Vamos camino
arriba como subiendo hacia las nubes por entre un laberinto de calles empinadas
de grava y polvo, de escalones de cemento sin pulir y construcciones en eterna
obra negra como el símbolo de una terquedad inquebrantable. A medida que avanzamos,
la ciudad se revela a nuestras espaldas pintándose a lo lejos como un mar de
barrios y avenidas lejanas.
En
ciudad Bolívar el estigma es el pan de cada día, pero, también es el lugar de la
resistencia y una tenacidad a toda prueba sustentada en un fuerte tejido social
desarrollado frente a la adversidad, esa vocación vecinal y comunitaria ha transformado
el territorio a través de la organización y la lucha por los derechos básicos, el
acceso a vías, vivienda digna, alimentación y servicios de salud, especialmente
desde el arte, la cultura, la memoria y el cuidado, convirtiéndose en un
territorio donde la vida late con una fuerza sorprendente.
Hemos
llegado hasta aquí para acompañar un taller de tejido en trapillo con mujeres,
un nuevo Circulo en Espiral que crece en el borde urbano-rural de Ciudad
Bolívar.
La
puerta del salón comunal permanece abierta y las mujeres trenzan y anudan trapillos
de colores con una gracia hipnotizante entre conversaciones variadas (hay
algunos niños y niñas a su cuidado).
Escucharlas
es hacerse parte de su cotidianidad, es entrar a sus casas, conocer a sus
familias, entender sus luchas, sus alegrías y sus bregas diarias. Aquí, las
mujeres son el pilar de todo: son madres y esposas, son cuidadoras y líderesas,
rebuscadoras y emprendedoras, guardianas de la tradición y la memoria. Aquí, en
el sur del sur, en la periferia de la periferia son las mujeres quienes a razón
de obstinación tejen la red social que sostiene familias y vecinos.
Después
del taller y las técnicas de tejido a base de trapillo, se inicia la captura de
las experiencias. La actividad comienza con un juego a manera de rompehielos
buscando conectar hilos e historias, creando un espacio cálido, acogedor, de
reconstrucción de memoria y de confianza, permitiendo que cada una de las participantes
comparta una parte de sí a través de sus experiencias con el tejido.
Se inicia
la actividad con todas las participantes sentadas en círculo y se presenta un
ovillo de lana como si fuera el objeto principal del juego. Se explica la
dinámica, mencionando que van a jugar "El ovillo que nos une",
pidiéndoles que el ovillo pase de una mano a otra de forma aleatoria, como en
el juego de "Tingo-Tango", de forma que la persona que queda con el
ovillo se presenta con su nombre y comparte una de las siguientes opciones para
añadir al juego un toque divertido y personal:
Decir
su comida favorita, su actividad predilecta (aparte del tejido) y su comida
menos preferida. Después se guía la conversación con estas preguntas
orientadoras, pidiendo que cada quién se quede con la que más le resuene: ¿Cuándo
y dónde comenzaste a tejer?, ¿Quién te enseñó a tejer y qué recuerdas de ese
momento?, ¿Qué recuerdo o emoción te trae el tejido?, ¿Qué fue lo primero que
tejiste?, ¿Cuál ha sido tu tejido más reciente o el que más satisfacción te ha
dado? Una vez que la participante ha compartido su historia, el ovillo se lanza
a otra persona, repitiendo el proceso hasta que la mayoría haya participado y
se haya formado una red de hilos que simbolice la conexión del grupo.
En ese
tejido de palabras y confianzas, Miriam Rojas nos cuenta: “Yo tejo desde la
adolescencia, la primera vez que tejí algo, fue con una aguja de alambre, que
yo misma hice, la saqué de un alambre, la hice yo misma y, con eso, le tejí un
vestido a una muñeca. Yo tenía como unos nueve años. Desde ahí me gusta tejer. Me
gusta, porque lo hago en los malos días”.
María
Lucia Diaz nos cuenta: “Yo, tejía mientras estaba levantando a mis niños
chiquitos, les hacía sus escarpincitos y sus saquitos, así, con un alambrito,
les sacaba el gorro con la puntita. En esos tiempos, tejía para mis niños,
porque no éramos una familia de grandes recursos. Éramos del campo. A mí no me tejieron
nunca nada, yo sí les hice la gorritos a mis hijos les hice los escarpines y
los saquitos”.
Angie
Mora, nos dice: “Muchas veces uno tejiendo se distrae y como que olvida los
problemas que tiene, por ejemplo, una está estresada, y como que le ayuda a uno
a distraer la mente. La gente de los otros lados va y paga sesiones de
meditación, le pagan a los profesores, le paga a los maestros, uno, no, uno va
a meditar, pero resulta que el tejido es meditación y es gratis, tejer es lo
más relajante que existe en el mundo, es importantísimo dejar de pensar, pensar
en nada. Olvidar todos los problemas”.
Gloria
Esperanza, nos dice: “Comencé a tejer en el colegio, con la aguja crochet, de pequeñita,
porque era la tarea del colegio en la primaria. En el bachillerato, me quedé
otras cosas, nunca a tejer. Esta es la primera vez que participo en una sesión
de tejido esta, una vecina me invitó y me gusta porque empieza uno a distinguir
gente, a aprender, a apoyarnos unas con las otras. A tejer lo que la profe nos
indica a unir el trabajo con el de las compañeras. Logramos hoy hacer obras de
arte”.
Fidelia
Beltrán, nos cuenta: “Yo sé tejer, arranqué a tejer cuando estaba embarazada de
mi primera hija, aprendí de una vecina que me enseñó. Lo primero que hice fue
un patín, un patín para mi hija. De ahí en adelante hice muchas cosas, cosas
para vender. Les voy a contar una anécdota, resulta que mi mamá me cuidaba a
mis hijos y yo traía cuadritos (carpetas) para ser vendidos. Yo tenía unos
hermanos tan “queridos” ¡Dios mío! ríanse de lo que hizo uno de mis hermanos: se
llevó los cuadritos y no dijo nada y yo buscándolos para venderlos y nada, se
perdieron, nunca aparecieron. Cuando un día me voy de visita, donde su novia, voy
y encuentro todos los cuadritos ahí, en su mesa. Me dio tanto mal genio, que
durante tres o cuatro años no volví a tejer. Ahora otra vez hago cositas para
vender: aretes, se divierte uno, o al menos yo, me desconecto del mundo al tejer
y para mí no hay nada más que lo que estoy tejiendo. Me divierto y a la vez hago
algo de plata esa es mi historia de vida”.
Elvira
Melo nos relata: “Yo empecé, joven, trabajaba en una casa de familia desde los
ocho años, la señora de la casa me enseñó a tejer los puntos básicos: la cadeneta,
el medio mono y todos esos, a bordar y a coser a mano, entonces, yo les hacía
vestidos a las muñecas y tejía. Dejé de hacerlo un tiempo cuando salí de esa
casa y, entonces, me puse a trabajar. Hasta hace poco volví a retomarlo otra
vez. Tejo, eso me ha llamado mucho la atención, tejo carpetas y hago cactus y
flores, todo para regalar, esos son mis regalos”.
Lucero
Pulido, nos dice: “A mi mamá y a mi abuelita, les encantaba tejer, y en el
colegio nos enseñaban a hacer cositas sencillas. Mi mamá me enseñó a hacer
ganchos y monitos, con eso logré hacer mi primera bufandita. Lo que me
parecemás bonito es el arte y la dedicación la tradición, pasar el conocimiento
de generación en generación, me gusta que eso todavía no se ha perdido. En el
tejido no hay diferencias, todos somos iguales, unos hacen carpetas, otros
hacen vestidos, hay muchas, muchas variedades de tejido y yo creo que eso es
muy bonito. La gente pregunta ¿cómo se hace una bufandita? Y yo les digo cómo se hace.
Alix
Marina Jaimes nos cuenta: “Yo desde cuando tenía como 7 o 8 años, aprendí a
tejer, a esa edad tuve una primera faldita que yo hice tejida, desde ahí aprendí
a tejer. A mis hijos yo les hacía los escarpines, los cubrelechos, todavía los
tienen, ya el mayor tiene 42 años ¡y todavía tiene su cubrelecho!, a veces me
dice: ¿Mamita me hace el favor y me lo arregla que se está deshilando un poquito?
Se tejer cubrelechos, bolsos, y hasta cosas en plástico ¿Qué diría un tejido de
mí? diría que este es un saber muy antiguo, de mis abuelos, de mi madre, de
cómo ella tejía esas cotizas tan hermosas”.
Luz
Marina Zarate nos cuenta: “Mi mamá, cosía a mano, con la aguja e hilo y mi
abuelita, me acuerdo mucho, remendaba también. Yo tejía en el colegio: hice una
carpeta que aún tengo, una carpeta muy bonita en mi mesita de noche, en lana, hecha
de monitos y cadenetas es un muy bonito el recuerdo. Hace como dos años estoy
tejiendo manillas, cosa que nunca fue de mi interés, pero hace un tiempo sí, lo
disfruto, me da calma, me da alegría también, me gusta ver cómo el material se transforma,
para mí el tejido es muy lindo porque, está muy cercano a la magia: ¿cómo es
posible que en dos hebras se conviertan en un saco? Y mire lo de hoy, el tejido social que se hace”.
Sol
Ruiz, nos relata: “Mi abuela, porque nosotros fuimos criados en el Tolima con
la abuela materna, nos enseñó. Yo no soy una tejedora neta, porque en todo este
tiempo solo hice una colcha con aguja, todavía la tenemos guardada y otra
colcha en retazos y que hicimos y la pegamos con aguja. Yo ya no volví a hacer
eso más, ahora estoy nuevamente retomando el tejido, actividades, ya de adulta
mayor, estoy con el cuento de hacer cosas manuales: manillas, camándulas… Aprendiendo
a hacer cosas que me interesan, digámoslo así.”
Conclusiones
De un primer encuentro podemos concluir que:
El
taller no es solo un espacio para aprender puntos y nudos, sino que se revela
como un espacio de sanación, empoderamiento y formación.
Los
círculos en espiral (talleres y encuentros) representan el espacios donde el
aprendizaje circula y se construye de manera colectiva y orgánica.
El
encuentro de tejedoras, más que una estrategia de formación o pedagógica, es la
creación de un refugio necesario para las mujeres.
Los
testimonios confirman que el tejido es una herramienta poderosa para el
bienestar emocional. En donde la labor manual se convierte en una meditación
gratuita y accesible, una forma de desconectar del mundo y de los problemas.
Tejer
en comunidad constituye un acto creador de desconexión: que permite a las
mujeres desconectarse del mundo, centrándose solo en la labor, lo que genera
alegría y diversión como acto terapéutico y como pausa consciente en la
velocidad y las angustias de la vida diaria.
En
estas mujeres está representada la esencia de lo que significa ser mujer y
tejedora. Aquí, tejer no es solo pasatiempo, es sustento, es acto de cuidado,
de lucha y de resistencia.
Tejer
es sustento y generación de Ingresos, los testimonios demuestran que, más allá
del uso personal, el tejido es una fuente vital para la economía familiar.
Tejer
es también un acto de cuidado y de amor ya que los testimonios recogidos
también demuestran que el tejido fue una forma de proveer a la familia,
especialmente cuando los recursos son más escasos.
Tejer
es transmisión generacional y tradición: El acto de tejer es un saber ancestral
que se ha transmite de abuelas a madres e hijas.
El
tejido se convierte en una forma sencilla y poderosa para hablar sobre política
pública, mujer y género: la metodología de trabajo desde el arte permite hilar
la palabra, comunicar reflexiones y pensamientos profundos y remendar el tejido
social roto.
El
tejido es también vehículo para la formación y la prevención de violencias y
vulnerabilidades, ya que la práctica del tejido incentiva el empoderamiento y
el conocimiento en rutas de atención para mujeres vulnerables.
El
tejido es construcción de colectividad y sororidad: Los encuentros son el lugar
donde las mujeres se encuentran, se apoyan y se construyen, donde se teje no solo
lana, sino también futuro.
En
resumen, el tejido comunitario es: terapia, calma y meditación. Memoria y tradición
que conecta a las mujeres con sus ancestras y con su historia. Economía y
Cuidado como sustento y un acto de amor. Política y Resistencia: siendo una
forma de encontrarse, de crear lazos de apoyo mutuo y de promover una cultura libre
de violencias.
Ya acabada la sesión, bajamos del barrio 8 de diciembre, al final de la tarde, mientras el día se extingue entre un cielo rojo y naranja y la ciudad lejana comienza a encender sus luces, entendiendo que Ciudad Bolívar es un lugar de inmensa dignidad donde la vida se teje con hilos de resistencia y dignidad, una localidad con rostro y alma de mujer.
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