CÍRCULOS EN ESPIRAL - INVESTIGACION DE LAS PRACTICAS DE TEJIDO EN ZONA RURAL DE CIUDAD BOLÍVAR Y USME : LABORATORIO 2

LABORATORIO 2 : MAPA DE MEMORIA Y SIGNIFICADOS

Finca La esmeralda, vereda La Requilina, ruralidad de Usme.

A medida que nos internamos en la localidad de Usme el paisaje cambia haciéndose más verde y el aire toma un aroma distinto. Quedan atrás el ruido y el cemento, el smog es remplazado por una mezcla de tierra mojada y frío. Usme rural resiste al avance imparable de la ciudad. Bordeamos el borde urbano-rural de Usme, un lugar donde la única constante es el cambio internándonos por senderos que pronto serán avenidas, viendo la franja de barrios que crecen vorazmente sobre lo que alguna vez fueron sembrados, quebradas y montañas.

En medio de sembrados, ovejas, vacas, papa, alverja en flor, de sombreros, ruanas y edificios y barrios que se asoman en el horizonte está el lugar del encuentro. Asomarse al paisaje del borde urbano-rural de Usme es entender el drama de la expansión urbana, es situarse en un espacio de largas luchas por la defensa de un territorio físico y simbólico, de una identidad campesina que se extingue dramáticamente mientras la desenfrenada mancha urbana crece condenando el estilo de vida de los campesinos y las campesinas a una desaparición de la que apenas pueden ser testigos.

Nos sentamos en círculo, y el silencio inicial se rompe con los saludos y las conversaciones vecinales, la lideresa Nury Salazar, con las manos curtidas por el trabajo de campo alista y dispone las lanas según tonos y colores, mientas nos cuenta cómo, a pesar de las inmensas pérdidas, el dolor en el alma y la tragedia que significa la expansión urbana, se ha mantenido firme en su estilo de vida. Para ella, nos dice: tejer es una forma de reclamar su identidad, mientras acaba de alistar el material, habla de cómo mantener el saber ancestral de la lana le ha dado una voz y como cada tejido es una forma de resistir, un esfuerzo por mantener viva la memoria de sus ancestras y su propia historia.

Mucho se ha hablado y se ha escrito de la deuda histórica del país para con la población rural y campesina, mucho se ha dicho y escrito de las dificultades para vivir la identidad del campo en un territorio en medio de la expansión (invasión) urbana, del trabajo mal remunerado de los campesinos, pero poco, muy poco de la especificidad de una población que resulta incluso aún más vulnerable: la mujer en la ruralidad. Ellas, que han sido artífices del desarrollo familiar, social y cultural del campo hombro a hombro con los hombres en la realizasiendo, peseabores propias del jornal, y las faenas del campo, pero, sumadas a las peripecias de la cocina y los cuidados de familiares y animales, siguen siendo,  pese a todo esto, víctimas de todo tipo de violencias por discriminación doméstica y de género, como una suma extra a las bregas del campo, al nulo acceso a la tierra, a la escasez de recursos económicos y la falta de oportunidades. En este contexto, las mujeres campesinas no sólo deben soportar los abusos que genera la condición de ser mujer, sino además, cargar con la invisibilización de su fuerza de trabajo y a la estigmatización de su condición cultural y social por parte de un país desmedidamente urbano.

Mientras el taller se desarrolla y los bastidores de los telares se llenan con lanas de colores, el ambiente se transforma. Las mujeres se ríen, se cuentan y se escuchan anécdotas y noticias de esta y otras veredas. 

Acabado el espacio del taller los marcos de madera revelan entramados coloridos, telares que cuentan de la vida y la tierra, de la necesidad de salvaguardar estas montañas que fueron moldeando sus vidas, de conocimientos ancestrales, de paisajes, caminos y sembrados… Verdaderas obras de arte que ninguna máquina podría hacer porque no sabe de este lugar y de sus formas de ser y entender el mundo que contra todo pronóstico resisten.

Allí, se inicia la captura de las experiencias. La actividad comienza con un juego a manera de ¿Cuál es el color de mi vida?

Este rompehielos busca crear un espacio cálido y de confianza, permitiendo que cada participante comparta una parte de sí misma a través de sus experiencias con el tejido.

Paso uno: se pasa “El micrófono de la palabra” e Inicia la actividad con todas las participantes sentadas en círculo. Se presenta un micrófono de juguete como si fuera el objeto principal del juego. Se explica la dinámica, mencionando que van a hablar de los colores que las constituyen y se pide que el micrófono pase de una mano a otra de forma aleatoria. La persona que tiene el micrófono lo sostiene y será la primera en presentarse con su nombre y, de forma espontánea y divertida, responde a la pregunta ¿Cuál es el color de mi vida?. Luego, comparte una de las siguientes opciones para añadir un toque personal: Su actividad predilecta (aparte del tejido). Una vez que la persona se ha presentado, y con el micrófono aún en sus manos, se invita a que cuente un recuerdo personal asociado al tejido. pidiendo que elija la que más le resuene: ¿Cuándo y dónde comenzaste a tejer?, ¿Quién te enseñó a tejer y qué recuerdas de ese momento?, ¿Qué recuerdo o emoción te trae el tejido?, ¿Qué fue lo primero que tejiste?, ¿Cuál ha sido tu tejido más reciente o el que más satisfacción te ha dado?  Una vez que la persona participante ha compartido su historia, ella le pasa el micrófono a otra persona al azar, repitiendo el proceso hasta que todas hayan participado.

Paula  nos dice: “Tejer me recuerda mucho a las palabras, a los dichos, los cuentos que dicen los abuelos, a mí me encanta estar con las personas mayores, porque uno escucha todo lo que han pasado durante su vida. Yo empecé a tejer por gusto, después como que no quería, y me tocó porque tuve que presentar un proyecto al colegio y busqué ayuda de la señora Ricarcinda (Lideresa comunitaria) y ella me ayudó con los puntos, yo no sabía”.

Magnolia Salazar nos dice: “El tejido me transporta a tiempos pasados. Recuerdo cuando mi madre tejía. Uno tejiendo se acuerda de cosas. Mi madre me empezó a enseñar, decía que coge los monos, que los doble monos y así aprendí a tejer carpetitas, yo tejí una para centro de mesa”

Alicia Victoria nos cuenta: “El tejido me da un aroma a mi madre, a mi familia, al hogar, al recogimiento. Cuando ella me enseñaba sonreía y me tenía paciencia, es un recuerdo muy bonito. Lo primero que armé sola fue una carpeta para adornar una mesa, estuvo en la casa bastante tiempo, yo me sentía muy orgullosa de eso porque era como una herencia de mi madre, una enseñanza de ella, una tradición.

Juan Diego, un niño de unos diez años que asiste como acompañante de sus hermanas nos cuenta: “Estoy aprendiendo, hasta ahora se tejer más o menos”

Ricarcinda Tautiva nos dice: “Mis recuerdos son mi mamá tejiendo, mi mamá tejía mucho cuando yo estaba pequeña, lo que más me acuerdo es que para cuando yo estudiaba, en una escuela pequeñita, mi maleta, era un bolso de colores bien bonito. Tenía su botón bordado para apuntar, no era como esas mochilas que uno usa ahora, era cuadrada y ahí me cabían los cuadernos, era morada, roja y verde. Ella la hizo con pedacitos de lana, ¡cómo me gustaba ese bolsito! y lo tuve hasta cuando se le salió una hebra y se desbarató. Me acuerdo que mi primer tejido, fue de esas mismas lanas, ella (mamá) cogía unas tiras y nos ponía en las piernas, para hacernos unos cordones que se llamaban patapatas. Con eso nos cogían el pelo y También he tejido y regalado ovejitas”.

Isabela una niña acompañante de unos seis años que viene al cuidado de su abuela nos cuenta: “Se puede tejer cualquier cosa: Un delfín, un perro, un vestido para la muñeca. ¿A mi abuelita? Le haría una rosa.

Nury Salazar Nos dice: “Cuando tejo, siempre recuerdo, y me gusta representar ahí, esto: este paisaje. (la vereda). Recuerdo que mi madre fue la que me enseñó. Mis primeras puntadas fueron en un mantel con punto de cruz. Yo estaba en la escuela y ella me enseñó a tejer, lo primero que hice sola fue un chal, uno de color beige, ese fue para mi madre, yo se lo hice y ella lo usaba. Hasta que mejor dicho, ya no quedó nada, hasta que ya no calentaba. Recuerdo mucho eso, mi madre fue la que me enseñó y me heredó esa pasión por el tejido. Yo tejo seguido, lo más reciente que tejí fue un cuello”.

Luz Margarita Ramos nos dice “No tengo mucho que decir porque yo nunca había tejido, estuve trabajando para una señora, en confección, allá fue donde aprendí a hacer botones y las florecitas para ponerle a las blusas. Ella enseñó así, a regaños el resto no lo sé, sí he hecho cosas tejidas, pero mirando o desbaratando y volviendo a hacer.

Victoria dice: “yo aprendí a tejer en el colegio, de monjas, ahí me enseñaron y el primer tejido que hice fue un cubrelecho, de colores. Luego hice como tres cubrelechos de estos. En el colegio se tejía como de dos de la tarde a cuatro de la tarde todos los días, en manualidades. Yo aprendí a tejer, a bordar, y desde ahí he tejido ruanas. Hace diez años entré en una crisis de depresión, entonces a mí la psicóloga me exigía tareas, que tenía que llevar. Cada cita que yo tenía con ella me tocaba llevar las tareas y ahí aprendí a hacer esas ruanas.

Luz Marina Tautiva nos dice: “Mi mamá nunca tejió, mis hermanas, yo tengo dos hermanas, una mayor y una después de mí, una menor, ellas, estudiaron allá, donde las monjitas, entonces yo, miraba cómo lo hacían y me encantó, ellas nunca practicaron y nunca hacen nada de tejidos, en cambio sí lo hago yo y eso que aprendí mirándolas a ellas. Mi pasión son los bolsos, pero hago sombreros, bufandas, carpetas, flores, lo que pueda. Qué lástima que mi mamá no teje, pero en esa época, yo creo que no existía mucho la lana, sino era la lana pura de ovejas, porque ella esquilaba las ovejas y ella misma lavaba la lana y le hacían todo ese trabajo.

Isabel Forero González la tejedora más joven con Trece años, nos dice: “Yo aprendí a tejer por mi madrina, ella me enseñó desde el inicio y ya después, me convencía de ir a talleres para aprender más. Así fue como aprendí. Hago el capibara, la rosa, una bufanda… Estaba haciendo una cobija, pero me quedé ahí, aun no la terminé. No conozco a nadie más de mi edad que teja tal vez porque no todos tienen enseñanzas de ese tipo”.

Lucila González nos cuenta: “Lo primero que tejí fue un cubrelecho, lo hice como 50 veces, lo hacía y lo desbarataba, eso fue hace 11 años, cuando mi hija murió. Ese es mi recuerdo, que hice y deshice muchas veces ese cubrelecho. Se lo regalé a mi otra hija, no se si aun existirá. Yo aprendí mirando por internet. También recuerdo de mi mamá esquilaba ovejas, ella escarmenaba la lana y nos enseñaba a esquilar las ovejas, Ella tuvo muchas, muchas ovejas, También recuerdo a mi papá, él me enseñó a hacer una malla en pita o piola. Lo último que hice fue un regalo para mi nieto; un Majin buu el de Dragon ball” .

Beatriz Peralta nos cuenta: “Mi mamá me enseñó a tejer, todavía tengo una carpeta que ella me hizo una de color verde y amarillo. A mí me gusta mucho tejer y la artesanía. Quisiera aprender mucho. En la vereda Olarte, había un colegio, en la antigua estación del tren, ahí nosotros estudiábamos. Nosotros no usábamos zapatos ni nada de eso, si no, alpargatas, no teníamos, así como ahorita que es todo moderno, las maletas, nosotros usábamos, era una maleta tejida de costal o de esas lonas donde venden la sal para el ganado.  Ahorita mismo estoy haciendo un tapete de trapillo”.

María Mercedes Alvarado nos dice “La primera vez que tejí fue aquí, en el taller, hice un telar y un sombrero. Yo tejo también en mostacilla, hago aretes y anillos. Cuando supe que podía hacer eso, me sentí muy bien, porque recordé la primera muda, el primer vestido de mi primera hija, que fue un conjunto amarillo tejido en lana. Mi mamá lo único que sabía era coser, ella era la que me hacía a mí los vestidos cuando yo estaba pequeña.

Laura Castro nos cuenta: “Yo aprendí con la ayuda de mi hermana, que ella aprende y después me explica a mí. Cuando tejo, me acuerdo de quien me enseñó: mi hermana y me acuerdo cuando esquilamos arriba las chivas con mi abuelita y mis tíos. Ahora se han perdido esos conocimientos, esas tradiciones. Me gustaría montar un proyecto de lo que yo estoy aprendiendo, enseñar a las demás personas y seguir aprendiendo.

Camilo, de unos 14 años nos cuenta: “Yo aprendí a tejer bolsos o algo así gracias a mi hermana, creo que todo se puede hacer con lana. Me gustaría tejer también amigurumis, bolsos, maletas, cosas para vender.

Juan Manuel Garzón Salazar de unos 18 años nos dice: “Yo aprendía tejer y he realizado cosas como portacelulares, bolsos, también hice telar y un tapete, me gustaría seguir en esto, hacer por ejemplo paisajes, lugares únicos paisajes en telar.

CONCLUSIONES

A partir de la experiencia del encuentro de tejedoras en el borde urbano-rural de Usme, se establecen las siguientes conclusiones:

El arte del tejido y el encuentro colectivo se consolidan como actos de resistencia cultural y una reafirmación de la identidad campesina frente a la presión de la expansión urbana.

El encuentro de mujeres tejedoras reafirma la Identidad Campesina, convirtiéndose en un espacio fundamental para la valoración y reconstrucción de la identidad, ofreciendo un testimonio vivo de dignidad y resistencia ante la amenaza de desaparición cultural y social. Tejer se convierte en una forma de reclamar la identidad y mantener vivo el estilo de vida rural.

Los y las habitantes de Usme rural están profundamente ligadas a su territorio. Sus obras de arte tejidas reflejan el paisaje, el campo y la necesidad de defender el agua y sus montañas, sirviendo como medio para la valoración y defensa del espacio físico y simbólico.

El Tejido es un constructor de memoria e Historia: el acto de tejer, entrelazado con la oralidad, es un vehículo poderoso para la reconstrucción de la memoria, la reivindicación ancestral y la valoración de las historias de vida, así mismo las obras tejidas operan como condensadores de memoria, palabra y reflexión.

El tejido es un medio para la reivindicación de la memoria ancestral y femenina-campesina. La transmisión del saber ancestral de la lana (desde la cría de las ovejas), a menudo enseñado por las madres y abuelas, es un acto de rescate de las memorias perdidas.

El Tejido es un espacio de sanación, sororidad y apoyo Mutuo, en donde el encuentro con otras tejedoras genera una red de apoyo emocional y social que combate la exclusión y la soledad, facilitando la reparación y la sanación comunitaria.

Tejer es terapia comunitaria: El encuentro se convierte en un espacio de encuentro, sororidad, reparación emocional y sanación en el que los tejidos operan como una terapia comunitaria que ayuda a superar crisis personales.

Al hacer parte de un espacio común, las mujeres descubren que no están solas que sus historias y luchas se entrelazan para formar una red de apoyo tan fuerte como el tejido que crean, validándose mutuamente.

El Tejido es una herramienta para la Inclusión y el Empoderamiento Femenino que más allá de lo artístico, funciona como una herramienta para el desarrollo personal y la generación de oportunidades económicas promoviendo la formación para el autoempleo y el desarrollo de la autonomía personal al ofrecer una fuente de ingresos o un medio para emprender.

El proceso de mujeres tejedoras contribuye a visibilizar y abordar la situación de vulnerabilidad de la mujer en la ruralidad, quien históricamente ha sido artífice del desarrollo del campo pero ha cargado con la invisibilización de su trabajo y una suma extra de violencias.

Si bien el encuentro se centra en el empoderamiento femenino, el estudio evidencia que, en la ruralidad de Usme, el tejido trasciende el estigma de ser exclusivamente una "labor de mujeres o abuelas". Tradicionalmente, en tanto, la práctica de tejer no ha estado limitada por el género, sino que ha sido una habilidad productiva y una necesidad económica dentro de la unidad campesina en la que los hombres han participado históricamente en la elaboración de cotizas, alpargatas, mallas y mochilas de fique, entre otros, demostrando que el tejido es una destreza esencial ligada al trabajo en el campo. Este contexto facilita la inclusión de jóvenes y hombres en los espacios de aprendizaje del tejido, como lo demuestran los participantes masculinos del encuentro, al verlo como una herramienta de emprendimiento, conexión con sus ancestros y expresión artística, libre de las barreras impuestas por los roles de género urbanos y una herramienta para contrarrestar los estereotipos de género.

Al final de la jornada, la ciudad se ve lejana desde esta perspectiva. Nos vamos con la certeza de que, a pesar de la implacable marea urbana que amenaza con taparlo todo, las formas ancestrales de ser y entender el mundo no se extinguen. Resisten, con hilos de dignidad, de sororidad y de esperanza en el borde de Usme, dejando claro que, el borde rural de Usme es eso: resistencia, pura resistencia.


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