En
este contexto desafiante, el taller de tejido “Círculos en Espiral” se alzó
como un espacio de resistencia cultural y reafirmación de la identidad
campesina. El tercer encuentro de tejedoras se centró en el proceso ancestral
de la lana, comenzando con el rito del esquilado. Una oveja fue trasquilada
cuidadosamente con unas tijeras tradicionales, una reliquia que parecía haber
escapado de un museo, un recordatorio tangible de las labores de sus ancestras.
Este acto, que requiere precisión para no lastimar al animal y obtener la lana
en una sola pieza, sirvió como el primer acto de conexión con un saber antiguo.
Posteriormente,
las mujeres procedieron al hilado, utilizando un huso —un trompo de madera y
piedra—, tal como se hacía hace más de doscientos años. Con movimientos
rítmicos, la fibra de lana fue torcida y trenzada, transformando el vellón
limpio en hilo resistente, un proceso donde se separa y tuerce la lana en
pequeñas tiritas, logrando firmeza a medida que se estira y gira el huso. Como
curiosidad se utilizó una papa grande en lugar de la pieza de piedra como
demostración del ingenio campesino cuando no habían o se rompían los husos.
El
taller continuó con el lavado y trenzado de la lana, eliminando la grasa
(lanolina) y los residuos orgánicos, preparando la fibra para el teñido. Las
participantes compartieron muestras de lana teñida y hablaron de las técnicas
tradicionales, muchas veces a partir de productos vegetales, que confieren
colores únicos y naturales a las hebras.
Durante
estas labores, surgieron las conversaciones sobre la dura realidad de ser mujer
campesina. Ellas, que han sido artífices del desarrollo familiar, social y
cultural del campo junto a los hombres, cargan con la invisible suma extra de
las faenas de la cocina, los cuidados familiares y de animales, y soportan la
invisibilización de su fuerza de trabajo. Se reflexionó sobre cómo la ardua
labor del hilado y tejido, crucial para la economía y la vida diaria del campo
colombiano, se realizaba y se realiza a menudo en los "descansos":
momentos entre la siembra, la cosecha, el cuidado de los niños y las atenciones
a la familia.
La
líder Nury Salazar destacó cómo el tejido es una forma de reclamar su identidad
y resistencia frente a la tragedia de la expansión urbana, manteniendo viva la
memoria de sus ancestras.
El
diálogo se profundizó al abordar la larga tradición de la que son herederas. Se
habló de cómo esta región, Usme rural, estuvo habitada por los Muiscas,
reconocidos como grandes tejedores, sobre como sus abuelas tejían ropa, maletas
e implementos para la vida diaria. Las madres continuaron esta tradición,
siendo tejedoras de cotizas, alpargatas y maletas escolares.
El
encuentro reafirmó que la práctica del tejido en la ruralidad no está limitada
por el género, sino que es una habilidad inherente al campesinado. Se recordó
que los hombres campesinos también fueron tejedores históricamente,
participando en la elaboración de cotizas, alpargatas, mallas y mochilas de
fique. Esta conciencia histórica facilita la inclusión de jóvenes y hombres en
el espacio de aprendizaje, como lo demostraron participantes como Juan Diego,
Camilo y Juan Manuel Garzón Salazar.
Al
final de la jornada, los telares y bastidores se llenaron de entramados
coloridos, reflejando el paisaje, el campo y la necesidad de defender sus
montañas y conocimientos ancestrales. Tejer se consolidó como un constructor de
memoria e historia, un vehículo para la reivindicación ancestral y
femenina-campesina.
Tras
el rito del tejido, que había anclado las manos al pasado ancestral y al
presente artístico y comunitario, el taller se transformó en un ejercicio de
introspección geográfica: llevando a cabo un ejercicio de cartografía social: Mapeando
la Vereda. El objetivo no era trazar límites administrativos, sino dibujar
la geografía íntima de la mujer campesina, recoger sus recorridos e
interacciones con el espacio habitado desde las diferentes percepciones reales
e imaginarias, y entender la profunda relación con su territorio ancestral,
cotidiano y vital.
Se
desplegó un pliego como un lienzo a la espera de la voz de la experiencia. El
ejercicio propuesto fue la elaboración de "mapas y cartografías
recordadas, imaginadas, soñadas y halladas", una metodología que invitaba
a las participantes a identificar sus entornos cercanos y microterritorios
privados, a plasmar las construcciones reales e imaginarias del espacio como la
construcción de lo propio.
Las
manos que minutos antes habían torcido la lana con el huso, ahora empuñaban
marcadores de colores, cada tono cargado con una sensación específica. Se les
pidió señalar sobre el mapa perceptual sus diferentes recorridos y desvíos,
categorizando el espacio según la emoción que despertaba:
Como
ejemplo Rojo: zonas de miedo marcando los lugares de la vereda que les
generaban más miedo. Eran a menudo las zonas más solitarias, los límites donde
la invasión de la urbana se sentía más agresiva, o aquellos atajos que debían
tomar de noche y donde la amenaza del forastero se sentía más latente. La línea
roja marcaba la frontera de la inseguridad.
Verde
Esperanza y Amarillo (Bienestar y Belleza): Con colores alegres, señalaron el
lugar que más agrado y sensación de bienestar les proveía: la huerta familiar,
el rincón donde la quebrada suena más clara, el solar donde se reunían las
ovejas, o el punto de encuentro comunal. Estos mismos tonos se usaron para
demarcar el lugar que percibían como más bonito, una reivindicación del paisaje
campesino que la ciudad opaca.
Naranja,
azul y Dorado (Memoria Grata): El color de los viejos tejidos y de la tierra
fértil se usó para señalar los puntos de recuerdos más gratos. Aquí aparecieron
las casas de las abuelas tejedoras, los caminos de la infancia hacia la
escuela, los árboles bajo los cuales se contaron historias. La línea se hizo
más gruesa, denotando el peso de la memoria.
Gris
(Recuerdos Ingratos y Fealdad): Con una reticencia visible, usaron el gris para
señalar el lugar de menos gratos recuerdos o el sitio que percibían menos
bonito. Era a menudo el rastro de una construcción fallida, un basurero
informal, o la esquina donde habían sentido el abandono institucional o la
amenaza de desplazamiento.
Azul claro
(Recorridos Cotidianos): Un trazo constante señaló los caminos por donde pasan
más seguido. Esta ruta, la ruta vital de la mujer rural, conectaba el hogar, el
cultivo, la casa del vecino y el punto de transporte. Era la arteria del
trabajo no remunerado y la base de su vida diaria.
Violeta
(Lo Extraño y Exótico): Finalmente, con un color que evocaba lo inmaterial,
marcaron los lugares construidos a partir del mito o del decir de la gente: el
barranco donde "se esconde un tesoro Muisca", el recodo de la montaña
donde "se aparecen luces", o la estación de tren o la laguna que ya
no existe. Estas zonas eran vistas como míticas revelando cómo el territorio
campesino, además de tierra y labor, está poblado por un universo simbólico.
El mapa resultante fue un complejo tapiz de emociones y significados. Al final del ejercicio, se dieron cuenta de que el territorio que defienden no es solo una extensión de cultivos en desaparición, sino una compleja construcción de lo propio, un telar donde la labor de sus manos (el tejido) y la historia ancestral se cruzan con la sensación de bienestar, el recuerdo de sus ancestras y el miedo al avance de la ciudad que las margina. La cartografía se convirtió en una herramienta de reivindicación, un espejo que reflejaba su identidad como mujeres y guardianas de un espacio con voz y rostro de mujer que resiste y se niega a desaparecer.
CONCLUSIONES
El
ejercicio de cartografía social en Usme Rural reveló una profunda y compleja
relación de las mujeres campesinas con su territorio, trascendiendo la visión
meramente geográfica para convertirse en un mapa de la identidad, la emoción y
la resistencia.
El uso
de colores para mapear percepciones demostró que el territorio campesino es una
colcha de retazos y emociones Los trazos diferenciados entre el rojo del miedo
(asociado a zonas solitarias o límites urbanos) y el amarillo del bienestar
(centrado en la huerta o puntos comunales) evidencian cómo el espacio es vivido
y clasificado según la seguridad, el afecto y la conexión. Esta cartografía
subjetiva es fundamental para cualquier planeación territorial, ya que revela
las prioridades de seguridad y bienestar que a menudo son ignoradas por los
mapas oficiales.
El
trazado de los recorridos cotidianos (la "ruta vital") puso de
manifiesto la invisible geografía del cuidado y el trabajo no remunerado. Los
caminos más transitados son aquellos que conectan el hogar, las labores de
cultivo, el aprovisionamiento y el cuidado de la familia. Este ejercicio
visibilizó la densa red de interacciones que sostienen la vida rural y que
recaen predominantemente sobre las mujeres, ligando directamente sus
trayectorias diarias con la reflexión previa sobre cómo el hilado se realiza en
los "descansos".
La
identificación de lugares ligados a la memoria grata y al mito subraya que el
territorio es, ante todo, un reservorio de la identidad ancestral. Al señalar
los caminos de las abuelas tejedoras o los lugares exóticos ligados a la
herencia Muisca, las participantes reafirmaron su rol como guardianas de un
paisaje simbólico. La tierra no es solo un medio de producción, sino la base de
una narrativa histórica que resiste a la homogeneización cultural impuesta por
el crecimiento urbano.
El
taller concluyó que la identidad campesina y la defensa del territorio son
inseparables. Al identificar y colorear sus microterritorios desde la
percepción, las mujeres ejercieron un acto de apropiación y soberanía sobre su
espacio. La cartografía se transformó en una herramienta de empoderamiento, un
testimonio visual que reivindica su derecho a definir y defender su estilo de
vida y su espacio habitado frente a la "desaparición agónica" que
impone la mancha urbana.
Aun
cuando históricamente, las mujeres rurales son y han sido artífices del
desarrollo social, cultural y especialmente económico de la ciudad y el país
estando presentes hombro a hombro en la realización de labores en fincas y
cultivos, las tareas de la administración y el manejo de las finanzas, los
oficios y las faenas tradicionales de campo, la cocina para los trabajadores y
familiares, además y en conjunto, han llevado a cuestas el cuidado de los
otros: los cónyuges, los hijos y los animales y han encarado los oficios
diarios del hogar, todo a una misma vez.
El
trabajo que las mujeres campesinas realizan diariamente es poco reconocido,
principalmente al no mostrar de forma directa una relación de estos oficios con
las ganancias monetarias, ya que no existe un salario para amas de casa. Dentro
de la vida rural, entonces las enormes contribuciones de las mujeres a la
economía están invisibilizadas.
Una
transformación social real del borde rural-urbano requiere, necesariamente de
un cambio cultural con equidad de género y debe pasar por la visibilidad
histórica de mujeres que logren ser visibles e independientes, ya que, la
exigibilidad de la dignidad de la mujer rural pasa, necesariamente por su empoderamiento
social y productivo, permitiéndole ser parte activa en la generación de
ingresos, ya sea para cortar la dependencia económica, la exclusión histórica o
para la normal generación de recursos propios que ayuden a modificar su calidad
de vida.
El
proceso artesanal de la lana, desde el esquilado hasta el teñido y tejido,
visibiliza y dignifica la fuerza de trabajo de la mujer campesina,
históricamente invisibilizada en el ámbito productivo y económico, pero no
genera hoy día un ingreso. La habilidad productiva del tejido es reconocida
como un pilar cultural en la unidad campesina.
El
Tejido como Herramienta de Sanación y Sororidad: El encuentro de tejedoras
funciona como un espacio de terapia comunitaria, creando una red de apoyo
emocional que combate la soledad y facilita la sanación, como en el caso de
Victoria o Lucila González, quienes hallaron en el tejido un medio para superar
crisis personales.
Empoderamiento
Productivo y Autonomía: Más allá de la resistencia cultural, el tejido debe ser
visto como una herramienta para la generación de oportunidades económicas.
Fomenta la formación para el autoempleo y el desarrollo de la autonomía
personal, ofreciendo una fuente de ingresos que contribuye al empoderamiento
social y productivo de la mujer rural.
Transmisión
Intergeneracional y de Género: La práctica del tejido se revela como un saber
que se hereda y se transmite, incluso a través de la observación, trascendiendo
el estigma de ser una labor exclusiva de mujeres o abuelas. La inclusión de
jóvenes y hombres en el proceso garantiza la supervivencia del saber ancestral
y contrarresta los estereotipos de género urbanos.
La importancia del hilado tradicional, como se practica en
el taller, permite a las mujeres rurales conservar una técnica ancestral,
convirtiéndolas en guardianas de la memoria.
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