Tejer es escribir con hilos.
Cada nudo, cada puntada,
es una palabra que no se dice con la voz,
sino con la paciencia de las manos.
El telar es un libro abierto
donde el tiempo se entrelaza en silencio,
y los hilos son memorias
que se cruzan para no perderse en el olvido.
Quien teje convoca a sus ancestras,
escucha en el susurro del hilo
los relatos que bajan como ríos
desde la montaña de la memoria.
El tejido no sólo abriga cuerpos,
abraza historias,
guarda secretos,
protege símbolos
que caminan de generación en generación.
Cada color es una voz,
cada figura un recuerdo,
cada borde un límite que se disuelve
para volver a nacer en otra trama.
Así, tejer es narrar lo que somos,
bordar el eco de la vida,
coser la herida del tiempo
para que la historia permanezca viva,
en las fibras, en los gestos,
en el lenguaje secreto
de las manos que crean mundos.
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