CÍRCULOS EN ESPIRAL - INVESTIGACION DE LAS PRACTICAS DE TEJIDO EN ZONA RURAL DE CIUDAD BOLÍVAR Y USME : LABORATORIO 2

LABORATORIO 2 : MAPA DE MEMORIA Y SIGNIFICADOS

Finca La esmeralda, vereda La Requilina, ruralidad de Usme.

A medida que nos internamos en la localidad de Usme el paisaje cambia haciéndose más verde y el aire toma un aroma distinto. Quedan atrás el ruido y el cemento, el smog es remplazado por una mezcla de tierra mojada y frío. Usme rural resiste al avance imparable de la ciudad. Bordeamos el borde urbano-rural de Usme, un lugar donde la única constante es el cambio internándonos por senderos que pronto serán avenidas, viendo la franja de barrios que crecen vorazmente sobre lo que alguna vez fueron sembrados, quebradas y montañas.

En medio de sembrados, ovejas, vacas, papa, alverja en flor, de sombreros, ruanas y edificios y barrios que se asoman en el horizonte está el lugar del encuentro. Asomarse al paisaje del borde urbano-rural de Usme es entender el drama de la expansión urbana, es situarse en un espacio de largas luchas por la defensa de un territorio físico y simbólico, de una identidad campesina que se extingue dramáticamente mientras la desenfrenada mancha urbana crece condenando el estilo de vida de los campesinos y las campesinas a una desaparición de la que apenas pueden ser testigos.

Nos sentamos en círculo, y el silencio inicial se rompe con los saludos y las conversaciones vecinales, la lideresa Nury Salazar, con las manos curtidas por el trabajo de campo alista y dispone las lanas según tonos y colores, mientas nos cuenta cómo, a pesar de las inmensas pérdidas, el dolor en el alma y la tragedia que significa la expansión urbana, se ha mantenido firme en su estilo de vida. Para ella, nos dice: tejer es una forma de reclamar su identidad, mientras acaba de alistar el material, habla de cómo mantener el saber ancestral de la lana le ha dado una voz y como cada tejido es una forma de resistir, un esfuerzo por mantener viva la memoria de sus ancestras y su propia historia.

Mucho se ha hablado y se ha escrito de la deuda histórica del país para con la población rural y campesina, mucho se ha dicho y escrito de las dificultades para vivir la identidad del campo en un territorio en medio de la expansión (invasión) urbana, del trabajo mal remunerado de los campesinos, pero poco, muy poco de la especificidad de una población que resulta incluso aún más vulnerable: la mujer en la ruralidad. Ellas, que han sido artífices del desarrollo familiar, social y cultural del campo hombro a hombro con los hombres en la realizasiendo, peseabores propias del jornal, y las faenas del campo, pero, sumadas a las peripecias de la cocina y los cuidados de familiares y animales, siguen siendo,  pese a todo esto, víctimas de todo tipo de violencias por discriminación doméstica y de género, como una suma extra a las bregas del campo, al nulo acceso a la tierra, a la escasez de recursos económicos y la falta de oportunidades. En este contexto, las mujeres campesinas no sólo deben soportar los abusos que genera la condición de ser mujer, sino además, cargar con la invisibilización de su fuerza de trabajo y a la estigmatización de su condición cultural y social por parte de un país desmedidamente urbano.

Mientras el taller se desarrolla y los bastidores de los telares se llenan con lanas de colores, el ambiente se transforma. Las mujeres se ríen, se cuentan y se escuchan anécdotas y noticias de esta y otras veredas. 

Acabado el espacio del taller los marcos de madera revelan entramados coloridos, telares que cuentan de la vida y la tierra, de la necesidad de salvaguardar estas montañas que fueron moldeando sus vidas, de conocimientos ancestrales, de paisajes, caminos y sembrados… Verdaderas obras de arte que ninguna máquina podría hacer porque no sabe de este lugar y de sus formas de ser y entender el mundo que contra todo pronóstico resisten.

Allí, se inicia la captura de las experiencias. La actividad comienza con un juego a manera de ¿Cuál es el color de mi vida?

Este rompehielos busca crear un espacio cálido y de confianza, permitiendo que cada participante comparta una parte de sí misma a través de sus experiencias con el tejido.

Paso uno: se pasa “El micrófono de la palabra” e Inicia la actividad con todas las participantes sentadas en círculo. Se presenta un micrófono de juguete como si fuera el objeto principal del juego. Se explica la dinámica, mencionando que van a hablar de los colores que las constituyen y se pide que el micrófono pase de una mano a otra de forma aleatoria. La persona que tiene el micrófono lo sostiene y será la primera en presentarse con su nombre y, de forma espontánea y divertida, responde a la pregunta ¿Cuál es el color de mi vida?. Luego, comparte una de las siguientes opciones para añadir un toque personal: Su actividad predilecta (aparte del tejido). Una vez que la persona se ha presentado, y con el micrófono aún en sus manos, se invita a que cuente un recuerdo personal asociado al tejido. pidiendo que elija la que más le resuene: ¿Cuándo y dónde comenzaste a tejer?, ¿Quién te enseñó a tejer y qué recuerdas de ese momento?, ¿Qué recuerdo o emoción te trae el tejido?, ¿Qué fue lo primero que tejiste?, ¿Cuál ha sido tu tejido más reciente o el que más satisfacción te ha dado?  Una vez que la persona participante ha compartido su historia, ella le pasa el micrófono a otra persona al azar, repitiendo el proceso hasta que todas hayan participado.

Paula  nos dice: “Tejer me recuerda mucho a las palabras, a los dichos, los cuentos que dicen los abuelos, a mí me encanta estar con las personas mayores, porque uno escucha todo lo que han pasado durante su vida. Yo empecé a tejer por gusto, después como que no quería, y me tocó porque tuve que presentar un proyecto al colegio y busqué ayuda de la señora Ricarcinda (Lideresa comunitaria) y ella me ayudó con los puntos, yo no sabía”.

Magnolia Salazar nos dice: “El tejido me transporta a tiempos pasados. Recuerdo cuando mi madre tejía. Uno tejiendo se acuerda de cosas. Mi madre me empezó a enseñar, decía que coge los monos, que los doble monos y así aprendí a tejer carpetitas, yo tejí una para centro de mesa”

Alicia Victoria nos cuenta: “El tejido me da un aroma a mi madre, a mi familia, al hogar, al recogimiento. Cuando ella me enseñaba sonreía y me tenía paciencia, es un recuerdo muy bonito. Lo primero que armé sola fue una carpeta para adornar una mesa, estuvo en la casa bastante tiempo, yo me sentía muy orgullosa de eso porque era como una herencia de mi madre, una enseñanza de ella, una tradición.

Juan Diego, un niño de unos diez años que asiste como acompañante de sus hermanas nos cuenta: “Estoy aprendiendo, hasta ahora se tejer más o menos”

Ricarcinda Tautiva nos dice: “Mis recuerdos son mi mamá tejiendo, mi mamá tejía mucho cuando yo estaba pequeña, lo que más me acuerdo es que para cuando yo estudiaba, en una escuela pequeñita, mi maleta, era un bolso de colores bien bonito. Tenía su botón bordado para apuntar, no era como esas mochilas que uno usa ahora, era cuadrada y ahí me cabían los cuadernos, era morada, roja y verde. Ella la hizo con pedacitos de lana, ¡cómo me gustaba ese bolsito! y lo tuve hasta cuando se le salió una hebra y se desbarató. Me acuerdo que mi primer tejido, fue de esas mismas lanas, ella (mamá) cogía unas tiras y nos ponía en las piernas, para hacernos unos cordones que se llamaban patapatas. Con eso nos cogían el pelo y También he tejido y regalado ovejitas”.

Isabela una niña acompañante de unos seis años que viene al cuidado de su abuela nos cuenta: “Se puede tejer cualquier cosa: Un delfín, un perro, un vestido para la muñeca. ¿A mi abuelita? Le haría una rosa.

Nury Salazar Nos dice: “Cuando tejo, siempre recuerdo, y me gusta representar ahí, esto: este paisaje. (la vereda). Recuerdo que mi madre fue la que me enseñó. Mis primeras puntadas fueron en un mantel con punto de cruz. Yo estaba en la escuela y ella me enseñó a tejer, lo primero que hice sola fue un chal, uno de color beige, ese fue para mi madre, yo se lo hice y ella lo usaba. Hasta que mejor dicho, ya no quedó nada, hasta que ya no calentaba. Recuerdo mucho eso, mi madre fue la que me enseñó y me heredó esa pasión por el tejido. Yo tejo seguido, lo más reciente que tejí fue un cuello”.

Luz Margarita Ramos nos dice “No tengo mucho que decir porque yo nunca había tejido, estuve trabajando para una señora, en confección, allá fue donde aprendí a hacer botones y las florecitas para ponerle a las blusas. Ella enseñó así, a regaños el resto no lo sé, sí he hecho cosas tejidas, pero mirando o desbaratando y volviendo a hacer.

Victoria dice: “yo aprendí a tejer en el colegio, de monjas, ahí me enseñaron y el primer tejido que hice fue un cubrelecho, de colores. Luego hice como tres cubrelechos de estos. En el colegio se tejía como de dos de la tarde a cuatro de la tarde todos los días, en manualidades. Yo aprendí a tejer, a bordar, y desde ahí he tejido ruanas. Hace diez años entré en una crisis de depresión, entonces a mí la psicóloga me exigía tareas, que tenía que llevar. Cada cita que yo tenía con ella me tocaba llevar las tareas y ahí aprendí a hacer esas ruanas.

Luz Marina Tautiva nos dice: “Mi mamá nunca tejió, mis hermanas, yo tengo dos hermanas, una mayor y una después de mí, una menor, ellas, estudiaron allá, donde las monjitas, entonces yo, miraba cómo lo hacían y me encantó, ellas nunca practicaron y nunca hacen nada de tejidos, en cambio sí lo hago yo y eso que aprendí mirándolas a ellas. Mi pasión son los bolsos, pero hago sombreros, bufandas, carpetas, flores, lo que pueda. Qué lástima que mi mamá no teje, pero en esa época, yo creo que no existía mucho la lana, sino era la lana pura de ovejas, porque ella esquilaba las ovejas y ella misma lavaba la lana y le hacían todo ese trabajo.

Isabel Forero González la tejedora más joven con Trece años, nos dice: “Yo aprendí a tejer por mi madrina, ella me enseñó desde el inicio y ya después, me convencía de ir a talleres para aprender más. Así fue como aprendí. Hago el capibara, la rosa, una bufanda… Estaba haciendo una cobija, pero me quedé ahí, aun no la terminé. No conozco a nadie más de mi edad que teja tal vez porque no todos tienen enseñanzas de ese tipo”.

Lucila González nos cuenta: “Lo primero que tejí fue un cubrelecho, lo hice como 50 veces, lo hacía y lo desbarataba, eso fue hace 11 años, cuando mi hija murió. Ese es mi recuerdo, que hice y deshice muchas veces ese cubrelecho. Se lo regalé a mi otra hija, no se si aun existirá. Yo aprendí mirando por internet. También recuerdo de mi mamá esquilaba ovejas, ella escarmenaba la lana y nos enseñaba a esquilar las ovejas, Ella tuvo muchas, muchas ovejas, También recuerdo a mi papá, él me enseñó a hacer una malla en pita o piola. Lo último que hice fue un regalo para mi nieto; un Majin buu el de Dragon ball” .

Beatriz Peralta nos cuenta: “Mi mamá me enseñó a tejer, todavía tengo una carpeta que ella me hizo una de color verde y amarillo. A mí me gusta mucho tejer y la artesanía. Quisiera aprender mucho. En la vereda Olarte, había un colegio, en la antigua estación del tren, ahí nosotros estudiábamos. Nosotros no usábamos zapatos ni nada de eso, si no, alpargatas, no teníamos, así como ahorita que es todo moderno, las maletas, nosotros usábamos, era una maleta tejida de costal o de esas lonas donde venden la sal para el ganado.  Ahorita mismo estoy haciendo un tapete de trapillo”.

María Mercedes Alvarado nos dice “La primera vez que tejí fue aquí, en el taller, hice un telar y un sombrero. Yo tejo también en mostacilla, hago aretes y anillos. Cuando supe que podía hacer eso, me sentí muy bien, porque recordé la primera muda, el primer vestido de mi primera hija, que fue un conjunto amarillo tejido en lana. Mi mamá lo único que sabía era coser, ella era la que me hacía a mí los vestidos cuando yo estaba pequeña.

Laura Castro nos cuenta: “Yo aprendí con la ayuda de mi hermana, que ella aprende y después me explica a mí. Cuando tejo, me acuerdo de quien me enseñó: mi hermana y me acuerdo cuando esquilamos arriba las chivas con mi abuelita y mis tíos. Ahora se han perdido esos conocimientos, esas tradiciones. Me gustaría montar un proyecto de lo que yo estoy aprendiendo, enseñar a las demás personas y seguir aprendiendo.

Camilo, de unos 14 años nos cuenta: “Yo aprendí a tejer bolsos o algo así gracias a mi hermana, creo que todo se puede hacer con lana. Me gustaría tejer también amigurumis, bolsos, maletas, cosas para vender.

Juan Manuel Garzón Salazar de unos 18 años nos dice: “Yo aprendía tejer y he realizado cosas como portacelulares, bolsos, también hice telar y un tapete, me gustaría seguir en esto, hacer por ejemplo paisajes, lugares únicos paisajes en telar.

CONCLUSIONES

A partir de la experiencia del encuentro de tejedoras en el borde urbano-rural de Usme, se establecen las siguientes conclusiones:

El arte del tejido y el encuentro colectivo se consolidan como actos de resistencia cultural y una reafirmación de la identidad campesina frente a la presión de la expansión urbana.

El encuentro de mujeres tejedoras reafirma la Identidad Campesina, convirtiéndose en un espacio fundamental para la valoración y reconstrucción de la identidad, ofreciendo un testimonio vivo de dignidad y resistencia ante la amenaza de desaparición cultural y social. Tejer se convierte en una forma de reclamar la identidad y mantener vivo el estilo de vida rural.

Los y las habitantes de Usme rural están profundamente ligadas a su territorio. Sus obras de arte tejidas reflejan el paisaje, el campo y la necesidad de defender el agua y sus montañas, sirviendo como medio para la valoración y defensa del espacio físico y simbólico.

El Tejido es un constructor de memoria e Historia: el acto de tejer, entrelazado con la oralidad, es un vehículo poderoso para la reconstrucción de la memoria, la reivindicación ancestral y la valoración de las historias de vida, así mismo las obras tejidas operan como condensadores de memoria, palabra y reflexión.

El tejido es un medio para la reivindicación de la memoria ancestral y femenina-campesina. La transmisión del saber ancestral de la lana (desde la cría de las ovejas), a menudo enseñado por las madres y abuelas, es un acto de rescate de las memorias perdidas.

El Tejido es un espacio de sanación, sororidad y apoyo Mutuo, en donde el encuentro con otras tejedoras genera una red de apoyo emocional y social que combate la exclusión y la soledad, facilitando la reparación y la sanación comunitaria.

Tejer es terapia comunitaria: El encuentro se convierte en un espacio de encuentro, sororidad, reparación emocional y sanación en el que los tejidos operan como una terapia comunitaria que ayuda a superar crisis personales.

Al hacer parte de un espacio común, las mujeres descubren que no están solas que sus historias y luchas se entrelazan para formar una red de apoyo tan fuerte como el tejido que crean, validándose mutuamente.

El Tejido es una herramienta para la Inclusión y el Empoderamiento Femenino que más allá de lo artístico, funciona como una herramienta para el desarrollo personal y la generación de oportunidades económicas promoviendo la formación para el autoempleo y el desarrollo de la autonomía personal al ofrecer una fuente de ingresos o un medio para emprender.

El proceso de mujeres tejedoras contribuye a visibilizar y abordar la situación de vulnerabilidad de la mujer en la ruralidad, quien históricamente ha sido artífice del desarrollo del campo pero ha cargado con la invisibilización de su trabajo y una suma extra de violencias.

Si bien el encuentro se centra en el empoderamiento femenino, el estudio evidencia que, en la ruralidad de Usme, el tejido trasciende el estigma de ser exclusivamente una "labor de mujeres o abuelas". Tradicionalmente, en tanto, la práctica de tejer no ha estado limitada por el género, sino que ha sido una habilidad productiva y una necesidad económica dentro de la unidad campesina en la que los hombres han participado históricamente en la elaboración de cotizas, alpargatas, mallas y mochilas de fique, entre otros, demostrando que el tejido es una destreza esencial ligada al trabajo en el campo. Este contexto facilita la inclusión de jóvenes y hombres en los espacios de aprendizaje del tejido, como lo demuestran los participantes masculinos del encuentro, al verlo como una herramienta de emprendimiento, conexión con sus ancestros y expresión artística, libre de las barreras impuestas por los roles de género urbanos y una herramienta para contrarrestar los estereotipos de género.

Al final de la jornada, la ciudad se ve lejana desde esta perspectiva. Nos vamos con la certeza de que, a pesar de la implacable marea urbana que amenaza con taparlo todo, las formas ancestrales de ser y entender el mundo no se extinguen. Resisten, con hilos de dignidad, de sororidad y de esperanza en el borde de Usme, dejando claro que, el borde rural de Usme es eso: resistencia, pura resistencia.


CÍRCULOS EN ESPIRAL - INVESTIGACION DE LAS PRACTICAS DE TEJIDO EN ZONA RURAL DE CIUDAD BOLÍVAR Y USME : LABORATORIO 1


 LABORATORIO 1 : MEMORIA Y LENGUAJE ENTRE NUDOS
Salón comunal Barrio 8 de diciembre, Ciudad Bolívar. 

Vamos camino arriba como subiendo hacia las nubes por entre un laberinto de calles empinadas de grava y polvo, de escalones de cemento sin pulir y construcciones en eterna obra negra como el símbolo de una terquedad inquebrantable. A medida que avanzamos, la ciudad se revela a nuestras espaldas pintándose a lo lejos como un mar de barrios y avenidas lejanas.

En ciudad Bolívar el estigma es el pan de cada día, pero, también es el lugar de la resistencia y una tenacidad a toda prueba sustentada en un fuerte tejido social desarrollado frente a la adversidad, esa vocación vecinal y comunitaria ha transformado el territorio a través de la organización y la lucha por los derechos básicos, el acceso a vías, vivienda digna, alimentación y servicios de salud, especialmente desde el arte, la cultura, la memoria y el cuidado, convirtiéndose en un territorio donde la vida late con una fuerza sorprendente.

Hemos llegado hasta aquí para acompañar un taller de tejido en trapillo con mujeres, un nuevo Circulo en Espiral que crece en el borde urbano-rural de Ciudad Bolívar.

La puerta del salón comunal permanece abierta y las mujeres trenzan y anudan trapillos de colores con una gracia hipnotizante entre conversaciones variadas (hay algunos niños y niñas a su cuidado).

Escucharlas es hacerse parte de su cotidianidad, es entrar a sus casas, conocer a sus familias, entender sus luchas, sus alegrías y sus bregas diarias. Aquí, las mujeres son el pilar de todo: son madres y esposas, son cuidadoras y líderesas, rebuscadoras y emprendedoras, guardianas de la tradición y la memoria. Aquí, en el sur del sur, en la periferia de la periferia son las mujeres quienes a razón de obstinación tejen la red social que sostiene familias y vecinos.

Después del taller y las técnicas de tejido a base de trapillo, se inicia la captura de las experiencias. La actividad comienza con un juego a manera de rompehielos buscando conectar hilos e historias, creando un espacio cálido, acogedor, de reconstrucción de memoria y de confianza, permitiendo que cada una de las participantes comparta una parte de sí a través de sus experiencias con el tejido.

Se inicia la actividad con todas las participantes sentadas en círculo y se presenta un ovillo de lana como si fuera el objeto principal del juego. Se explica la dinámica, mencionando que van a jugar "El ovillo que nos une", pidiéndoles que el ovillo pase de una mano a otra de forma aleatoria, como en el juego de "Tingo-Tango", de forma que la persona que queda con el ovillo se presenta con su nombre y comparte una de las siguientes opciones para añadir al juego un toque divertido y personal:

Decir su comida favorita, su actividad predilecta (aparte del tejido) y su comida menos preferida. Después se guía la conversación con estas preguntas orientadoras, pidiendo que cada quién se quede con la que más le resuene: ¿Cuándo y dónde comenzaste a tejer?, ¿Quién te enseñó a tejer y qué recuerdas de ese momento?, ¿Qué recuerdo o emoción te trae el tejido?, ¿Qué fue lo primero que tejiste?, ¿Cuál ha sido tu tejido más reciente o el que más satisfacción te ha dado? Una vez que la participante ha compartido su historia, el ovillo se lanza a otra persona, repitiendo el proceso hasta que la mayoría haya participado y se haya formado una red de hilos que simbolice la conexión del grupo.

En ese tejido de palabras y confianzas, Miriam Rojas nos cuenta: “Yo tejo desde la adolescencia, la primera vez que tejí algo, fue con una aguja de alambre, que yo misma hice, la saqué de un alambre, la hice yo misma y, con eso, le tejí un vestido a una muñeca. Yo tenía como unos nueve años. Desde ahí me gusta tejer. Me gusta, porque lo hago en los malos días”.

María Lucia Diaz nos cuenta: “Yo, tejía mientras estaba levantando a mis niños chiquitos, les hacía sus escarpincitos y sus saquitos, así, con un alambrito, les sacaba el gorro con la puntita. En esos tiempos, tejía para mis niños, porque no éramos una familia de grandes recursos. Éramos del campo. A mí no me tejieron nunca nada, yo sí les hice la gorritos a mis hijos les hice los escarpines y los saquitos”.

Angie Mora, nos dice: “Muchas veces uno tejiendo se distrae y como que olvida los problemas que tiene, por ejemplo, una está estresada, y como que le ayuda a uno a distraer la mente. La gente de los otros lados va y paga sesiones de meditación, le pagan a los profesores, le paga a los maestros, uno, no, uno va a meditar, pero resulta que el tejido es meditación y es gratis, tejer es lo más relajante que existe en el mundo, es importantísimo dejar de pensar, pensar en nada. Olvidar todos los problemas”.

Gloria Esperanza, nos dice: “Comencé a tejer en el colegio, con la aguja crochet, de pequeñita, porque era la tarea del colegio en la primaria. En el bachillerato, me quedé otras cosas, nunca a tejer. Esta es la primera vez que participo en una sesión de tejido esta, una vecina me invitó y me gusta porque empieza uno a distinguir gente, a aprender, a apoyarnos unas con las otras. A tejer lo que la profe nos indica a unir el trabajo con el de las compañeras. Logramos hoy hacer obras de arte”.

Fidelia Beltrán, nos cuenta: “Yo sé tejer, arranqué a tejer cuando estaba embarazada de mi primera hija, aprendí de una vecina que me enseñó. Lo primero que hice fue un patín, un patín para mi hija. De ahí en adelante hice muchas cosas, cosas para vender. Les voy a contar una anécdota, resulta que mi mamá me cuidaba a mis hijos y yo traía cuadritos (carpetas) para ser vendidos. Yo tenía unos hermanos tan “queridos” ¡Dios mío! ríanse de lo que hizo uno de mis hermanos: se llevó los cuadritos y no dijo nada y yo buscándolos para venderlos y nada, se perdieron, nunca aparecieron. Cuando un día me voy de visita, donde su novia, voy y encuentro todos los cuadritos ahí, en su mesa. Me dio tanto mal genio, que durante tres o cuatro años no volví a tejer. Ahora otra vez hago cositas para vender: aretes, se divierte uno, o al menos yo, me desconecto del mundo al tejer y para mí no hay nada más que lo que estoy tejiendo. Me divierto y a la vez hago algo de plata esa es mi historia de vida”.

Elvira Melo nos relata: “Yo empecé, joven, trabajaba en una casa de familia desde los ocho años, la señora de la casa me enseñó a tejer los puntos básicos: la cadeneta, el medio mono y todos esos, a bordar y a coser a mano, entonces, yo les hacía vestidos a las muñecas y tejía. Dejé de hacerlo un tiempo cuando salí de esa casa y, entonces, me puse a trabajar. Hasta hace poco volví a retomarlo otra vez. Tejo, eso me ha llamado mucho la atención, tejo carpetas y hago cactus y flores, todo para regalar, esos son mis regalos”.

Lucero Pulido, nos dice: “A mi mamá y a mi abuelita, les encantaba tejer, y en el colegio nos enseñaban a hacer cositas sencillas. Mi mamá me enseñó a hacer ganchos y monitos, con eso logré hacer mi primera bufandita. Lo que me parecemás bonito es el arte y la dedicación la tradición, pasar el conocimiento de generación en generación, me gusta que eso todavía no se ha perdido. En el tejido no hay diferencias, todos somos iguales, unos hacen carpetas, otros hacen vestidos, hay muchas, muchas variedades de tejido y yo creo que eso es muy bonito. La gente pregunta ¿cómo se hace una bufandita?  Y yo les digo cómo se hace.

Alix Marina Jaimes nos cuenta: “Yo desde cuando tenía como 7 o 8 años, aprendí a tejer, a esa edad tuve una primera faldita que yo hice tejida, desde ahí aprendí a tejer. A mis hijos yo les hacía los escarpines, los cubrelechos, todavía los tienen, ya el mayor tiene 42 años ¡y todavía tiene su cubrelecho!, a veces me dice: ¿Mamita me hace el favor y me lo arregla que se está deshilando un poquito? Se tejer cubrelechos, bolsos, y hasta cosas en plástico ¿Qué diría un tejido de mí? diría que este es un saber muy antiguo, de mis abuelos, de mi madre, de cómo ella tejía esas cotizas tan hermosas”.

Luz Marina Zarate nos cuenta: “Mi mamá, cosía a mano, con la aguja e hilo y mi abuelita, me acuerdo mucho, remendaba también. Yo tejía en el colegio: hice una carpeta que aún tengo, una carpeta muy bonita en mi mesita de noche, en lana, hecha de monitos y cadenetas es un muy bonito el recuerdo. Hace como dos años estoy tejiendo manillas, cosa que nunca fue de mi interés, pero hace un tiempo sí, lo disfruto, me da calma, me da alegría también, me gusta ver cómo el material se transforma, para mí el tejido es muy lindo porque, está muy cercano a la magia: ¿cómo es posible que en dos hebras se conviertan en un saco?  Y mire lo de hoy, el tejido social que se hace”.

Sol Ruiz, nos relata: “Mi abuela, porque nosotros fuimos criados en el Tolima con la abuela materna, nos enseñó. Yo no soy una tejedora neta, porque en todo este tiempo solo hice una colcha con aguja, todavía la tenemos guardada y otra colcha en retazos y que hicimos y la pegamos con aguja. Yo ya no volví a hacer eso más, ahora estoy nuevamente retomando el tejido, actividades, ya de adulta mayor, estoy con el cuento de hacer cosas manuales: manillas, camándulas… Aprendiendo a hacer cosas que me interesan, digámoslo así.”

Conclusiones

De un primer encuentro podemos concluir que:

El taller no es solo un espacio para aprender puntos y nudos, sino que se revela como un espacio de sanación, empoderamiento y formación.

Los círculos en espiral (talleres y encuentros) representan el espacios donde el aprendizaje circula y se construye de manera colectiva y orgánica.

El encuentro de tejedoras, más que una estrategia de formación o pedagógica, es la creación de un refugio necesario para las mujeres.

Los testimonios confirman que el tejido es una herramienta poderosa para el bienestar emocional. En donde la labor manual se convierte en una meditación gratuita y accesible, una forma de desconectar del mundo y de los problemas.

Tejer en comunidad constituye un acto creador de desconexión: que permite a las mujeres desconectarse del mundo, centrándose solo en la labor, lo que genera alegría y diversión como acto terapéutico y como pausa consciente en la velocidad y las angustias de la vida diaria.

En estas mujeres está representada la esencia de lo que significa ser mujer y tejedora. Aquí, tejer no es solo pasatiempo, es sustento, es acto de cuidado, de lucha y de resistencia.

Tejer es sustento y generación de Ingresos, los testimonios demuestran que, más allá del uso personal, el tejido es una fuente vital para la economía familiar.

Tejer es también un acto de cuidado y de amor ya que los testimonios recogidos también demuestran que el tejido fue una forma de proveer a la familia, especialmente cuando los recursos son más escasos.

Tejer es transmisión generacional y tradición: El acto de tejer es un saber ancestral que se ha transmite de abuelas a madres e hijas.

El tejido se convierte en una forma sencilla y poderosa para hablar sobre política pública, mujer y género: la metodología de trabajo desde el arte permite hilar la palabra, comunicar reflexiones y pensamientos profundos y remendar el tejido social roto.

El tejido es también vehículo para la formación y la prevención de violencias y vulnerabilidades, ya que la práctica del tejido incentiva el empoderamiento y el conocimiento en rutas de atención para mujeres vulnerables.

El tejido es construcción de colectividad y sororidad: Los encuentros son el lugar donde las mujeres se encuentran, se apoyan y se construyen, donde se teje no solo lana, sino también futuro.

En resumen, el tejido comunitario es: terapia, calma y meditación. Memoria y tradición que conecta a las mujeres con sus ancestras y con su historia. Economía y Cuidado como sustento y un acto de amor. Política y Resistencia: siendo una forma de encontrarse, de crear lazos de apoyo mutuo y de promover una cultura libre de violencias.

Ya acabada la sesión, bajamos del barrio 8 de diciembre, al final de la tarde, mientras el día se extingue entre un cielo rojo y naranja y la ciudad lejana comienza a encender sus luces, entendiendo que Ciudad Bolívar es un lugar de inmensa dignidad donde la vida se teje con hilos de resistencia y dignidad, una localidad con rostro y alma de mujer.

CÍRCULOS EN ESPIRAL.

 Círculos en espiral es una estrategia pedagógica que nace en el  año 2020, como respuesta a un momento donde el mundo se detuvo por un momento.


Mujeres, Paz y memoria como agrupación local ha venido desarrollando propuestas culturales entorno a las expresiones artísticas de las Mujeres en la localidad de ciudad Bolívar y fuera de ella, una de sus lineas de acción tiene por objetivo circular su Festival artístico que lleva por nombre "Mujeres, Paz y Memoria"que ya tiene su sexta versión realizada al 2024, otra de las  propuestas de circulación es el  circuito artivista por una cultura y comunicación "libre de sexismos" la agrupación ha estado movilizando y visibilizando a mujeres artistas desde entonces,  luego de la emergencia sanitaria del 2020 dónde se pausaron las acciones artísticas y culturales, una de sus integrantes en medio de la cuarentena obligatoria recurrió a unos hilos y agujas de crochet que tenía guardados y para hacer más llevadera la Pandemia inicio un proceso creativo de aprendizaje de tejido intuitivo .

Pasaba el tiempo y las actividades culturales se reactivaban poco a poco, de allí reconociendo las bondades y beneficios que da la práctica del tejido, nace la idea de generar espacios de diálogo o círculos de palabra con las mujeres de la localidad .

La vida como un espiral también se teje y se tejen  palabras, estás palabras que construyen y fortalecen no solo el tejido individual si no el social, a partir del 2021 círculos en espiral toma fuerza y se materializa en espacios para compartir y tejer la palabra con mujeres del barrio Potosí en ciudad Bolívar Bogotá.

El tejido ha sido desde entonces un medio que ha permitido en las mujeres ganar autoconfianza, sensibilizarse un poco más con temas que son  importantes para  las Mujeres, que les ubica y da un lugar en el mundo 🌍.

Círculos en espiral 💫 es el fluir natural de la vida y con ese fluir circula el aprendizaje, está manera de circular la palabra de convirtió en la estrategia de formación y aprendizaje desde nuestras propias experiencias para compartir con los y las demás.

TEJIENDO LAS INFANCIAS, Momentos de tejido con la comunidad de san Rafael, Arbolizadora Alta 2016,

Experimentar con la materialidad del tejido.

Tejer en cualquiera de sus formas ( crochet, telar, dos agujas, telar, macramé, bordado ) no solo es un arte manual tambien es un ejercicio que involucra cuerpo, mente y emociones, en niños y niñas de 5 a 14 años esta practica tiene múltiples beneficios y significados en distintas dimensiones:

Beneficios psicológicos y emocionales:

relajación y reducción de la ansiedad, el movimiento rítmico del tejer genera un efecto parecido a la meditación, ayudando a calmar pensamientos acelerados y a regular emociones.

* Aumento de la paciencia y tolerancia a la frustración, aprenden que los procesos creativos llevan tiempo, y que los errores pueden corregirse y de ellos a su vez se obtiene aprendizaje.

* Autoestima y seguridad, ver que pueden trasformar un hilo en una creación ya sea una prenda o una pieza tejida o figura, refuerza la confianza en sus capacidades.

* Expresión creativa y simbólica, cada puntaje o diseño puede convertirse en un lenguaje propio, una forma de narrar emociones, historias, vivencias y mundos internos.

Beneficios físicos y motores:

* motricidad fina, mejora la coordinación mano-ojo la precisión y la fuerza en los dedos, lo cual tambien contribuye a la lectura y la escritura.

*Desarrollo bilateral , al trabajar con ambas manos, se estimula ambos emiferios cerebrales

* Postura y control corporal, al tejer se requiere concentración en la postura favoreciendo la consciencia sobre el cuerpo y la disciplina física

Concentración y cognición:

* Atención sostenida, los niños se entrenen en mantener su foco al seguir la continuidad de un patrón o secuencia lo cual favorece su concentración.

* Memoria y secuenciación, recordar puntada o patrones favorece la memoria a corto y largo plazo.

*Resolución de problemas, cuando un tejido se enreda o sale mal, se estimula la resolución creativa de buscar solución ejercitando la flexibilidad cognitiva y lógica.

Dimensión socio cultural: 

* Tejer como metáfora de la vida, aprenden que con paciencia ,control y cuidado se construyen cosas valiosas.

* Red de protección, los hilos simbolizan union y conecxión, lo que ayuda a fortalecer las relaciones humanas y la sensación de un espacio seguro.

* Creatividad como juego, el tejido puede ser visto como un puente entre lo lúdico y lo artístico permitiendo inventar mundos textiles.

El tejido en las infancias no solo es una actividad manual o meramente artística, si no un camino para fortalecer la mente, el cuerpo, la creatividad y los lazos sociales. Es un recurso pedagógico y terapeutico muy poderoso que abre a los niños a la disciplina, la paciencia y el acto de crear.

PROCESO DE CREACION Y FORMACION ARTISTICA "TEJIDOS QUE CUIDAN ,MANOS QUE SOSTIENEN! -CÍRCULOS EN ESPIRAL.

  TejidoS que cuidan, manos que sostienen: ha sido un proceso de formacion en tecnicas de tejido y arte textil con 2 grupos de mujeres de la...