabores propias del jornal, y las faenas del
campo, pero, sumadas a las peripecias de la cocina y los cuidados de familiares
y animales, siguen siendo, pese a todo
esto, víctimas de todo tipo de violencias por discriminación doméstica y de
género, como una suma extra a las bregas del campo, al nulo acceso a la tierra,
a la escasez de recursos económicos y la falta de oportunidades. En este contexto,
las mujeres campesinas no sólo deben soportar los abusos que genera la
condición de ser mujer, sino además, cargar con la invisibilización de su
fuerza de trabajo y a la estigmatización de su condición cultural y social por
parte de un país desmedidamente urbano.
Mientras
el taller se desarrolla y los bastidores de los telares se llenan con lanas de
colores, el ambiente se transforma. Las mujeres se ríen, se cuentan y se escuchan
anécdotas y noticias de esta y otras veredas.
Acabado
el espacio del taller los marcos de madera revelan entramados coloridos,
telares que cuentan de la vida y la tierra, de la necesidad de salvaguardar
estas montañas que fueron moldeando sus vidas, de conocimientos ancestrales, de
paisajes, caminos y sembrados… Verdaderas obras de arte que ninguna máquina
podría hacer porque no sabe de este lugar y de sus formas de ser y entender el
mundo que contra todo pronóstico resisten.
Allí, se inicia la captura de las
experiencias. La actividad comienza con un juego a manera de ¿Cuál es el color
de mi vida?
Este rompehielos busca crear un espacio cálido
y de confianza, permitiendo que cada participante comparta una parte de sí
misma a través de sus experiencias con el tejido.
Paso uno: se
pasa “El micrófono de la palabra” e Inicia la actividad con todas las
participantes sentadas en círculo. Se presenta un micrófono de juguete como si
fuera el objeto principal del juego. Se explica la dinámica, mencionando que
van a hablar de los colores que las constituyen y se pide que el micrófono pase
de una mano a otra de forma aleatoria. La persona que tiene el micrófono lo
sostiene y será la primera en presentarse con su nombre y, de forma espontánea
y divertida, responde a la pregunta “¿Cuál es el color de mi vida?”.
Luego, comparte una de las siguientes opciones para añadir un toque personal: Su
actividad predilecta (aparte del tejido). Una vez que la persona se ha
presentado, y con el micrófono aún en sus manos, se invita a que cuente un
recuerdo personal asociado al tejido. pidiendo que elija la que más le resuene:
¿Cuándo y dónde comenzaste a tejer?, ¿Quién te enseñó a tejer y qué recuerdas
de ese momento?, ¿Qué recuerdo o emoción te trae el tejido?, ¿Qué fue lo
primero que tejiste?, ¿Cuál ha sido tu tejido más reciente o el que más
satisfacción te ha dado? Una vez que la persona
participante ha compartido su historia, ella le pasa el micrófono a otra
persona al azar, repitiendo el proceso hasta que todas hayan participado.
Paula nos dice: “Tejer me recuerda mucho a las palabras, a los dichos, los cuentos que dicen los abuelos, a mí me encanta estar con las personas mayores, porque uno escucha todo lo que han pasado durante su vida. Yo empecé a tejer por gusto, después como que no quería, y me tocó porque tuve que presentar un proyecto al colegio y busqué ayuda de la señora Ricarcinda (Lideresa comunitaria) y ella me ayudó con los puntos, yo no sabía”.
Magnolia
Salazar nos dice: “El tejido me transporta a tiempos pasados. Recuerdo cuando
mi madre tejía. Uno tejiendo se acuerda de cosas. Mi madre me empezó a enseñar,
decía que coge los monos, que los doble monos y así aprendí a tejer carpetitas,
yo tejí una para centro de mesa”
Alicia
Victoria nos cuenta: “El tejido me da un aroma a mi madre, a mi familia, al
hogar, al recogimiento. Cuando ella me enseñaba sonreía y me tenía paciencia, es
un recuerdo muy bonito. Lo primero que armé sola fue una carpeta para adornar
una mesa, estuvo en la casa bastante tiempo, yo me sentía muy orgullosa de eso
porque era como una herencia de mi madre, una enseñanza de ella, una tradición.
Juan
Diego, un niño de unos diez años que asiste como acompañante de sus hermanas
nos cuenta: “Estoy aprendiendo, hasta ahora se tejer más o menos”
Ricarcinda
Tautiva nos dice: “Mis recuerdos son mi mamá tejiendo, mi mamá tejía mucho
cuando yo estaba pequeña, lo que más me acuerdo es que para cuando yo
estudiaba, en una escuela pequeñita, mi maleta, era un bolso de colores bien
bonito. Tenía su botón bordado para apuntar, no era como esas mochilas que uno
usa ahora, era cuadrada y ahí me cabían los cuadernos, era morada, roja y
verde. Ella la hizo con pedacitos de lana, ¡cómo me gustaba ese bolsito! y lo
tuve hasta cuando se le salió una hebra y se desbarató. Me acuerdo que mi
primer tejido, fue de esas mismas lanas, ella (mamá) cogía unas tiras y nos
ponía en las piernas, para hacernos unos cordones que se llamaban patapatas.
Con eso nos cogían el pelo y También he tejido y regalado ovejitas”.
Isabela
una niña acompañante de unos seis años que viene al cuidado de su abuela nos
cuenta: “Se puede tejer cualquier cosa: Un delfín, un perro, un vestido para la
muñeca. ¿A mi abuelita? Le haría una rosa.
Nury
Salazar Nos dice: “Cuando tejo, siempre recuerdo, y me gusta representar ahí,
esto: este paisaje. (la vereda). Recuerdo que mi madre fue la que me enseñó.
Mis primeras puntadas fueron en un mantel con punto de cruz. Yo estaba en la
escuela y ella me enseñó a tejer, lo primero que hice sola fue un chal, uno de color
beige, ese fue para mi madre, yo se lo hice y ella lo usaba. Hasta que mejor
dicho, ya no quedó nada, hasta que ya no calentaba. Recuerdo mucho eso, mi
madre fue la que me enseñó y me heredó esa pasión por el tejido. Yo tejo
seguido, lo más reciente que tejí fue un cuello”.
Luz
Margarita Ramos nos dice “No tengo mucho que decir porque yo nunca había tejido,
estuve trabajando para una señora, en confección, allá fue donde aprendí a
hacer botones y las florecitas para ponerle a las blusas. Ella enseñó así, a regaños
el resto no lo sé, sí he hecho cosas tejidas, pero mirando o desbaratando y
volviendo a hacer.
Victoria
dice: “yo aprendí a tejer en el colegio, de monjas, ahí me enseñaron y el
primer tejido que hice fue un cubrelecho, de colores. Luego hice como tres cubrelechos
de estos. En el colegio se tejía como de dos de la tarde a cuatro de la tarde
todos los días, en manualidades. Yo aprendí a tejer, a bordar, y desde ahí he
tejido ruanas. Hace diez años entré en una crisis de depresión, entonces a mí
la psicóloga me exigía tareas, que tenía que llevar. Cada cita que yo tenía con
ella me tocaba llevar las tareas y ahí aprendí a hacer esas ruanas.
Luz
Marina Tautiva nos dice: “Mi mamá nunca tejió, mis hermanas, yo tengo dos
hermanas, una mayor y una después de mí, una menor, ellas, estudiaron allá,
donde las monjitas, entonces yo, miraba cómo lo hacían y me encantó, ellas
nunca practicaron y nunca hacen nada de tejidos, en cambio sí lo hago yo y eso
que aprendí mirándolas a ellas. Mi pasión son los bolsos, pero hago sombreros,
bufandas, carpetas, flores, lo que pueda. Qué lástima que mi mamá no teje, pero
en esa época, yo creo que no existía mucho la lana, sino era la lana pura de
ovejas, porque ella esquilaba las ovejas y ella misma lavaba la lana y le
hacían todo ese trabajo.
Isabel
Forero González la tejedora más joven con Trece años, nos dice: “Yo aprendí a
tejer por mi madrina, ella me enseñó desde el inicio y ya después, me convencía
de ir a talleres para aprender más. Así fue como aprendí. Hago el capibara, la
rosa, una bufanda… Estaba haciendo una cobija, pero me quedé ahí, aun no la
terminé. No conozco a nadie más de mi edad que teja tal vez porque no todos
tienen enseñanzas de ese tipo”.
Lucila
González nos cuenta: “Lo primero que tejí fue un cubrelecho, lo hice como 50
veces, lo hacía y lo desbarataba, eso fue hace 11 años, cuando mi hija murió.
Ese es mi recuerdo, que hice y deshice muchas veces ese cubrelecho. Se lo
regalé a mi otra hija, no se si aun existirá. Yo aprendí mirando por internet. También
recuerdo de mi mamá esquilaba ovejas, ella escarmenaba la lana y nos enseñaba a
esquilar las ovejas, Ella tuvo muchas, muchas ovejas, También recuerdo a mi
papá, él me enseñó a hacer una malla en pita o piola. Lo último que hice fue un
regalo para mi nieto; un Majin buu el de Dragon ball” .
Beatriz
Peralta nos cuenta: “Mi mamá me enseñó a tejer, todavía tengo una carpeta que
ella me hizo una de color verde y amarillo. A mí me gusta mucho tejer y la artesanía.
Quisiera aprender mucho. En la vereda Olarte, había un colegio, en la antigua
estación del tren, ahí nosotros estudiábamos. Nosotros no usábamos zapatos ni
nada de eso, si no, alpargatas, no teníamos, así como ahorita que es todo
moderno, las maletas, nosotros usábamos, era una maleta tejida de costal o de esas
lonas donde venden la sal para el ganado. Ahorita mismo estoy haciendo un tapete de
trapillo”.
María
Mercedes Alvarado nos dice “La primera vez que tejí fue aquí, en el taller, hice
un telar y un sombrero. Yo tejo también en mostacilla, hago aretes y anillos.
Cuando supe que podía hacer eso, me sentí muy bien, porque recordé la primera
muda, el primer vestido de mi primera hija, que fue un conjunto amarillo tejido
en lana. Mi mamá lo único que sabía era coser, ella era la que me hacía a mí
los vestidos cuando yo estaba pequeña.
Laura
Castro nos cuenta: “Yo aprendí con la ayuda de mi hermana, que ella aprende y
después me explica a mí. Cuando tejo, me acuerdo de quien me enseñó: mi hermana
y me acuerdo cuando esquilamos arriba las chivas con mi abuelita y mis tíos.
Ahora se han perdido esos conocimientos, esas tradiciones. Me gustaría montar
un proyecto de lo que yo estoy aprendiendo, enseñar a las demás personas y seguir
aprendiendo.
Camilo,
de unos 14 años nos cuenta: “Yo aprendí a tejer bolsos o algo así gracias a mi
hermana, creo que todo se puede hacer con lana. Me gustaría tejer también
amigurumis, bolsos, maletas, cosas para vender.
Juan
Manuel Garzón Salazar de unos 18 años nos dice: “Yo aprendía tejer y he
realizado cosas como portacelulares, bolsos, también hice telar y un tapete, me
gustaría seguir en esto, hacer por ejemplo paisajes, lugares únicos paisajes en
telar.
CONCLUSIONES
A partir de la experiencia del encuentro de tejedoras en el borde urbano-rural de Usme, se establecen las siguientes conclusiones:
El
arte del tejido y el encuentro colectivo se consolidan como actos de
resistencia cultural y una reafirmación de la identidad campesina frente a la
presión de la expansión urbana.
El
encuentro de mujeres tejedoras reafirma la Identidad Campesina, convirtiéndose
en un espacio fundamental para la valoración y reconstrucción de la identidad,
ofreciendo un testimonio vivo de dignidad y resistencia ante la amenaza de
desaparición cultural y social. Tejer se convierte en una forma de reclamar la
identidad y mantener vivo el estilo de vida rural.
Los y
las habitantes de Usme rural están profundamente ligadas a su territorio. Sus
obras de arte tejidas reflejan el paisaje, el campo y la necesidad de defender el
agua y sus montañas, sirviendo como medio para la valoración y defensa del
espacio físico y simbólico.
El
Tejido es un constructor de memoria e Historia: el acto de tejer, entrelazado
con la oralidad, es un vehículo poderoso para la reconstrucción de la memoria,
la reivindicación ancestral y la valoración de las historias de vida, así mismo
las obras tejidas operan como condensadores de memoria, palabra y reflexión.
El
tejido es un medio para la reivindicación de la memoria ancestral y
femenina-campesina. La transmisión del saber ancestral de la lana (desde la
cría de las ovejas), a menudo enseñado por las madres y abuelas, es un acto de
rescate de las memorias perdidas.
El Tejido es un espacio de sanación, sororidad
y apoyo Mutuo, en donde el encuentro con otras tejedoras genera una red de
apoyo emocional y social que combate la exclusión y la soledad, facilitando la
reparación y la sanación comunitaria.
Tejer
es terapia comunitaria: El encuentro se convierte en un espacio de encuentro,
sororidad, reparación emocional y sanación en el que los tejidos operan como
una terapia comunitaria que ayuda a superar crisis personales.
Al
hacer parte de un espacio común, las mujeres descubren que no están solas que
sus historias y luchas se entrelazan para formar una red de apoyo tan fuerte
como el tejido que crean, validándose mutuamente.
El
Tejido es una herramienta para la Inclusión y el Empoderamiento Femenino que más
allá de lo artístico, funciona como una herramienta para el desarrollo personal
y la generación de oportunidades económicas promoviendo la formación para el
autoempleo y el desarrollo de la autonomía personal al ofrecer una fuente de
ingresos o un medio para emprender.
El
proceso de mujeres tejedoras contribuye a visibilizar y abordar la situación de
vulnerabilidad de la mujer en la ruralidad, quien históricamente ha sido
artífice del desarrollo del campo pero ha cargado con la invisibilización de su
trabajo y una suma extra de violencias.
Si
bien el encuentro se centra en el empoderamiento femenino, el estudio evidencia
que, en la ruralidad de Usme, el tejido trasciende el estigma de ser
exclusivamente una "labor de mujeres o abuelas". Tradicionalmente, en
tanto, la práctica de tejer no ha estado limitada por el género, sino que ha
sido una habilidad productiva y una necesidad económica dentro de la unidad
campesina en la que los hombres han participado históricamente en la
elaboración de cotizas, alpargatas, mallas y mochilas de fique, entre otros,
demostrando que el tejido es una destreza esencial ligada al trabajo en el
campo. Este contexto facilita la inclusión de jóvenes y hombres en los espacios
de aprendizaje del tejido, como lo demuestran los participantes masculinos del
encuentro, al verlo como una herramienta de emprendimiento, conexión con sus
ancestros y expresión artística, libre de las barreras impuestas por los roles
de género urbanos y una herramienta para contrarrestar los estereotipos de
género.
Al
final de la jornada, la ciudad se ve lejana desde esta perspectiva. Nos vamos
con la certeza de que, a pesar de la implacable marea urbana que amenaza con
taparlo todo, las formas ancestrales de ser y entender el mundo no se
extinguen. Resisten, con hilos de dignidad, de sororidad y de esperanza en el
borde de Usme, dejando claro que, el borde rural de Usme es eso: resistencia,
pura resistencia.
TejidoS que cuidan, manos que sostienen: ha sido un proceso de formacion en tecnicas de tejido y arte textil con 2 grupos de mujeres de la...